
De cronistas municipales
Su trabajo tiene mucho de humildad. Le quitan tiempo a sus labores formales para dedicarse a una vocación que enfrenta no pocas dificultades, como la incomprensión o la indiferencia -incluso a veces en la propia familia- para realizar su trabajo y en el caso más difícil para publicar sus investigaciones (no faltan los que pagan sus libros con algún préstamo económico personal u oficial).
Se trata, evidentemente, de los cronistas municipales, esos hombres y mujeres que, al igual que los campesinos cultivan la tierra, acá recolectan recuerdos, registros de fechas y personajes, de lugares representativos de sus pueblos y ciudades. Hay en ellos una profunda convicción del valor del conocimiento de nuestro pasado, que, al decir de Cicerón, tales aprendizajes siempre serán advertencias para el porvenir. El ser humano es básicamente sus experiencias propias o ajenas.
Y así los cronistas van por el territorio recabando información, tomando fotografías, atendiendo la casona antigua, la belleza de sus iglesias o los atractivos de un cerro a un río. No se olvidan de los dichos de los mayores, las canciones típicas o las comidas que les dan identidad. Y la mejor recompensa que se les puede ofrecer es precisamente... leer sus libros, haciendo votos para que cada vez se aprecie más su colaboración social, que merecería que se les apoye con un sueldo de acuerdo a las posibilidades de las administraciones comunitarias, con prestaciones de ley como la asistencia médica y respaldo para sus recorridos por el terruño. Con su esfuerzo han mantenido vivas las referencias históricas y culturales de los suyos ¿Por qué, entonces, no retribuir en algo su noble y trascendente tarea?
Desde hace tiempo guardo con aprecio sus obras. Y encuentro una buena parte de la entidad duranguense. Otras están más alejadas de mi entorno profesional, pero tengo la esperanza de que algún día no muy lejano tengamos a la mano una biblioteca completa de sus frutos. Por lo pronto comparto en este artículo algunos fragmentos de dichas tareas, como una muestra de homenaje a sus escritos.
Comienzo por razones personales con la obra "Una memoria histórica en pos de Peñón Blanco (ICED, 2012), un vergel donde nació mi madre, la profesora Rosa Amelia Luna Rodríguez. La obra es debida al incansable y comprometido Genaro Pulido Moreno. Tierra pues, de mis abuelos maternos, por donde corren las acequias orilladas de yerbabuena, Peñón -así le llaman familiarmente- aparece como una de las poblaciones más antiguas de Durango. Nos dice el cronista:
"La industria en Peñón Blanco. 1850.
La fabricación de textiles continuaba realizándose en telares caseros y rudimentarios. En la población del Peñón Blanco y las haciendas existentes en Durango existían este tipo de telares en los que se elaboraban sarapes, jergas, frazadas, rebozos, mantas y de manera más abundante un lienzo angosto de lana denominado: "Sabanilla", tela a partir de la cual se confeccionaba el vestido de la inmensa mayoría de la población". Don Reynaldo Garza Limón, por su parte, señala en su obra (Poanas. Historia sucinta de Nombre de Dios y Poanas" (HERFA IMPRESORES, 1992), Tomo I:
"FAUNA. En la descripción de la Villa de Nombre de Dios, sacadas por las informaciones hechas por la Justicia, en el año de 1608, ya citada arriba, se puede leer lo siguiente por lo que toca a la fauna del partido: "En los llanos hay mucho venados, liebres y conejos, más con haber tanta caza de animales y aves, no hay nadie que se acuerde de cazar. De animales fieros hay tigres, leones, lobos y unos animales menores y perniciosos a los que llaman coyotes; pero también perros y gatos cimarrones. Se crían y se defienden estas fieras en las espesuras de los mezquitales y malpaíses, y matan muchas de las crías del ganado y de las yeguas".
Enseguida el Profr. Blas Hernández Galván reseña en su libro "Monografía municipal. San Juan de Guadalupe" (ICED):
"Como se ha dicho, los minerales metálicos más comunes en la región son: el plomo, el cobre, la plata y en menor escala el oro, con ellos el zinc y la cal, ya que los no metálicos hasta los tiempos que corren se han venido explotando, tales como la barita, la cantera, el ónix, el mármol, etc."
Imprescindible en este tipo de recuentos resulta Gabriel Rodríguez Venegas, quien en su ampliamente documentada "Monografía de Vicente Guerrero (2012, Segunda edición) nos comparte: "El taquito. También conocido con el nombre de "reliquia", el 19 de marzo, día de San José, se prepara comida para la mayoría de los habitantes del poblado de San José del Molino principalmente, y en varias comunidades y familias del municipio de Vicente Guerrero. La comida consiste en asado de carne de puerco y varias sopas para ofrecerlas a los visitantes y vecinos que acuden con sus utensilios a pedir "taquito", el cual se les obsequia con mucho gusto. Cabe mencionar que asisten de toda la región y de la ciudad de Durango, no importa si la persona es conocida del que hace esta reliquia".