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Antes del disparo...

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KARIME AGUILERA PAREDES

Cuando se habla sobre violencia armada en el país, la conversación suele empezar con lo que ocurre después del disparo (o la amenaza de este): extorsiones, robos, secuestros, desplazamientos, homicidios, feminicidios, desapariciones... Pero desafortunadamente, la violencia se construye desde mucho antes. Mercados legales e ilegales, decisiones estatales, imaginarios de masculinidad y desigualdades estructurales nos obligan a retroceder y vislumbrar todo lo que hace posible que un arma llegue, adquiera valor como símbolo de poder y termine apuntando a los cuerpos que históricamente vulnerados.

Según una investigación de “El País” que recoge cifras consolidadas de las dependencias de Seguridad Federales, entre 2015 y 2025 se incautaron en México al menos 193,918 armas de grupos criminales, desde pistolas cortas hasta fusiles AR-15. Asimismo, de 2022 a enero de 2026, las aduanas mexicanas aseguraron 1,317 armas. El 93% de esos cargamentos eran armas de fabricación estadounidense [1].

Si bien estas cifras refuerzan la necesidad de discutir las responsabilidades estatales que atraviesa nuestra frontera del norte, la violencia no puede medirse únicamente con decomisos ni reducirse al crimen organizado. En 2025, según el INEGI el 70.8% de los presuntos homicidios se cometió con armas de fuego; entre esas víctimas hubo 1,933 mujeres. Lo cual como advierte Claudio Lomnitz, permite observar que la proliferación de armas puede convertir la violencia doméstica y los conflictos cotidianos en homicidios.

Las consecuencias no se reparten de forma homogénea: la edad, el género, el territorio y las desigualdades estructurales se exponen ante las violencias y las posibilidades de sobrevivir. En mayo de 2026, el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas documentó el desplazamiento de 1,200 personas por ataques contra comunidades indígenas del Concejo Indígena y Popular de Guerrero-Emiliano Zapata, elevando el acumulado en la región a 2,200.

Aunado a ello, se encuentra la dimensión cultural. Un arma comunica prestigio, autoridad, protección y masculinidad. Como señala la investigadora Magda Coss “las armas en los hogares son más un tema de prestigio que de defensa”. Y este prestigio también se vende. Jenna Bergman de la Universidad de Columbia muestra cómo la publicidad armamentística estadounidense vincula su compra con la virilidad.

Estas promesas también se presentan en la “narcocultura”, pero juzgar a las juventudes únicamente por consumirla obstaculiza comprender qué buscan en ella. En una muestra de 100 cuentas de TikTok, el Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México identificó que el 47% reclutaba para organizaciones criminales; también encontró publicaciones que ofrecían salarios, hospedaje y entrenamiento. Más allá de la crítica resulta urgente preguntarnos qué alternativas de ingreso, reconocimiento y pertenencia encuentran las juventudes.

Para ampliar esta conversación del 13 al 15 de octubre de 2026, el Programa de Seguridad Ciudadana realizará las “Jornadas Académicas, Artísticas y Culturales para la Reducción de las Armas de Fuego”. Por medio del diálogo académico, el cine y la danza, abordaremos su circulación, sus desigualdades y las formas de poder y masculinidad que representan, junto con alternativas comunitarias frente a la violencia.

Reducir la violencia armada no se mide con mayores decomisos. Exige refutar las promesas de seguridad y popularidad asociadas a las armas y escuchar a quienes sufren día con día antes del disparo...

Escrito en: Editoriales armas, violencia, desigualdades, 2026,

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