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Profesores El derecho que tiene nombre de mañana

De Política y Cosas Peores

ARMANDO CAMORRA 14 may 2026 - 04:03

Hay un derecho del que casi nadie habla en las grandes declaraciones internacionales. No aparece en la carta de la ONU con letras mayúsculas, ni lo gritan las campañas oficiales. Sin embargo, es el más elemental de todos después del derecho a existir: "el derecho a nacer". No a ser concebido, eso ocurre en un silencio que no controlamos, sino a nacer. A atravesar el umbral del útero y tocar el aire con los pulmones por primera vez o a nacer cortando capas de la piel. A tener un nombre antes de que alguien decida que no hace falta.

Porque hoy, bajo afirmaciones de autonomía y progreso, le hemos declarado la guerra a ese derecho. Y la estrategia ha sido brillante en su perversidad; primero, despersonalizar al que viene. Llamarlo "cigoto", término científico que suena a molécula inerte, "embrión" apenas un escalón más arriba, y finalmente "producto", como si un vientre humano fuera una fábrica y lo que allí crece, un bien de consumo que puede retirarse antes de tiempo si resulta incómodo. Una vez que el que está por nacer ha sido convertido en "algo", ya no es alguien. Y si no es alguien, entonces ¿qué importa interrumpir su viaje antes de la primera parada? El lenguaje lo hizo posible. Lo matamos con un sustantivo.

Pero hay una verdad biológica y humana que ningún eufemismo o ironía puede disolver, y es que, desde el momento de la concepción hay una vida nueva, distinta, con su propio código genético, su propio latido pronto y su propio destino. No es una parte del cuerpo de la mujer. Es su huésped más íntimo, sí, pero no es ella. Y ese huésped tiene un derecho que nadie le preguntó si quería "el derecho a no ser eliminado antes de su primer amanecer".

Defender el derecho a nacer no es negar el dolor de una mujer que gesta en soledad, pobreza o miedo. Al contrario, es tomar en serio que hay dos vidas en juego, y que la más frágil, la que aún no tiene voz ni voto ni abogado, es también digna de protección. Los derechos humanos nacieron para amparar al más débil. ¿Y quién más débil que quien aún no ha nacido?

La paradoja de nuestro tiempo es que hemos perfeccionado el arte de proteger al feto deseado y borrar al no deseado. Si la madre lo quiere, es "bebé"; si no, es "producto". La misma realidad biológica, dos nombres distintos. Un engaño moral.

El derecho a nacer no es un dogma religioso; es la afirmación más laica posible de que nadie tiene el poder de decidir unilateralmente que una vida humana en desarrollo merece la muerte. Ni el Estado, ni el médico, ni siquiera quien lo lleva dentro. Porque si admitimos que otro ser humano puede disponer de la vida del que viene sin su consentimiento, entonces estamos diciendo que la fuerza siempre puede contra la fragilidad. Y eso, con perdón, no es progreso; es barbarie vestida de ternura.

Nacer no debería ser un privilegio. Debería ser la primera certeza de todo ser humano. Antes de la libertad, antes de la propiedad, antes del voto. Porque sin nacer, no hay nada más.

Devolvamos la palabra "alguien" al que aún no ha llegado. Y entonces quizás, solo quizás, dejemos de justificar lo injustificable con la elegante puntería de un eufemismo.

Los devaneos de don Chinguetas no conocen límites. La otra noche su esposa, doña Macalota, lo sorprendió en el lecho conyugal practicando acrobacias de erotismo no con una fémina, sino con tres: una morena, una rubia y una pelirroja. "En la variedad está el gusto", suele decir el casquivano tipo. A la vista de ese insólito performance colectivo la señora prorrumpió en justificadas voces maldicientes. Don Chinguetas le dijo: "¿Quién te entiende, mujer? Traigo amigos a la casa, te enojas. Traigo amigas, te enojas". Si alguna vez visitas mi casa de Saltillo, lo cual me agradará muchísimo, verás en la entrada un pequeño azulejo con estas palabras latinas inscritas en color verde sobre fondo blanco: Pax et bonum. Significan "Paz y bien". Son el saludo franciscano, el que enseñó a sus discípulos San Francisco de Asís, santo y poeta, y por lo tanto dos veces poeta y dos veces santo. Mi abuela materna, mamá Lata, y doña María, la madre de la amada eterna y también madre para mí, fueron terciarias franciscanas. Iban todos los días al templo del Poverello a misa y al rosario. Yo asistía de vez en cuando por la noche a la Hora Santa, pues exaltaban mi imaginación de adolescente las profundas notas del órgano; el Pange lingua en la voz grave del salmista; los rezos en latín, el incienso y el sonoro sonar de campanillas en la bendición con el Santísimo. Si conservara yo aquella fe de niño pensaría que las queridas muertas se habrán alegrado en el Cielo al saber que su templo es ahora santuario, una dignidad con la cual la Iglesia reconoce la antigüedad de la presencia de los franciscanos en mi solar nativo, y los muchos beneficios que de la obra franciscana han derivado para la comunidad. Advierto, sin embargo que la nostalgia y el agradecimiento me han llevado por caminos diferentes a los que quiero recorrer. Cito de nuevo aquella frase, "Paz y bien", y digo que Rubén Rocha Moya renunció al bien por buscar bienes, y así perdió para siempre la paz. Por muchos dineros que haya acumulado, y aunque en hora mala le permita la presidenta Sheinbaum volver a detentar el cargo de gobernador, ya no conocerá el precioso don de la tranquilidad. Se sentirá vigilado por quienes han sido sus cómplices, y en permanente riesgo de sufrir la misma suerte del que fue secuestrado para ser sometido a los americanos. A nadie conviene la presencia de Rocha. Sabe demasiado. Penosa vida habrá de ser la suya, pues cambió la paz de conciencia por riquezas mal habidas y por un poder espurio. Ya no podrá dormir sueño tranquilo, ni vivir existencia sosegada. Temerá siempre un ataque de sus enemigos de dentro y fuera. Lo mejor que podría hacer sería renunciar a su cargo y escapar. ¿A dónde? Difícil le será encontrar algún sitio seguro. Ni poder ni dinero han de servirle ya. Su herencia es ahora el miedo. Duras palabras son las anteriores, pero el deber de quien escribe en los periódicos es decir lo que otros no pueden decir, aunque eso signifique predicar en el desierto. Mejor será relatar un par de cuentecillos finales y luego hacer mutis como don Fernando Díaz de Mendoza al final del segundo acto de la alta comedia "Mancha que limpia". El señor Ruguito, caballero de edad algo madura, actuaba a veces en forma bastante inmadura, Le preguntó a la joven Susiflor: "¿Te gusta la primavera, linda?". Respondió ella: "Mucho". "Qué bueno -se alegró el carcamal-, porque yo tengo 70". Dos recién casadas intercambiaron confidencias acerca de sus respectivas noches de bodas. Dijo una: "Mi marido manejó todo el día. Llegó tan cansado que se durmió al segundo". "El mío también -comentó la otra-, pero al tercero".

FIN.

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