Editoriales
ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ
lun 26 ago 2019, 7:44am 8 de 8

¿Sirve aún la democracia?



Urbe y Orbe

La democracia está en crisis. Al menos este es el planteamiento de una abundante literatura política, histórica y periodística que ha visto la luz en el presente siglo. La democracia, como sistema político basado en la participación de los ciudadanos para la toma de decisiones de la vida pública y propiciar el bien común, está siendo severamente cuestionada no sólo en Europa y América. Políticos de vocación abiertamente autoritaria, populista o incluso fascistoide, están valiéndose de los métodos democráticos para acceder al poder y, desde ahí, socavar los cimientos de esa democracia. La economía, dominada durante cuatro décadas por la tecnocracia neoliberal y las grandes corporaciones, se ha convertido en un asunto ajeno al poder político, que actúa subordinado por esos otros poderes o acotado por los límites de sus fuerzas. La democracia, entonces, deja de funcionar para quienes ven aumentar la incertidumbre en sus derechos laborales y la inquietud respecto a su futuro económico. Surgen así los prestidigitadores de soluciones "simples", cubiertas de populismo, nacionalismo y autoritarismo. Los políticos mesiánicos que, dicen, van a recuperar la gloria perdida de sus países y devolver al pueblo su protagonismo. Pero la mayoría de las veces ha ocurrido lo contrario y hoy se ven surgir sistemas políticos (la democracia iliberal o populista y la "meritocracia", por ejemplo) como alternativa a la decadente democracia liberal y que pueden operar dentro del mismo modelo capitalista que en su momento la promovió. Pero este fenómeno, por novedoso que nos parezca, no es exclusivo de nuestro tiempo.

La democracia ha atravesado otras crisis que la han hecho replegarse y evolucionar. Ya los filósofos griegos y latinos -desde una perspectiva aristocrática, cabe decirlo- advertían de las degeneraciones de la democracia, como la demagogia o la oclocracia, en la antigüedad clásica que dio origen a este sistema que, según Churchill, es el peor, salvo todos los demás. Vale la pena recordar que, si bien la democracia surgió en un contexto histórico, social y geográfico específico, se ha expandido en diferentes momentos a sociedades con tradiciones y culturas muy distintas y dentro de formas de gobierno muy diferentes, lo cual da para pensar que puede ocurrir lo mismo con sus alternativas. Así, hoy es posible encontrar estados que se asumen democráticos en Asia (India, Japón), África (Sudáfrica, Namibia) y prácticamente toda América y toda Europa, que lo mismo son repúblicas presidencialistas o parlamentarias que monarquías constitucionales. Y no se deben perder de vista las condiciones que propiciaron el surgimiento de la democracia en la Atenas del siglo V a. C., en donde el comercio libre y la navegación eran fundamentales, los medios de producción no estaban acaparados por el estado -como ocurría en las monarquías absolutistas del Antiguo Oriente-, y el esclavismo había contribuido a liberar a buena parte de los ciudadanos de la carga de las tareas productivas.

Pero la democracia surgió y se fortaleció en un contexto de guerra. Cuando Temístocles planteó la defensa de Atenas frente a la invasión del Imperio Persa, la gran potencia de la época, amplió los derechos políticos de los ciudadanos más pobres para que éstos sirvieran de remeros en las naves que enfrentarían a la poderosa flota aqueménida. Posteriormente, ya con Efialtes y Pericles al frente de la facción democrática, esos derechos se afianzaron en detrimento de las escasas instituciones aristocráticas que quedaban, para así mantener un poderío naval que le permitió a Atenas encabezar un verdadero imperio en el Egeo. Pero las debilidades inherentes al modelo democrático ateniense, como las deslealtades y traiciones de algunos de sus integrantes, la fuerte injerencia extranjera (el famoso y corruptor oro persa) y las contradicciones económicas insalvables del sistema esclavista, hicieron sucumbir la democracia frente a nuevos poderes autárquicos, como el del reino macedonio de Filipo y Alejandro, y oligárquicos, como la república romana, transformada a la postre en monarquía imperial.

Ha habido otros momentos de retroceso, incluso en épocas recientes. Uno de ellos es el periodo de entreguerras en la primera mitad del siglo XX, siendo la República de Weimar el más claro ejemplo de ello. Tras 14 años de régimen democrático liberal, Alemania es tomada por la vía de las urnas por las fuerzas nacionalsocialistas que llevarían al mundo a la peor catástrofe bélica de la historia humana. Al respecto, Javier Tajadura, profesor titular de Derecho Constitucional de la Universidad del País Vasco, publicó hace unos días en El País el artículo Weimar, la fragilidad de la democracia (https://elpais.com/elpais/2019/08/20/opinion/1566302996_674824.html). En él analiza el porqué de la derrota de la democracia liberal alemana frente al nazismo y lo atribuye a la deficiencia de cuatro cualidades con las que debe contar el sistema definido como "el poder del pueblo" y que, en síntesis, son: eficacia, confianza, capacidad de defensa y lealtad. Eficacia para construir los consensos necesarios que ayuden a satisfacer las necesidades de la población y elevar su calidad de vida. Confianza que deben tener los ciudadanos, pero no en un político en particular, sino en el armazón institucional en su conjunto, el cual debe ser eficiente, auditable y cercano a la ciudadanía. Capacidad de defensa contra los enemigos de la democracia, aquellos que desde dentro o desde afuera buscan su destrucción o fomentan la violencia, el extremismo y la polarización. Y lealtad, principalmente, de los funcionarios civiles y militares, quienes más que ser leales a una persona o grupo, deben serlo al estado democrático al que sirven y a la ciudadanía que representan y protegen.

Bajo la premisa de la necesidad de estas cuatro cualidades para mantener la buena salud de la democracia, vale la pena hacernos la pregunta que da título a este artículo: ¿sirve aún la democracia? Y más aún, hacerla dentro del contexto mexicano, en donde tras la histórica derrota del PRI en 2000 hemos tenido una alternancia completa, de derecha a izquierda, sin poder resolver hasta ahora nuestros grandes problemas: pobreza, desigualdad, corrupción, impunidad e inseguridad. ¿Qué tan eficaz puede ser un sistema democrático que cada seis años se plantea un "nuevo comienzo" bajo la eterna bandera del "cambio", con gobiernos que se escudan en las irregularidades de sus antecesores sin fincar responsabilidad legal alguna? ¿Qué tan confiables pueden ser unas instituciones rebasadas por la desigualdad, la violencia y la corrupción, que no responden a las necesidades de la población, sobre todo ahora que el actual titular del Ejecutivo las ensombrece y debilita con su omnipresencia mediática y su plataforma ideológica de "superioridad moral"? ¿Qué tantos mecanismos de defensa puede tener una democracia en la que sus principales actores, los gobiernos y partidos oficiales y opositores, fomentan la polarización constante y estridente y minimizan la violencia contra autoridades civiles locales y estatales, políticos, activistas, periodistas y grupos de población como las mujeres? Y, por último, ¿qué tanta lealtad al Estado democrático pueden tener los funcionarios de un país en donde desde el priato el principal mérito para el ascenso en el cursus publicus es la lisonja al líder, la construcción de clientelas o el servicio al partido? Todo esto lleva a cuestionarnos seriamente: ¿para qué sirve una democracia con estas deficiencias? ¿Puede sostenerse? ¿Por cuánto tiempo?

Twitter: @Artgonzaga

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