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OPINIÓN

Cuando habla el poder

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Cuando habla el poder

JESÚS SILVA-HERZOG

Estos no son los tiempos más felices de la libertad de expresión, como festeja el régimen. No puede negarse que los ataques a la crítica, a la investigación, al periodismo independiente se han multiplicado en los últimos años. En muchas partes del país, el periodismo es una actividad de altísimo riesgo. La censura ha encontrado nuevos instrumentos. Humberto Mussachio publicó hace poco un libro valiosísimo que registra los “nuevos rostros de la censura.” Cállense, es el título de esa recopilación de denuncias que publicó Grano de sal. En efecto, hay una nueva oleada de censura en el país. Las leyes se han convertido en instrumento para imponer silencio. Los tribunales actúan como inquisidores decididos a callar ciudadanos para proteger políticos. La censura está en los juzgados y en el abuso de palabras que, desde el poder, estimula el linchamiento público y da instrucciones a las instituciones del Estado para intimidar a los críticos. María Amparo Casar ha enlistado meticulosamente los nuevos instrumentos de la censura. Se ataca la libertad de expresión cuando la presidencia arremete contra los periodistas; cuando convoca al boicot de un medio de comunicación; cuando usa la publicidad gubernamental para premiar medios afines y castigar a los independientes; cuando se usan los instrumentos coactivos del Estado para perseguir a los críticos; cuando se pretende estrangular fiscalmente a las organizaciones de la sociedad civil; cuando se revelan datos personales de los críticos; cuando se deja indefensos a los periodistas amenazados por el crimen, cuando se oculta información pública. La lista de mecanismos de censura solo puede leerse en la página de Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad porque Casar ha sido expulsada de los medios donde regularmente participaba con reflexiones agudas y bien fundamentadas. Si hace unos años se le podía leer regularmente en la prensa, escuchar en la radio y ver en la televisión, hoy vive una especie de exilio periodístico después de haber sido blanco de una despiadada campaña de odio encabezada por el presidente de la república.

Que los derechos de las audiencias se defiendan, pero solamente en las pantallas y los micrófonos privados. Para la presidencia, para el gobierno, para los medios del gobierno, libertad absoluta. El gobierno tiene derechos plenos para mentir, para inventar cifras, para difamar, para insultar, para hacer burla. Tiene el campo abierto para denigrar a los ciudadanos que hayan sido calificados como integrantes del Antipueblo. Los medios gubernamentales son empleados, sin pudor alguno, como instrumentos de propaganda de partido, dedicados a exaltar el insuperable genio de la Jefa de Estado y a comentar diariamente las maravillas de su gestión, al tiempo que apalean a las oposiciones y a los críticos. Frente al programa de variedades que conduce Claudia Sheinbaum todas las mañanas hay una defensa en la que ella sí cree. El ciudadano puede no ver su conferencia de prensa. Si no les gusta, si no están de acuerdo con lo que dice en la conferencia de prensa, “que no la vean,“ dijo.

Una discusión pendiente es el habla del poder. Si los ciudadanos han de tener el espacio más amplio para hablar, para escribir, para publicar, quienes hablan en nombre de las instituciones de la república deberían estar sometidos a un código estricto. Hay un trabajo del politólogo norteamericano Corey Brettschneider que precisamente aborda este asunto: cuando el Estado habla, ¿cómo debe hablar? Los gobernantes no tendrían por qué callar ante posiciones con las que discrepan. No deben rehuir el debate público. Sus palabras deben buscar la persuasión renunciando a toda forma de intimidación. Por eso la presidenta no tiene permiso para seguir estigmatizando a sus críticos ni tiene derecho de usar los recursos públicos para premiar a sus aplaudidores. Tampoco tiene permiso para aconsejar que se viole la ley si esta choca con valores que ella cree superiores al derecho. No es pedir demasiado que haya un compromiso con la verdad, se ofrezcan argumentos, se reconozca la legitimidad del discrepante y se honre la ley.

Sheinbaum podrá estar en las antípodas ideológicas de Trump o de Milei. El tono de su discurso puede ser muy distinto, pero, como ellos, hace de los micrófonos del Estado instrumentos del desprecio.


               

Escrito en: Editoriales Estado, tiene, censura, instrumentos

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