
Contra los falsos positivos del confort oficialista
Una de las imágenes que perduran en la memoria tras la discusión bizantina que todavía, en pleno 2026, pretende que España le deba perdón a México, nos remite de manera inmediata a la Cumbre de las Américas celebrada en 1991 en la capital de la otrora Provincia-Reino de la Nueva Galicia (Guadalajara, Jalisco) donde el Rey emérito Juan Carlos I de Borbón pidió disculpas públicamente por los excesos que pudieran haberse cometido durante la Conquista, tras una serie de eventos de convivencia del mismo y de la Reina Sofía con varias comunidades y etnias del sureste del país en las que solo se desbordó la armonía, la hospitalidad, el aprecio mutuo, la festividad y el sentimiento de íntima unión entre unos y otros.
En ese entonces ya figuraba como intelectual orgánico perteneciente al grupo de Octavio Paz un joven Enrique Krauze quien al ser cuestionado públicamente en plena celebración de dicho evento del por qué la Historia oficial suele esconder o negar el Virreinato, respondió de manera escueta y poco convincente: "Es que fue una etapa muy triste".
Más de tres décadas después, aún desde la comodidad como divulgador del oficialismo impuesto por el sistema político mexicano-nunca por la historia académica-Krauze ha intentado distanciarse del archirrefutado discurso de la historia de bronce (a veces con éxito, otras no) al cuestionar la postura demagógica que exige otra disculpa a la Madre Patria, desde el falso indigenismo perpetuado por el régimen cardenista que pretende que solo lo indígena y azteca representa la mexicanidad, pisando encima de la enorme riqueza de nuestro mestizaje así como atropellando el legado de decenas de etnias que nada tienen que ver con lo meshica o que incluso se enfrentaron contra ellos en aras de evitar ser esclavizados y canibalizados por la tribu hegemónica del valle del Anáhuac durante doscientos años de abusos sistematizados.
Al menos esa fue su postura hace una semana tras la publicación de una de sus columnas en el El País; pasquín español socialista que suele hacer eco a lo que el régimen mexicano suele seguir vendiendo de manera antihistórica al respecto:
"El indigenismo demagógico nada tiene que ver con el conocimiento de las culturas indígenas ni con la defensa de las diversas comunidades indígenas que existen en México. Curiosamente, apareció en el pensamiento de algunos criollos durante la guerra de independencia, que vincularon al México naciente con el Imperio mexica como fuente de legitimidad exclusiva. Además de la absurda apropiación -los criollos no tenían una gota de sangre indígena-, su idea alimentó una narrativa centralista alevosamente anclada en Ciudad de México, la antigua Tenochtitlan, olvidando la pluralidad del mundo prehispánico. Sus conspicuos partidarios actuales invocan desde el poder al indígena que hace medio milenio adoraba a Quetzalcóatl (o, según la moda, a Huitzilopochtli) pero olvidan al que hoy mismo enciende veladoras a la Virgen de Guadalupe en la capilla barroca de su pueblo. Utilizan al indígena actual con fines políticos".
Hasta aquí Krauze logra asentar su punto respecto a quienes desde el poder han pretendido imponer como única, exclusiva y prevalente aquella caricatura recalentada de un mundo prehispánico armónico y hasta superior a la realidad, a imagen y semejanza del "buen salvaje" inventado por Rousseau, negando la antropología forense y los temibles tzompantli (desestimados como falsos por el sistema político mexicano, hasta que reaparecieron bajo tierra) y dos siglos de genocidio indígena perpetrados desde Tenochtitlan contra todas las tribus circundantes al Lago de Texcoco, hasta que los españoles prohibieron el canibalismo y los sacrificios humanos en 1521.
Sin embargo, el divulgador resbala al proclamar que existen hispanismos -así en plural- entre los que, al igual que en el caso del falso indigenismo que denuncia, hay un "hispanismo reaccionario".
La realidad es que confunde el hispanismo-tan indigenista como multiétnico, por cuanto este no existe sin reconocer sus raíces prehispánicas, asiáticas y africanas como parte de un todo junto con el elemento europeo-con el españolismo (ese sí, retrógrada y excluyente) en que comulgan solo los facciosos del llamado borbonismo carlista y que en sus extremos se toca con las mismas patrañas vendidas por la izquierda oficialista en México y en la Península.