
Combatiendo la desigualdad
Cuando era niña, viví acontecimientos que marcaron mi vida. Crecí en un entorno en el que la pobreza y la falta de oportunidades se hacían patentes de manera cotidiana. Sin embargo, tales condiciones me permitieron tomar decisiones importantes en años posteriores. A los diez años, por ejemplo, mi padre me envió a trabajar con una familia a cambio de seguir estudiando y aprender hablar el castellano. Desafortunadamente, trabajaba más de lo que estudiaba, por lo que la oportunidad de estudiar se desvaneció rápidamente.
A los 14 años dejé Tierra Colorada, en Nochixtlán, mi ciudad natal ubicada en Oaxaca. Mi destino fue la Ciudad de México, una urbe grande y diversa, también sumamente discriminatoria. Al contar con escasos estudios, el trabajo en casas se convirtió en mi única opción laboral, ya que era menor de edad. Lamentablemente, este aún es el destino de muchas mujeres jóvenes de nuestro México.
Además de vivir la discriminación racial y de clase, mi edad y mi grado de estudios se convirtieron en los pretextos idóneos para sufrir cargas excesivas de trabajo y recibir bajos salarios. La inercia provocó que, con el paso de los años, abandonara paulatinamente mis sueños, al tiempo que cuidaba niños y mantenía limpia y ordenada una casa. Debía concentrarme en esperar a mis patrones con la mesa puesta y la comida recién hecha.
Un día, aun siendo adolescente, decidí rescatar mis sueños y no permitir que se quedaran encerrados entre las cuatro paredes de una habitación. Estaba convencida de que debía romper todas las barreras que encontrara a mi paso y convencer a otras trabajadoras del hogar, a las personas que nos emplean y a los tomadores de decisiones en el gobierno. El mensaje es claro: el trabajo digno y la formalidad es un compromiso de todas las personas; el esfuerzo es compartido para que contemos con el respaldo de una ley justa.
Me di cuenta que el trabajo del hogar, tan desvalorizado e invisible para muchas personas, marca la vida de cada trabajadora y de sus empleadores.
Fue así como, luego de más de 20 años de haber sido trabajadora del hogar, me convertí en activista de derechos humanos laborales, para reivindicar mis derechos y los de mis compañeras.
LA FALTA DE RECONOCIMIENTO
La defensa de mis derechos como trabajadora del hogar ha implicado un proceso de toma de conciencia, superación y empoderamiento. Durante muchos años, trabajé con abogados, legisladores, funcionarios públicos e incluso con personas que defendían la bandera del feminismo. Sin embargo, con ninguna de estas personas pude ejercer mis derechos como trabajadora del hogar.
Algunas de estas personas tenían miedo de que los dejara. Argumentaban que yo era "como de la familia", al mismo tiempo que me apartaban los trastos de la comida o me exigían usar uniforme. Tomaban vacaciones mientras me prohibían hacerlo, ya que era la época del año en que debía limpiar a conciencia la casa y sacar el trabajo acumulado. Desafortunadamente, en este trabajo muchas personas confunden la caridad con el vínculo afectivo que puede existir.
Psicológicamente, muchas de las trabajadoras del hogar somos sometidas por nuestros patrones, bajo chantajes afectivos, los cuales se potencian cuando está de por medio el cuidado de niños, pues llegamos a establecer un vínculo afectivo muy estrecho con ellos. En ocasiones, tal lazo nos hace soportar las condiciones discriminatorias y los malos tratos ofrecidos por sus padres. Es por ello que no buscamos que el lazo laboral se convierta en un vínculo familiar. No queremos el reconocimiento de "ser como de la familia", sino una relación laboral de mutuo respeto.
Cuando me convertí en activista, supe que atender y cuidar a mis empleadores no me restaba dignidad ni derechos como persona ni como trabajadora. Eso fue lo que me convenció a luchar por una reivindicación que hiciera efectivos mis derechos y dignificar mis condiciones de trabajo. El trabajo del hogar no es indigno. Indigna es la manera en la que muchas tratan a las trabajadoras del hogar y, por eso, me he enfocado a combatir la desigualdad que permanece y ha hecho tanta injusticia en la vida de millones, especialmente, en las mujeres.
En nuestro país, el trabajo del hogar es una labor no reconocida social ni económicamente. Miles de mujeres sufren esta falta de reconocimiento, lo cual se refleja hasta en el modo en que se les llama. Si bien no existe un término correcto para denominar a las personas que se dedican a esta labor, las palabras que suelen usarse son peyorativas, como "servidumbre", que se trata de un término de origen feudal; o, bien, "trabajadora doméstica", que evoca el trato con animales adiestrados para vivir en hogares.
