L A economía global actual es una moneda. En una de sus caras está la inmensa fábrica China, potencia que por sí sola produce manufacturas con un valor superior al del conjunto de las tres potencias industriales que le siguen. En la otra cara se encuentran los ricos mercados financieros de Estados Unidos, cuyo valor bursátil equivale al de las bolsas de los nueve mercados que le siguen. Esta economía de dos caras quizá sea el fenómeno más importante del presente en lo que tiene que ver con producción y dinero. Para entenderlo, debemos echar mano primero de tres conceptos.
El primero de ellos es la Gran Divergencia. Durante el milenio previo a la Primera Revolución Industrial, el centro de gravedad de la economía mundial estuvo ubicado en Asia, principalmente en China e India. La transformación económica ocurrida entre finales del siglo XVIII y principios del XX movió el centro de gravedad al Atlántico Norte. El concepto de la Gran Divergencia ayuda a explicar cómo Occidente superó económica, tecnológica, financiera, militar e industrialmente a Asia, especialmente a China e India. Pero lo que ha ocurrido a partir de la tercera ola, pero que se ha agudizado en la cuarta (2010-actualidad), es el surgimiento de nuevos polos industriales de gran capacidad, ubicados principalmente en Asia, con centro en China.
El incremento de las capacidades industriales chinas de las últimas dos décadas puede leerse como una respuesta histórica a la Gran Divergencia, respuesta que contribuye a generar un nuevo fenómeno doble: la Convergencia China y la Bifurcación Global. Podemos entender el fenómeno como la fractura del sistema global en circuitos económicos, tecnológicos, financieros y geopolíticos cada vez más separados, principalmente alrededor de la competencia entre China y EUA. Desde la década de 1980 y hasta la mitad de la década de 2010, el modelo hiperglobal creado por el neoliberalismo condujo a la economía mundial hacia una lógica de integración gradual pero constante. Pero a partir de la crisis de 2008 se ha venido operando una transformación agudizada desde la pandemia de 2021. La eficiencia, el costo y la escala, la tríada de prioridades de la hiperglobalización, ha dado paso a un nuevo trinomio: seguridad económica, control tecnológico y adaptación productiva. La geopolítica, que se había subordinado a la economía neoliberal, cobra un renovado protagonismo.
La Bifurcación Global no significa que vayamos hacia un mundo con dos o más bloques económicos cerrados. Lo que ocurre más bien es que el sistema global se está partiendo en cuatro capas, las cuales podemos dividir en dos categorías. Primero está la economía de base: comercio e industria. Luego están las capas de la economía de capital: finanzas y tecnología. Las cuatro están relacionadas entre sí, pero de forma cada vez más evidente comienzan a adquirir sus propias dinámicas. La Convergencia China, que ha revertido la Gran Divergencia, ha sido el principal motor de la Bifurcación Global, sin que la potencia asiática se haya convertido plenamente en una economía capitalista a la usanza occidental, lo cual aumenta la peculiaridad del momento que vivimos.
Uno de los elementos que contribuyen a dicha singularidad tiene que ver con el tercer concepto que debemos comprender: la economía en K, la cual describe el resultado desigual que produce el crecimiento de ciertos sectores, países, clases y/o empresas, mientras otros decrecen. Su nombre corresponde justamente a la gráfica con que se representa, con una línea hacia arriba y otra hacia abajo. Es una nueva divergencia. La vertiente superior ascendente incluye a las grandes empresas tecnológicas y sus dueños, sectores financieros y propietarios de activos, empresas exportadoras e industrias apoyadas por el Estado, países con capacidad industrial y tecnológica avanzada, regiones conectadas a cadenas de alto valor y, por último, trabajadores altamente calificados. La vertiente inferior descendente está representada por empresas y sectores tradicionales sin modernización, regiones desindustrializadas o que ensamblan sin retener valor, países dependientes de tecnología extranjera e insumos críticos externos, además de clases medias endeudadas y trabajadores informales o fácilmente reemplazables por las nuevas tecnologías.
Si bien la economía en K es un fenómeno de escala global, se manifiesta con más claridad en Europa y América, donde observamos que los sectores vinculados a los mercados bursátiles y a la industria tecnológica de nueva generación registran un crecimiento importante, mientras que los sectores constitutivos de la economía de base tradicional enfrentan estancamiento o un franco retroceso. Es como ver a dos mundos distintos evolucionar de forma muy diferente. La gran pregunta que me surge es: ¿será sostenible el divorcio entre la economía de capital y la economía de base? ¿Por cuánto tiempo? Aquí es donde tenemos que analizar la nueva realidad productiva china.
Un informe elaborado por Rhodium Group para la U.S. Chamber of Commerce, titulado China's Next-Generation Industrial Policy, establece que la potencia asiática ha entrado en una nueva fase de política industrial que, lejos de abandonar el modelo de intervención estatal ensayado para el plan Made in China 2025, lo profundiza, refina y amplía para proyectarlo globalmente. El gigante de Asia transita de una política industrial sectorial, basada en industrias estratégicas específicas -en las cuales hoy ya es líder, como las energías renovables y la electromovilidad-, a una política industrial de... todo.
La nueva estrategia de Pekín se enfoca en intervenir, coordinar y fortalecer todos y cada uno de los eslabones del sistema productivo, desde minerales críticos, maquinaria, componentes e insumos industriales, hasta servicios, inteligencia artificial, tecnologías de frontera y empresas multinacionales chinas. En este sentido, el Wall Street Journal advierte en un reciente artículo (China Is Exporting Its Factories Across the World and Spooking the Competition) que la estrategia del Hecho en China se está transformando en Hecho por China.
El gigante asiático ya no sólo quiere exportar productos, sino también fábricas y cadenas productivas completas, con lo cual pretende superar toda competencia. De ser "la fábrica del mundo", China busca ahora controlar sin rival las capas de la economía de base, comercio e industria, y la capa tecnológica de la economía de capital. En la única que no está interesada -por ahora- es en la capa financiera-bursátil, en donde EUA sigue siendo el rey, con todo y que los cuatro bancos más grandes del mundo hoy son chinos, además de ser estatales.
El sistema mundial vive una nuevo proceso de divergencia y bifurcación que genera, principalmente en Occidente, una economía en K, debido a que China fortalece y expande sus capacidades productivas dentro y fuera de su territorio, mientras que Occidente alimenta una dinámica de crecimiento exponencial de sectores vinculados a las nuevas tecnologías y a los activos financieros, con un divorcio creciente e insostenible a largo plazo de su economía de base. El primer shock global chino se dio con el ingreso de Pekín en la OMC. ¿Estamos listos para el nuevo golpe del dragón?