
De la purificación al cinismo
La brecha es cada vez mayor. Se pregona recato y se ofrece descaro. Alcaldes, gobernadoras, secretarios de estado dándose vida de reyes mientras hacen alarde de modestia. Que son distintos, dicen todo el tiempo, mientras se ddican a igualar los abusos de sus antecesores. Los escándalos de corrupción se multiplican, pero la cúpula los minimiza, los justifica o los niega. Dicen que la probidad es la norma de la nueva vida pública. A diario se exhiben los lujos de una clase gobernante que dice flotar por encima de las ambiciones materiales. Pontifican que la felicidad no está en las cosas que pueden poseerse, sino en el servicio a los demás haciéndose infelices con opulencias.
El grupo que nos gobierna se fundó en una prédica más que en un programa. En su mismo nombre estaba la divisa de la redención moral. El sermón que se nos ha propinado desde su llegada al poder ha hecho de la corrupción el origen de todos los problemas del país. La codicia, la envidia, el afán de riquezas, la privatización de lo común eran la causa de la miseria, de la contaminación, la desigualdad y la violencia. Pero para el apóstol la solución era muy sencilla. La llegada de un hombre puro salvaría a la nación. El aura de su honestidad ejemplar limpiaría de inmediato a la república. No importaban las instituciones, ni las leyes, ni la vigilancia de la crítica. La llegada de ese patriarca desinteresado purificaría al país.
Hoy vemos la consecuencia de esas farsas. No llegó al poder un puro, sino un demagogo dispuesto a hacer acuerdos con todo aquel que ayudara a su ambición. Su camino al poder fue una marcha de pactos inconfesables. Toda trampa que ayudara a la causa recibía elogios y protección. Los suyos, por definición, no podían ser corruptos. Los suyos podían violar la ley, pero si colaboraban con la causa, eran patriotas decididos a hacer lo necesario. Con la excusa de la urgencia, se violaban las reglas que limitaban el capricho y se destruían meticulosamente todas las instituciones dedicadas a sospechar. Con la saliva del discurso moralino fue edificándose un régimen que alienta y encubre la corrupción.
La impunidad no es un accidente del nuevo régimen. Es la consecuencia necesaria de la destrucción institucional y de la mentalidad sectaria. A nadie puede sorprender que se expanda la corrupción ahí donde se concentra un poder sin vigilancias. Cuando la cohesión del grupo gobernante se convierte en la prioridad, los pillos de dentro pueden estar muy tranquilos. Si van contra nosotros, el partido se rompe. Así se procede contra políticos de oposición y se cuida a los políticos del partido hegemónico.
El discurso de la purificación moral sirvió a una oposición para denunciar las corruptelas de décadas. Esa retórica sostuvo a un gobierno que no dejó de legitimarse frente al pasado y que presentó el teatro de la austeridad presidencial como si fuera prueba de honestidad. Hoy la presidenta Sheinbaum no puede seguir agitando el discurso de la probidad mientras siga cerrando los ojos a las corruptelas que se multiplican dentro de su coalición. Se ha secado el sermón. La brecha entre la homilía y la experiencia de siete años de poder desmedido hace insostenible el discurso de la superioridad moral. La presidenta sabe que miente cuando declara que la corrupción terminó en 2018. Quien haya estado despierto estos últimos años sabe bien que los espacios para la corrupción, lejos de disminuir, se han ensanchado con el fin del pluralismo político. Al cerrar los ojos a la corrupción de dentro y a la corrupción de hoy, la presidenta renuncia a perseguir el abuso. La única corrupción que está dispuesta a ver es la corrupción de antes y la de sus adversarios.
Queda la pregunta: ¿por qué se atreve a decir algo así la presidenta? Ofrezco dos razones: porque la lealtad ha sido siempre para ella mucho más importante que la verdad. Al declarar que en 2018 acabó la corrupción, rinde pleitesía al megalómano. Y porque quiere enviar un mensaje de tranquilidad a los suyos. El discurso de los predicadores se ha convertido, en voz de Sheinbaum, en la estructuración del cinismo. Ella sabe que lo que dice es falso. Quienes la escuchan saben también que es falso. Y en esa red de mentiras está su verdadero mensaje.