El ataque ocurrido el pasado 1 de octubre en una secundaria de Torreón, Coahuila, donde murió la subdirectora y cuatro personas resultaron lesionadas, vuelve a colocar a La Laguna en el centro de la nota nacional, lastimando una herida que aún no cierra desde el 10 de enero de 2020, cuando un alumno del Colegio Cervantes mató a su maestra, hirió a seis personas y después se quitó la vida.
Seis años después, las autoridades podrían repetir el mismo error: presentar la violencia escolar como un episodio excepcional. Puede tratarse de hechos distintos; sin embargo, sería irresponsable reducirlos a una casualidad. Los hechos obligan a cuestionar qué falló antes de que los agresores cruzaran las puertas de la escuela y qué señales no fueron detectadas.
Los dos jóvenes detenidos fueron alumnos de esa misma institución, ubicada en el ejido La Unión. El ataque lo cometieron con machetes y artefactos explosivos, motivados presuntamente por ideologías extremistas. Las autoridades investigan el móvil, mientras crece el debate sobre la influencia de contenidos violentos y comunidades de odio en internet.
Lo cierto es que las redes sociales no fabrican por sí solas a un agresor, pero sí pueden funcionar como amplificador y espacio de radicalización. Ahí circulan amenazas, imágenes de armas, mensajes misóginos, retos y glorificación de la violencia. El problema, por tanto, ya no termina en el salón de clases ni comienza necesariamente dentro de la escuela.
Es en ese punto donde Durango debe poner atención. Y es que el estado tiene antecedentes de agresiones con arma blanca y amenazas de tiroteos o bombas en secundarias y preparatorias, algunas de ellas falsas o vinculadas a tendencias virales. Empero, que una amenaza sea falsa no significa que deba minimizarse. Cada reporte puede ser una posible broma, pero también una señal que permita anticipar una tragedia.
El reto para autoridades y maestros no consiste solo en revisar mochilas después de una amenaza. Hace falta fortalecer la prevención, detectar cambios de conducta, ofrecer atención psicológica oportuna, involucrar a las familias, además de enseñar a los estudiantes a identificar contenidos que inciten al odio o la violencia. La seguridad escolar no puede reducirse a policías en las puertas.
El recuerdo del Colegio Cervantes demuestra que las promesas hechas después de una tragedia pueden perderse con el tiempo. El acompañamiento emocional no puede durar lo que dura la cobertura mediática. La prevención debe ser permanente y evaluada, porque las aulas no están aisladas de la violencia que atraviesa a la sociedad.
La tragedia en Torreón deja una pregunta incómoda para Coahuila, pero también para Durango: ¿qué estamos haciendo antes de que ocurra el siguiente ataque? Esperar a que aparezcan las armas, las llamadas de auxilio y las veladoras significa llegar demasiado tarde. Una escuela segura es aquella donde las señales de riesgo fueron detectadas a tiempo y alguien actuó antes de que una amenaza se convirtiera en tragedia.
La violencia escolar no se combate únicamente con operativos. Tampoco basta con responsabilizar a las redes sociales. Hace falta reconstruir vínculos entre estudiantes, familias, docentes y autoridades, atender la salud emocional y tomar en serio cada amenaza. Torreón ya conoce el costo de reaccionar después de la tragedia. Durango todavía está a tiempo de no esperar a conocerlo.
EN LA BALANZA.- Morena Durango realizó sus reuniones distritales el pasado fin de semana y, en Gómez Palacio, correspondió a Marina Vitela, en su carácter de presidenta del Consejo Estatal, convocar al encuentro del sábado 3 de octubre. Sin embargo, pese a las afectaciones provocadas por las lluvias en comunidades y colonias populares, la reunión no fue suspendida, lo que generó críticas ante la falta de sensibilidad de los representantes de un movimiento que sostiene que "el pueblo es primero". Aunque al encuentro acudieron algunos liderazgos importantes del partido, también destacaron las ausencias y lo que no pocos interpretaron como desaires a la convocatoria. Las ausencias de ciertos diputados y diputadas locales, así como de regidores de la capital, fueron bastante notorias. No menos evidente fue la distancia de la mayoría de los ediles morenistas de Gómez Palacio; únicamente estuvo presente Yahir Vitela, sobrino de Marina. Más allá de las razones de cada ausencia, el episodio deja dudas sobre el respaldo que la también diputada federal conserva dentro del partido.
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