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Crecimiento

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LUIS RUBIO

Robert Lucas, Premio Nobel de Economía, decía que “una vez que comienzas a pensar en el crecimiento económico, es difícil pensar en cualquier otra cosa”. El crecimiento económico no lo es todo, pero hace tanto más fácil la solución de problemas actuales y ancestrales que uno se pregunta por qué no se aborda el reto de frente y de manera decidida.

Mientras que Aguascalientes multiplicó el tamaño de su economía por casi cinco veces en las pasadas cuatro décadas, Campeche, Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Tabasco, Veracruz y otros ni siquiera lograron duplicarla. Aguascalientes observó varios años tasas de crecimiento alrededor del 7%, mientras que los otros estados mencionados apenas rebasaron el 1%. Esa diferencia podría parecer pequeña pero, a la larga, se multiplica, produciendo resultados dramáticamente contrastantes. Las oportunidades al alcance de los hidrocálidos (y, no muy lejos, de los queretanos y nuevoleonenses) simplemente son inasequibles para los chiapanecos. 

Esta es la magia del interés compuesto: una diferencia de unos cuantos puntos porcentuales de tasa anual de crecimiento representa la diferencia entre la miseria y la oportunidad de una transformación integral. Son las verdaderas desigualdades a las que hay que abocarse, porque cada paso -y cada día de retraso- hace una diferencia monumental.

Al crecimiento se le venera como si se tratara de un factor teológico, pero se le ignora en la práctica. Políticos y economistas se desviven planteando soluciones que usualmente llegan a poco. Unos hablan de la voluntad de los inversionistas, en tanto que los otros emplean términos como infraestructura, educación y reglas del juego, pero, al final, a juzgar por la evidencia de las últimas décadas, el resultado es nimio. Ambos contingentes tienen razón, pero la realidad tangible habla por sí misma.

La economía mexicana se ha partido en dos: la que crece de manera constante, sistemática y a tasas relativamente elevadas, casi toda ella vinculada a la región norteamericana; y la que apenas despunta y se mantiene, en el mejor de los casos, al ritmo de la población. Así, la tasa promedio que ha experimentado la economía desde los noventa -alrededor de 2%- esconde más de lo que describe porque incluye situaciones tan disímbolas y contrastantes como la que muestran Aguascalientes y Guerrero.

Detrás de las cifras hay factores fundamentalmente estructurales que determinan el potencial de cada entidad (y del país en general), que tienen que ver con asuntos que van desde la disponibilidad de energía, carreteras o vías férreas hasta empresarios dispuestos a arriesgar su capital para realizar nuevas inversiones. Un factor adicional que ha sido determinante del desempeño económico local ha sido la conexión (o su ausencia) con las economías de Estados Unidos y Canadá. Independientemente de su vocación económica específica (lo que diferencia a Cancún de Querétaro), las economías locales que se han vuelto “norteamericanas” han experimentado tasas de crecimiento muy superiores a las que se han mantenido al margen de esas corrientes. Algo de esto se debe a acciones y, más frecuentemente inacciones, gubernamentales, pero mucho tiene que ver con el entorno general que inhibe el crecimiento.

La revista The Economist hizo un ejercicio hace algunos meses donde propone ir a lo más básico. En lugar de repetir recetas como las que menciono antes, el Economist dice una obviedad: cuando las empresas productivas se expanden, el producto general crece; cuando las empresas no crecen o no pueden crecer, las economías se estancan. Ergo, el énfasis de las políticas públicas debe concentrarse en las cosas que hacen que las empresas crezcan.

Lo que importa es lo que hace que haya inversión, no aquello que se vea bonito o que satisfaga el ego de un político. Específicamente, dice el estudio, las políticas públicas deben analizar para luego resolver aquellos factores que condenan (o facilitan) el que las empresas sigan siendo pequeñas. Usualmente, esos impedimentos tienen que ver con leyes fiscales que incentivan la pequeñez al ofrecer tasas muy bajas de impuestos; leyes laborales que encarecen la mano de obra y eliminan toda flexibilidad para contratar o despedir empleados; y acceso al crédito, limitado por pobres derechos de propiedad. Ninguna de estas cosas es especialmente novedosa, pero el centrar el problema en los obstáculos que enfrentan las empresas ofrece al menos un sentido de dirección.

Al final, la clave acaba siendo la creación de condiciones para, primero, materializar la inversión, seguido de lo cual el imperativo sería facilitar el crecimiento de la productividad, que es el factor que explica las enormes diferencias en resultados entre los estados antes citados. La gran pregunta es cómo lograrlo.

Hace poco, Ana Laura Magaloni le dio al clavo con su explicación de la parálisis que hoy caracteriza al país: el país adolece de una combinación de factores que hace mucho no se veía, desconfianza e incertidumbre, ambas de manera simultánea. No hay condiciones predecibles que permitan anticipar que los conflictos se resolverán de manera razonablemente imparcial y el rechazo a la inversión privada que es inherente a la ideología gobernante hace imposible que haya crecimiento.

Los términos del desafío son transparentes.

ÁTICO

Al entender la importancia del crecimiento económico, todo lo demás parece pequeño; ¿por qué no es una prioridad nacional?

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