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LETRAS DURANGUEÑAS

Cuquita Guerrero Román

Cuquita Guerrero Román

Cuquita Guerrero Román

ZITA BARRAGÁN

Colab: Cuando conocí a Cuquita, Durango era una ciudad conservadora. En sus escenarios provincianos resultaba inusual la presencia de un personaje con sus características. Yo era una niña de diez; ella, una mujer perteneciente a la hoy llamada “tercera edad”. Fue su nombre el primero inscrito en la lista de seres desolados que he conocido a lo largo del tiempo, si bien no me corresponde revelar las particularidades de su vida, ni me atrevería a hacerlo por respeto a su memoria.

De mi vida cansada y entre bares

juego dura mi cruel melancolía

y entre la lucha que me agobia impía

el hielo siento de mis batallares*.

María del Refugio Guerrero Román nació el 24 de junio de 1902 y vivió la mayor parte de su vida en un domicilio cercano a la casa de mi abuela, ubicado en la actual Zona Centro de la ciudad de Durango. Por lo anterior, era común encontrarla andando por las calles Aquiles Serdán, Fresno y Ramírez. A su paso por la Escuela Normal del Estado destacó no sólo debido a su inteligencia, sino a su refinado vocabulario y su impresionante talento poético.

Oh, mi Escuela Normal, tú me diste

de tus tarros de miel, una pocades

de niña, muy niña, yo quise

que guardarás amante mis trovas.Tú acogiste mis versos primeros

con amor maternal y emotivo

y tu santo recuerdo lo llevo

clavado en el alma que tanto te quiso**.

Una tarde, al caminar rumbo a la escuela (en una época en la que los niños acudían mañana y tarde, era impensable faltar un día a clases y no existían los llamados “puentes”), pasé a su lado mientras ella me observaba con aire taciturno. Niña, me dijo, ¿cómo te llamas?, y enseguida improvisó un poema alusivo a mi nombre, a mi edad y al porvenir, con una serie de rimas que me conmovieron. Admiré sus alcances creativos y agradecí –y sigo agradeciendo– los buenos deseos que me manifestó. Ahora me explico la trascendencia de su obra poética, que la llevó a obtener reconocimientos estatales y nacionales como la Flor Natural de Guanajuato.

Hoy recuerdo su voz aguda, su cabello entrecano, su parquedad, su mirada indescifrable y aquel mediodía, cuando tocó a la puerta de mi casa, entró de prisa y se quedó dormida en el zaguán. Y lamento no haber tenido la buena idea de transcribir en mi cuaderno escolar algunos versos del poema que me dedicó.

Cuquita falleció el primero de enero de 1991. En el año 1993 asistí con emoción a uno de los escasos homenajes póstumos que ha recibido, el cual fue organizado por el grupo “Amigos de la Universidad” y se llevó a cabo en el Edificio Central de la UJED. A lo largo de la conmovedora ceremonia escuché repetidamente la voz que no olvido:

Niña, ¿cómo te llamas? Cuando me llames, encontrarás dispuestos

mi barro a difundirse, mi espíritu a volar

pero sobre la losa que ha de cubrir mis restos

como epitafio, oh, Muerte, ponme cualquiera de estos:

“Edificó en el aire” o bien “Aró en el mar”***.

Escrito en: LETRAS DURANGUEÑAS vida, Román, niña,, ciudad

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