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Entonces comprendí...

Entonces comprendí...

2 mar 2026 - 04:03

 MIMA GARDEA

Entonces comprendí que tal vez nuestras voces, nuestras historias, son precisamente esa segunda oportunidad. Cada palabra que pronunciamos, cada recuerdo que rescatamos del silencio, es una forma de regreso.

Porque los muertos no se van del todo: viven en las sílabas que repetimos sin saber, en los gestos que heredamos sin pensarlo, en la manera en que el amor insiste, tercamente, en no morir. La añoranza, esa raíz invisible que nos sostiene, los convoca una y otra vez desafiando el olvido, restituyendo lo que el tiempo quiso borrar. Y en ese instante entendí que al contar nuestras genealogías no sólo recordamos, también devolvemos la vida. Esa noche regresé a casa con la seguridad de que no estaba sola. Los muertos, convocados por las letras, se habían sentado de nuevo a mi mesa.

Repaso aquel patio de tierra, con su olor a jabón y ropa tendida, como si lo tuviera ahora frente a mí. El viento me despeinaba los chinos recién hechos y yo, altanera, fingía que las regañinas no me herían en absoluto. Pero sí dolían, claro que dolían. Sin embargo, entre lágrimas y rabietas había algo que me salvaba: el convencimiento de que el mundo era mucho más ancho que el radio de los gritos de mi madre.

Posiblemente por eso me gustaba tanto escaparme. El campo grande de sabinos era mi guarida, mi refugio secreto. Todavía siento el crujido de las hojas secas bajo mis zapatos escolares, el olor a resina, el zumbido de los insectos en la espesura. Allí, en esa soledad verde, me sentía invencible. Podía imaginar que era una princesa perdida, una guerrera, un pájaro. Todo menos la niña que volvería a casa con los calzones empolvados y la amenaza del cinto.

Hoy sonrío al recordar esas huidas. Me pregunto si, en el fondo, aquella niña traviesa y desobediente sigue escondida en mí, resistiéndose a ser borrada por los años y por la inestabilidad reciente de mi memoria.

El taller de lectura, al que sigo acudiendo cada jueves, me devuelve algo de esa sensación. Entre libros y voces compartidas me siento de nuevo exploradora, fugitiva, curiosa. Leo y escucho como si cruzara otra vez los sabinos. Esos instantes se parecen tanto a mis aventuras infantiles, que a veces espero encontrarme a la niña que fui, corriendo con la falda al aire, riendo a carcajadas porque se escapó otra vez de las manos de su madre.

Posiblemente, después de todo, leer no sea más que eso: escaparse, volver a los escondites de la infancia, a esos rincones donde la imaginación nos permite ser más de lo que fuimos, más de lo que nos dejaron ser, más de lo que aún me atrevo a recordar (fragmento de la novela "Ladrona de memorias").

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