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Soberanía y crimen organizado en México

Con México en la mente

H?CTOR S?NCHEZ GUTI?RREZ 27 jun 2026 - 04:03

La soberanía suele asociarse con la defensa de fronteras y la integridad territorial. Sin embargo, su verdadera expresión reside en la capacidad efectiva de gobierno para ejercer autoridad, hacer cumplir la ley, proteger la población y preservar el orden constitucional. Cuando estas funciones se debilitan, la soberanía comienza a erosionarse desde el interior. México enfrenta precisamente este desafío: la expansión de las organizaciones criminales ha puesto a prueba la capacidad estatal para gobernar plenamente partes de su territorio y ha transformado un problema interno de seguridad en un asunto con repercusiones nacionales e internacionales.

La soberanía se erosiona cuando grupos criminales disputan espacios de autoridad, intentan controlar actividades económicas, ansían influir en decisiones públicas e imponer reglas de comportamiento en regiones; logran limitar aplicación de la ley y reducir capacidad gubernamental; rebasando paulatinamente violencia, desafiar gobernabilidad y la vigencia del Estado de derecho.

Y se colapsa, cuando la delincuencia organizada penetra estructuras gubernamentales y captura instituciones con redes político criminales; los funcionarios federales y locales, cuerpos policiales y mecanismos de procuración y administración de justicia son infiltrados y cooptados por intereses criminales; el gobierno pierde la capacidad para ejercer sus funciones constitucionales; y la corrupción se convierte en el principal mecanismo de debilitamiento estructural de la autoridad pública.

Las instituciones aparentan conservar su existencia formal, pero sin capacidad real para garantizar derechos, aplicar la ley, impartir justicia y proteger a la población. En estas circunstancias, la Constitución mantiene su vigencia jurídica, pero su cumplimiento efectivo se debilita en amplios espacios territoriales y administrativos. Resultando una brecha creciente entre las facultades que la Constitución otorga al gobierno y las capacidades reales para ejercerlas.

Las organizaciones criminales han evolucionado mucho más allá del narcotráfico tradicional. Hoy participan en actividades como extorsión, tráfico de personas, contrabando, robo de combustibles, lavado de dinero y control de economías locales. Esta diversificación les proporciona recursos financieros, capacidad operativa e influencia territorial suficientes para desafiar funciones esenciales de gobierno. Además de generar violencia, alteran mercados, provocan desplazamientos de población, desalientan inversiones y deterioran la cohesión social de numerosas comunidades.

Las consecuencias internas trascienden fronteras nacionales. Las redes criminales operan en mercados transnacionales y aprovechan los flujos globales de mercancías, capitales, información y tecnología para expandir sus actividades. El tráfico de drogas sintéticas, los movimientos ilícitos de recursos financieros y otras economías criminales impactan directamente en distintos países, especialmente en América del Norte. Lo que comenzó como una acumulación de debilidades institucionales internas se ha convertido en un factor que afecta la seguridad regional y proyecta riesgos más allá del territorio mexicano.

La relación con EUA refleja con claridad esta realidad. La expansión de organizaciones criminales con capacidad transnacional ha colocado la seguridad en el centro de la agenda bilateral. El tráfico de drogas, armas y recursos ilícitos genera presiones crecientes para fortalecer la cooperación entre ambos países. Sin embargo, esta colaboración abre debates álgidos sobre soberanía, autonomía de decisión y corresponsabilidad. Mientras EUA busca contener amenazas que afectan directamente a su población, México enfrenta el desafío de recuperar capacidades internas cada vez más exiguas para enfrentar el problema desde una posición de fortaleza institucional.

La preocupación rebasa al ámbito bilateral. Gobiernos, inversionistas y organismos internacionales observan con atención la evolución de nuestra seguridad por su importancia económica, geográfica y estratégica. La persistente violencia, extorsión, impunidad y la infiltración criminal afecta nuestra estabilidad institucional, certeza jurídica y gobernabilidad. La seguridad ya no es un asunto doméstico: es el componente central de la posición internacional del país.

México enfrenta el desafío de restaurar capacidades constitucionales que han sido progresivamente erosionadas por la violencia, la impunidad y la captura de instituciones por redes político-criminales, condición indispensable para recuperar la gobernabilidad y la soberanía efectiva.

La inteligencia estratégica debe ocupar un lugar central en este esfuerzo. Un gobierno que únicamente reacciona ante las crisis termina administrando consecuencias; un régimen que prevé amenazas puede prevenirlas y neutralizarlas antes de que comprometan su estabilidad. Recuperar la capacidad de análisis, planeación y anticipación constituye una condición indispensable para enfrentar fenómenos criminales cada vez más complejos, adaptables y transnacionales.

La soberanía del siglo XXI no depende únicamente de proteger fronteras. Depende de la capacidad efectiva para gobernar el territorio, preservar la vigencia de la Constitución y evitar que redes criminales o estructuras de captura institucional sustituyan funciones esenciales del gobierno. Recuperar esa capacidad representa uno de los desafíos estratégicos más importantes para México.

De ello dependen no sólo la seguridad interna y la estabilidad institucional, sino también la credibilidad internacional, la gobernabilidad democrática y la fortaleza futura de la nación.

* El autor de esta colaboración es General de División Estado Mayor y Maestro en Seguridad y Defensa Nacionales.

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