
Yo durmiente, tú caliente...
Hablemos de esas noches de amor desincronizado, de una cama con ritmos distintos...
Hay una injusticia cósmica que nadie nos advierte cuando decidimos compartir cama con alguien: la asimetría en las ganas de cooperar. Dicen que en toda relación hay quien quiere más cucharita... y quien solo quiere dormir como una momia en posición horizontal y sin contacto humano.
Mientras uno se entrega plácidamente al mundo de los sueños envuelta como tamalito en su cobija favorita, el otro yace a tu lado como volcán en erupción, radiante, despierto, sudando amor o insomnio... y tú, en coma.
"Yo durmiente, tú caliente", podría ser una tragicomedia, "Yo ardiente, tú con sueño" es la crónica de un deseo disparejo, cuando uno quiere más sexo que el otro... y el universo no coopera...
Uno está ahí, con todo el cuerpo gritando: "¡Es hoy, es ahora, es el momento!" Y la otra persona te mira con ojos vidriosos de quien solo quiere saber si ya puede ponerse la crema de noche sin que eso se interprete como "rechazo pasivo-agresivo".
Mientras uno aparece en bata sexy o sin bata, con playlist de Marvin Gaye y vela encendida, el otro ya se metió en la cama con pants, calcetines, bostezo y ojos de borrego a medio morir y el cerebro ya difunto.
Y entonces llega ese momento donde te preguntas si prender la luz y hacer un striptease dramático es buena idea, o si mejor te resignas y le das un beso en la frente en modo resignación. Total, el deseo también tiene que dormir... ¿no?
Uno ronca y apaga el interruptor del mundo con puntualidad suiza y cae rendida como piedra zen. Mientras tanto, del otro lado de la cama, aprovecha la madrugada para pensarte, acariciarte el pelo, o simplemente verte con esa ternura silenciosa, sintiéndose el guardián de tu paz, aunque se esté muriendo por un beso, mientras tú estás soñando con aguacates gigantes, él está soñando contigo despierto.
El verdadero drama empieza cuando, ya a las 3:42 a.m., te despiertas porque te invaden brazos, besos, o simplemente una energía como de tostadora en su punto máximo. ¡¿Por qué estás tan caliente si el aire está en 18 grados?!
Y sin embargo, es en esos momentos donde uno se da cuenta de que el amor también es eso: calentarle el corazón a quien duerme, aunque tú no puedas dormir. Dejar que ronque, que hable en sueños, que se dé la vuelta como sushi inquieto... y aun así quedarse ahí, cerca, haciendo vigilia silenciosa con cuerpo de estufa.
Porque aunque uno sea durmiente y el otro esté caliente, la sincronía no siempre va de horarios: va de intención, de presencia, de estar ahí incluso cuando la otra persona ya está en su séptimo sueño.
La verdad es que todos hemos estado de ambos lados: El que ruega mentalmente "por favor, que hoy sí se me aviente". Y el que piensa "por piedad, solo quiero dormir".
Pero el truco está en el humor, la ternura y el timing. Porque si no hay deseo al mismo tiempo, que al menos haya carcajadas y sentido del humor para poder lanzar indirectas tan sutiles como: "¡Uy, qué calor hace! ¿No sientes que necesitamos menos ropa y más fricción?" mientras se pueda hablar, reírse y negociar ¡bendito sean los jueves eróticos pactados!, hay esperanza...
Y así pasa, a veces el amor... Uno con ganas de fuego, con piel alborotada, el otro en paz y con sueño feroz. Pero si hay cariño que espera y deseo que no se ofende, quizá no sea hoy, pero será un día de estos, cuando el sueño y la pasión se encuentren sin pretextos...