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LETRAS DURANGUEÑAS

La maleta verde

JUAN EMIGDIO PÉREZ

Ese día Raúl iba de compras al súper. Empezó a caminar por la calle tan conocida, bajo la sombra aromada con albas flores de los truenos banqueteros. Pasó frente a la casa de su vecina doña Inés. Ella había muerto hacía dos años y la casa estaba abandonada.

Vio que la puerta estaba entreabierta y se le hizo raro. Pensó que alguno de los hijos ya la iba a ocupar. Al empujar la puerta, se fijó que habían forzado la chapa. Entró preguntando si había alguien. No hubo respuesta. Empezó a recorrerla. La primera recámara estaba vacía, cruzó el patio, entró a la cocina, se dirigió a otra recámara y la casa estaba sola. Nadie respondía a su saludo «Hola, buenas tardes». «Buenas tardes», repetía. En el piso, junto a una pared del último cuarto, vio una maleta de lámina de color verde sandía ya opaco sin brillo, con remaches de metal en las esquinas y dos broches a presión que la cerraban. Su aspecto era antiguo.

Sintió el impulso de abrirla, pero lo invadió el temor de lo que pudiera guardar. Pensó, en si la hubieran abandonado los que abrieron la puerta, para deshacerse de ella y dejar restos humanos, objetos robados, o hasta alguna serpiente venenosa. Recordó que algunas veces que estaba la puerta abierta, entró para saludar a doña Inés. Ella le recordaba la sincera amistad que tuvo con su madre. Acomodándose los lentes le platicaba sus enfermedades, a causa de las cuales ya no podía salir para reunirse con su grupo de jubilados; tampoco podía ir a ponerle la inyección a sus conocidos. Estas remembranzas le hicieron sentir confianza a Raúl, para decidirse a abrir la maleta, ya en su momento le platicaría a Humberto, sobre lo que había encontrado.

La maleta estaba cubierta por abundante polvo, el cuarto olía a humedad, la pintura se había desprendido de la pared y cubría una parte del piso. Con temor la abrió lentamente y se sorprendió al encontrar un hábito de la orden franciscana y las fotografías de un matrimonio de campesinos; una serie de oraciones a diferentes santos y vírgenes, un cirio amarillento con muestras de haber sido usado con frecuencia, y en el fondo se encontraba un estuche forrado de terciopelo negro.

Sacó el estuche de la maleta, lo colocó en el piso de mosaicos desgastados, sobre el dibujo de flores de colores violeta y amarillo. Con cuidado levantó el broche metálico y lo abrió. En su interior había un rosario más grande que los tradicionales, contenía siete agrupaciones de cuentas de color café oscuro y terminaba en una gran cruz de madera rústica. Las partes del rosario estaban unidas con grueso cordón blanco. Junto con el rosario había un escapulario con dos cuadros del tamaño de una postal, en color café tostado. Las orillas estaban bordadas con hilo café más claro, en el centro tenían figuras de velas con llamas rojas. Tomándolo entre sus manos, lo observó detenidamente y pensó, seguro era de doña Inés o de su esposo, pero cuál sería el motivo para que los hijos lo hubieran dejado aquí en esta casa abandonada.

Guardó los objetos religiosos tal como estaban y cerró la maleta con cuidado. Afuera se oían los ruidos de los coches y las voces de las personas que pasaban. El perro del vecino ladraba con insistencia. Unos momentos dudó sobre lo que debería hacer, si solo irse y cerrar la puerta, como si no hubiera entrado. Pero entonces tomó el celular y le llamó a Humberto.

- Hola, soy Arturo, tu vecino.

-Hola, como estás, hace tiempo que no nos vemos.

-Solo te llamo para decirte que hace rato, al pasar frente a la casa de tu mamá, me fijé que a la puerta le forzaron la chapa. Está abierta y se pueden meter malvivientes a drogarse y hacer destrozos.

-Gracias. Te agradezco por avisarme.

En ese momento estuvo a punto de contarle lo de la maleta verde, pero guardó silencio.

-En cuanto pueda paso para para arreglar la puerta. Gracias y hasta luego.

-Si hasta luego.

(Cuento incluido en el libro «Del tunal durangueño. Relatos», de próxima publicación)

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