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Cuando la danza vuelve: fiesta a San Isidro Labrador en el poblado Ignacio Zaragoza

Cuando la danza vuelve: fiesta a San Isidro Labrador en el poblado Ignacio Zaragoza

Cuando la danza vuelve: fiesta a San Isidro Labrador en el poblado Ignacio Zaragoza

ERNESTO JURADO (PROFESOR, INVESTIGADOR Y PROMOTOR CULTURAL)

General Ignacio Zaragoza es un poblado ubicado en el municipio de Pánuco de Coronado, Durango, México, está situado en dirección sur a 9.5 kilómetros de Francisco I. Madero que representa la localidad con mayor población en la región. El mes de mayo tiene un ritmo propio; cuando se acerca la fiesta de San Isidro Labrador, las calles y las familias comienzan a prepararse para una tradición que no se sabe exactamente cuándo nació, pero que ha sobrevivido al paso de las generaciones: la Danza de Pluma.

Los más antiguos recuerdan que sus padres y abuelos ya bailaban, y la comunidad en sus inicios era conocida como La boca de avino, antes de que hubiera una iglesia como la que hoy reúne a la comunidad. Candelario Salas, a sus 76 años, guarda parte de esa memoria. Recuerda que la danza se bailaba primero en diversas casas; más tarde encontró refugio cerca de un gran árbol donde cada año, para el día 13 de mayo, se construía una enramada, una estructura levantada con vigas de madera y en la parte superior cubierta con ramas de álamo, donde los danzantes bailaban, comían y era tradición llevar un costal con cobijas para dormir ahí mismo durante los días de fiesta. Ahí permaneció durante muchos años, hasta que la construcción del templo permitió trasladarla al espacio que actualmente ocupa.

Aquellos años están también en la memoria de los hermanos Silvestre y Doroteo Luna Correa, danzantes los dos. Silvestre Luna, monarca por más de dos décadas. Entre los nombres que permanecen en su memoria aparecen Alfonso Guereca, Silvestre Luna Correa, Wilfredo Luna Correa, Roberto Jáquez y Leobardo Luna Solís, antiguos monarcas. También se recuerda a danzantes como Margarito Gurrola, Bonifacio Guereca, Moisés Ceniceros y Luis Salas. En la música recuerdan a Evaristo Méndez, Lorenzo Ríos y su hijo Abraham Ríos. Actualmente, el violinista es Josué Solís Méndez y en la tambora José Ma. Gonzáles Guereca

Donaciano Ávalos Guereca, quien comenzó a bailar desde niño, recuerda que los integrantes de la danza incluso firmaban un compromiso para respetar las reglas. Esa disciplina tenía una razón. La danza pertenecía a todos y todos debían responder por ella. El ingreso comenzaba muchas veces como Malinche; después se avanzaba por las filas hasta llegar a capitán y, para algunos, al rango de monarca; se baila para pedir, pero también para agradecer.

El motivo de la danza permanece intacto: venerar a San Isidro Labrador, patrono de Ignacio Zaragoza y protector de la agricultura. Antes de la festividad se realiza un novenario; durante nueve días, personas del pueblo llevan la imagen de San Isidro desde la iglesia a recorrer parcelas y caminos. Se le pide lluvia, buenas cosechas, salud y bienestar.

La festividad inicia el día 14 de mayo por la tarde, los danzantes recogen las imágenes de San Isidro que permanecen en algunas casas de familias de la comunidad, las llevan a la iglesia y por la tarde comienzan a bailar hasta las 10 de la noche

El día principal es el 15 de mayo, inicia antes del amanecer. A las cinco de la mañana llegan las mañanitas a San Isidro. Hubo un tiempo en que el violín era el encargado de acompañarlas y los habitantes cantaban mientras los danzantes bailaban al ritmo de la melodía. Hoy la tradición continúa, aunque la música de banda ha tomado ese lugar. Después viene una larga jornada de danza que se extiende hasta las 11 de la noche. La pólvora anuncia el cierre del día y, nuevamente, la música de banda acompaña las mañanitas al Santo Patrono.

El día 16 la fiesta vuelve a comenzar a las 10 de la mañana. Los sones se suceden durante horas: la cruz, el torito, el gallito, el gavilán, el borrachito, la viborita y otros que forman parte de un repertorio transmitido de generación en generación. Este día se realiza el son de coronación. Las coronas pasan de las cabezas de los danzantes a las manos de personas del público, quiénes al regresarlas, entregan una cooperación voluntaria; es un momento de participación y encuentro. También regresan por unos instantes quienes alguna vez fueron danzantes y que ahora, por la edad o por estar fuera, han dejado las filas. Reciben una sonaja y vuelven a bailar algunos sones. La memoria vuelve a ponerse en movimiento.

Pero si existe un momento que concentra el simbolismo de la fiesta es el entierro de la Malinche. Al final del día 16, el niño que representa a la Malinche es cargado por los viejos de la danza, después de algunos movimientos, hacen el simulacro de su muerte y se le coloca en el suelo. Uno a uno, los danzantes pasan a cubrirlo con sus objetos ceremoniales: primero las coronas, después las palmas y, finalmente, las sonajas. Poco a poco, el cuerpo queda oculto bajo los elementos de la danza, como si se tratara de una sepultura. Entonces los viejos lloran, gritan y lamentan la muerte de la Malinche.

Pero la muerte dura apenas lo necesario para que pueda comenzar el regreso. Los danzantes recuperan sus coronas, sus palmas y sus sonajas. La Malinche revive. La tristeza se transforma en alegría y uno de los viejos la carga sobre sus hombros mientras todos vuelven a bailar; es el último son. Después, San Isidro regresa a su nicho y los danzantes emprenden una peregrinación para devolver las imágenes a las casas de donde fueron recogidas. Algunas veces el recorrido termina ya entrada la madrugada del 17 de mayo.

La Danza de Pluma de Ignacio Zaragoza ha cambiado; antes no se permitía la participación de mujeres. Hoy la música, los trajes y algunos pasos se han transformado. Los viejos son numerosos y sus vestimentas incorporan nuevas figuras. La celebración también ha encontrado nuevas formas de organizarse.

Permanece San Isidro Labrador y permanece la tierra. Permanece la petición de lluvia y el agradecimiento por la cosecha. Permanece la comida de reliquia que las familias ofrecen como manda y que alguna vez se sostuvo con las cooperaciones reunidas casa por casa. Permanece el sonido de las sonajas, el color de las coronas, el movimiento de las palmas y el sonido del violín acompañado por el golpe de la tambora. Permanecen los recuerdos.

La danza se baila, se hereda. Pasa de padres a hijos, de los viejos a los niños. Cuando termina el último son y la Malinche vuelve a levantarse, no termina realmente la danza, algo de ella queda en la memoria de quienes participaron y en la tierra que volverá a esperar la lluvia. Al año siguiente, cuando llegue mayo y los danzantes vuelvan, la memoria impulsada por la fe, una vez más, volverá a bailar. Un homenaje a todos quiénes actualmente en ella participan.

Escrito en: CALEIDOSCOPIO danzantes, Isidro, danza, memoria

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