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Espejo de egos

Capitolio

GERARDO HERN?NDEZ 13 oct 2026 - 04:03

Cuando Torreón despertó, las inundaciones seguían allí. La adaptación del microrrelato de Augusto Monterroso -relacionado con la pesadilla representada por un dinosaurio- corresponde al caos y a los estragos causados en la metrópoli lagunera en cada temporal lluvioso, razón por la cual es llamada «la Venecia de México». Gobiernos van, gobiernos vienen y con ellos las promesas de dotar a la ciudad de un sistema de drenaje pluvial que ponga fin a las anegaciones y al enfado ciudadano, cada vez mayor y más estentóreo. Las autoridades no han hecho más que lavarse las manos frente a un problema secular. Siempre argumentan falta de recursos, pero lo que en realidad no existe es voluntad política para emprender una obra que la sociedad demanda sin ser escuchada.

Los más de mil millones de pesos dilapidados en el Metrobús Laguna pudieron servir para iniciar la canalización y aprovechamiento del agua de las lluvias. Sin embargo, los políticos prefieren realizar obras sobre la superficie, porque son visibles, tienen manga ancha y sirven para el pavoneo; así sean de relumbrón, meros elefantes blancos o espejo de egos. El financiamiento del drenaje puede provenir de fondos internacionales, de la banca de desarrollo y del Impuesto Sobre Nóminas. El gravamen se ha utilizado como comodín, incluso para garantizar el pago de intereses de la megadeuda, pero es hora de volver a su espíritu original e invertirlo en obras inaplazables en los municipios donde se genera.

La lluvia también cumple funciones que las auditorías pasan por alto. Saltillo no afronta inundaciones como Torreón, en las partes altas. Sin embargo, el norte se aniega por las condiciones del terreno y la codicia de los fraccionadores. Estos empresarios, protegidos por las autoridades, construyen en arroyos y en sitios inadecuados para asentamientos humanos. Pero los cauces naturales no saben de componendas ni de influencias políticas; por ello, no hay obstáculo que se interponga en su camino. El agua, además de sabia, saca a flote la pésima calidad del pavimento. En muchos casos, este ni siquiera es tal, sino parches y un asfalto mal adherido a la carpeta.

Saltillo se ha cubierto de baches, pero en Torreón el problema es crónico. La Junta de Mejoras Materiales, que funcionó por mucho tiempo, dio a la ciudad fama por la lisura de sus calles; su inexplicable desaparición, hace varias décadas, fue un error. El organismo lo administraba un consejo ciudadano que invertía el impuesto respectivo con base en un programa anual sectorizado y no sometido al capricho del alcalde de turno. Además, trimestralmente rendía cuentas al público y presentaba los avances de cada ciclo.

En 2016, al despedirse de la alcaldía para ser postulado a la gubernatura, Miguel Riquelme reconoció que una de las grandes deudas de su administración con la ciudad era no haber reparado las calles, intransitables muchas de ellas, incluso en colonias residenciales, debido al mal estado del pavimento. Una década después, la situación empeoró. Ahora, como alcalde interino por la muerte de Román Alberto Cepeda, Riquelme está obligado a cumplir esa promesa. La sociedad necesita presionar y dejar de comulgar con ruedas de molino; el drenaje pluvial y el pavimento no admiten más demoras. Sin embargo, cuando en la sociedad y en el sector privado no hay liderazgo ni compromiso, se imponen otras agendas.

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