¿Se pueden provocar sismos de manera artificial? La verdad sobre HAARP y los terremotos
Cada vez que un terremoto de gran magnitud sacude alguna región del mundo, además de las imágenes de destrucción y los reportes científicos, suele reaparecer una teoría inquietante: que el movimiento pudo ser provocado de manera artificial mediante tecnologías capaces de alterar la Tierra.
Uno de los nombres que aparece con mayor frecuencia es HAARP, un proyecto ubicado en Alaska que durante años ha sido relacionado con terremotos, huracanes e incluso supuestas armas capaces de modificar el clima. Pero ¿qué puede hacer realmente esta instalación?
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¿Qué es HAARP y para qué fue construido?
HAARP corresponde a las siglas en inglés del Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia. Su principal instrumento es un conjunto de antenas que envía ondas de radio hacia la ionosfera, una capa de la atmósfera ubicada a decenas de kilómetros sobre la superficie terrestre.
El proyecto comenzó bajo el control de organismos militares de Estados Unidos, una característica que alimentó el misterio a su alrededor. Actualmente es operado por la Universidad de Alaska Fairbanks y se utiliza para estudiar fenómenos relacionados con la ionosfera, las comunicaciones y la propagación de señales de radio.
Aunque su transmisor es considerado uno de los más potentes de su tipo, la energía liberada se dirige hacia la atmósfera superior. No existe evidencia científica comprobable de que esas emisiones puedan penetrar kilómetros bajo tierra, alterar una falla geológica y liberar la energía necesaria para generar un gran terremoto.
¿Entonces sí existen los sismos artificiales?
La respuesta corta es sí, aunque no de la manera que plantean las teorías sobre HAARP.
El Servicio Geológico de Estados Unidos reconoce que determinadas actividades humanas pueden producir lo que se conoce como “sismicidad inducida”. Entre ellas se encuentran la minería, el llenado de grandes presas, la extracción de petróleo o gas y, especialmente, la inyección de líquidos a gran profundidad.
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Cuando los fluidos llegan hasta una falla pueden aumentar la presión y reducir la fricción que mantiene inmóviles las rocas. Si esa falla ya acumulaba tensión, el proceso podría facilitar su deslizamiento y provocar un movimiento sísmico.
También las explosiones nucleares subterráneas generan ondas que pueden ser detectadas por los sismógrafos. Sin embargo, sus efectos suelen concentrarse alrededor del lugar de la detonación y no existe evidencia de que permitan activar a distancia una falla específica.
Por ello, aunque la humanidad sí puede inducir algunos terremotos, hasta ahora no se ha demostrado que HAARP tenga la capacidad de provocarlos. El origen militar del programa y la complejidad de sus investigaciones mantienen vivas las sospechas, pero entre generar pequeñas alteraciones en la ionosfera y controlar la enorme energía acumulada bajo la corteza terrestre existe una distancia gigantesca.