Por estas razones hemos insistido en que la reivindicación de nuestros derechos inicia con el uso del término "trabajadoras del hogar". No obstante, la valoración que buscamos incluye que seamos reconocidas como trabajadoras con plenos derechos, a nivel social y económico. Queremos que el trabajo del hogar sea reconocido como uno más.
Somos más de 2.4 millones de personas que nos dedicamos a esta labor en México, el equivalente a 10% de las mujeres económicamente activas en el país e, históricamente, no hemos contado con prestaciones ni seguridad social.
UNA LUCHA DE TODAS
Hace casi 19 años fundé el Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH). Actualmente el camino ha sido difícil y de muchos retos, como es el posicionar en la agenda pública la problemática de las trabajadoras del hogar en un contexto en el que el espacio público está destinado a los hombres, aunque muchas más mujeres han llegado, pocas se han comprometido con nuestra causa.
Tuve la fortuna de representar a las trabajadoras del hogar en las discusiones llevadas a cabo en la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Ginebra, Suiza, mismas que dieron origen al Convenio sobre los derechos de las Trabajadoras del Hogar, mejor conocido como el Convenio 189. Este convenio fue aprobado el 16 de junio de 2011 y su ratificación en México ha sido solo una promesa.
Afortunadamente, son buenas las recientes decisiones de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en ordenar al Instituto Mexicano del Seguro Social a iniciar un programa piloto que permita garantizar el acceso a la seguridad social obligatoria para las trabajadoras del hogar.
El Convenio 189 es un instrumento jurídico internacional que establece los derechos laborales mínimos a los que deben ser acreedoras las trabajadoras del hogar, a fin de garantizar un trabajo digno como se hace con empleados de otros sectores. Esta lucha colectiva ha alcanzado trascendencia nacional gracias a que constituimos el primer sindicato nacional de trabajadores y trabajadoras del hogar en la historia de México, el SINACTRAHO. Se trata de un avance histórico hacia el ejercicio de los derechos colectivos de trabajo, incluidos la autonomía, la contratación colectiva. En este proceso ha sido fundamental el respaldo y acompañamiento de otros sindicatos, organizaciones feministas y de derechos humanos, y el colectivo de empleadores Hogar Justo Hogar.
Estoy convencida de que ninguna trabajadora del hogar debe vivir injusticias. Por eso llevamos a cabo la campaña permanente "¡Ponte los guantes por los derechos de las trabajadoras del hogar!"
Nuestra labor ha trascendido fronteras, lo que ha permitido que las trabajadoras del hogar de América Latina, Asia, África y Europa se mantengan unidas a través de la Federación Internacional de Trabajadoras del Hogar (FITH), con el fin de hacer realidad nuestros derechos.
Estas acciones son el resultado de más de 18 años de compromiso y lucha de nuestro sector, integrado por personas trabajadoras del hogar que han vivido en la invisibilidad laboral y social.
Buscamos reivindicar el derecho a un trabajo digno y justo, para más de 2.4 millones de personas trabajadoras del hogar, por lo que seguimos promoviendo la ratificación del Convenio 189 y esperando que ya salga la iniciativa de reforma al Capítulo XIII de la Ley Federal del Trabajo que se presentó y sigue en el Senado desde el 4 de diciembre y apoyamos las acciones que permitan llevar a la práctica la decisión tomada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) la implementación del programa piloto para trabajadoras del hogar en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS).
En marzo se hacen muchas acciones alusivas al Día Internacional de las Mujeres. También en este mes conmemoramos el Día Internacional de las Trabajadoras del hogar (30 de marzo) y esperaríamos que se avance en la ratificación del convenio 189 y se apruebe la iniciativa de reforma al capítulo XIII de la Ley Federal del Trabajo por las dos cámaras, de Senadores y Diputados.
La lucha por reivindicar nuestros derechos es algo cotidiano, pero aún queda mucho camino por recorrer y todas las personas pueden hacer algo por combatir la desigualdad. Si empleas a una trabajadora del hogar, te invitamos a que cambies el concepto de que es parte de tu familia. Recuerda que es una trabajadora con derechos y necesidades como tú. Firma un contrato con tu trabajadora del hogar e inscríbanse en el programa piloto del IMSS. De esta manera, garantizas su seguridad y tu tranquilidad. Ponle un alto a la discriminación y al abuso. Tú puedes dar el primer paso porque todas las personas merecemos un trabajo digno.