T Odos los días los gobiernos toman decisiones que afectan nuestra vida. Anuncian programas, construyen obras, modifican instituciones, distribuyen recursos y presentan resultados. Pero hay una pregunta que rara vez formulamos: ¿qué tan profundamente estudian los problemas antes de decidir cómo resolverlos? La pregunta importa porque una decisión puede ser legal, popular y estar bien anunciada sin ser necesariamente la más adecuada. "Tener autoridad para decidir no significa haber comprendido suficientemente aquello sobre lo que se decide".
Pensemos en una obra pública. Se anuncia cuánto costará, cuándo estará terminada y qué beneficios ofrecerá. Después llega la inauguración. Pero ¿era realmente la obra que más se necesitaba? ¿Se estudiaron otras opciones? ¿Se calcularon los costos de operación y mantenimiento? ¿Se previeron sus consecuencias? "Construir una obra e inaugurarla solo demuestra que se ejecutó una decisión, incluso después de retrasos y mayores costos, sin que quede demostrado, por sí misma, que fue la mejor respuesta para la necesidad que se pretendía atender".
Veamos la educación. Se anuncian escuelas, becas, programas y presupuestos. Son instrumentos necesarios en determinadas circunstancias. Sin embargo, la pregunta decisiva es otra: ¿estamos formando personas capaces de comprender lo que leen, distinguir información confiable, razonar, cuestionar y resolver problemas? Ampliar la cobertura educativa es importante.
"Pero contar alumnos, aulas y apoyos no basta para conocer qué capacidades intelectuales está desarrollando el país".
Algo semejante ocurre con los programas sociales. Entregar apoyos puede aliviar necesidades urgentes. Su utilidad inmediata no debe confundirse con la solución de las causas que producen vulnerabilidad. ¿Las familias adquieren mayores oportunidades y capacidades para sostener su bienestar? ¿O siguen dependiendo de respuestas que no modifican sus condiciones de fondo?
Estos ejemplos muestran una diferencia esencial: informar lo que se hizo no equivale a explicar por qué se hizo. Y explicar una decisión tampoco demuestra que se examinaron sus alternativas, riesgos y consecuencias. «Una respuesta puede estar llena de cifras y continuar vacía de explicaciones».
"Lo importante no es descalificar las cifras, sino preguntar qué significan y qué permiten conocer sobre la vida de las personas".
Los gobiernos disponen de información, especialistas e instituciones para estudiar los problemas nacionales. Sin embargo, acumular datos no significa comprender la realidad. Un indicador registra una condición; el análisis debe identificar sus causas, relaciones y posibles transformaciones.
Antes de decidir, corresponde precisar el problema, contrastar evidencias, distinguir lo importante de lo secundario, considerar alternativas y ponderar sus consecuencias. La Inteligencia Estratégica contribuye a construir elementos de juicio; no decide ni sustituye la responsabilidad de la autoridad competente.
"Aquí surge una pregunta incómoda: ¿cómo sabemos si una decisión gubernamental fue suficientemente estudiada?"
No toda deliberación puede hacerse pública. Existen razones legítimas de reserva. «Pero ello no elimina las obligaciones legales de fundamentar las acciones y rendir cuentas».
"La sociedad necesita conocer no sólo cuánto se gastó o qué se inauguró, sino qué problema se buscaba resolver y qué cambió realmente".
También debemos evitar otra simplificación: una decisión bien estudiada puede producir resultados adversos. La realidad cambia, la información es incompleta y siempre existe incertidumbre. Precisamente por eso, gobernar responsablemente exige evaluar, reconocer errores y corregir oportunamente.
La exigencia alcanza a quienes preguntamos, investigamos y comunicamos. Una pregunta superficial puede conformarse con una respuesta superficial. "Preguntar cuánto se hizo es necesario; preguntar qué se logró, por qué y con qué consecuencias permite examinar la verdadera utilidad de la acción pública".
Pero existe otra responsabilidad: las instituciones necesitan conservar conocimiento, aprender de experiencias anteriores y evitar que cada administración comience nuevamente a descubrir problemas conocidos. Sin continuidad institucional, incluso las buenas decisiones pueden perder sus efectos.
"La experiencia acumulada no debería desaparecer con el relevo de funcionarios: debe convertirse en memoria útil, criterios verificables y mejores decisiones para quienes vienen después".
México enfrenta desafíos relacionados entre sí. La educación condiciona la productividad; la infraestructura modifica oportunidades; la política social influye en las capacidades de las personas. "Tratarlos como asuntos aislados puede producir acciones visibles sin resolver los problemas que los conectan".
Gobernar no consiste en multiplicar decisiones ni en responder inmediatamente a cada cuestionamiento. "Consiste en comprender con profundidad, decidir con fundamento, actuar con responsabilidad y aprender de los resultados".
Una respuesta puede explicar lo que hizo un gobierno, sin demostrar que comprendió aquello sobre lo que decidió. Y esa diferencia tiene consecuencias que trascienden cualquier administración: los errores que no se examinan pueden repetirse, consumir recursos y limitar las opciones disponibles mañana.
«Un Estado que no evalúa sus decisiones, reconoce sus errores ni aprende de ellos termina perdiendo la capacidad de decidir su futuro».
* El autor de esta colaboración es General de División Estado Mayor y Maestro en Seguridad y Defensa Nacionales.