
De plumas y nostalgias
Petronilo Amaya es, desde hace tiempo, El Señor de las Plumas, título que no le concedió ninguna academia, ninguna institución cultural ni mucho menos algún comité de escritores preocupados por la posteridad, sino esa autoridad bastante más confiable que es la vida misma, que termina poniendo sobrenombres allí donde encuentra una costumbre. Y mi padrino tiene el hábito de andar entre plumas, como si escribir fuera, todavía, una actividad de primera necesidad: en ocasiones dichas plumas son Montblanc -porque tampoco es menester renunciar a ciertas vanidades existenciales-, en otras, aparece una BiC -más democrática, menos pretenciosa y con una virtud que algunas plumas de mayor abolengo no siempre garantizan: no sabe fallar.
La Montblanc tiene prestigio; la BiC tiene la admirable costumbre de funcionar; y quizá esa sea una de las constantes entre literatura y vida: uno puede aspirar a la elegancia, pero lo importante es que la tinta salga.
Ahora, El Señor de las Plumas escala, o, para decirlo en términos de nuestra época, ha redescubierto emociones y sentires en las reels. La tecnología, que prometió acercarnos al futuro, terminó acercándonos al teléfono celular, que es una cosa bastante distinta.
Allí aparece Petronilo como Nilo, personaje de sus propias publicaciones, acompañado por canciones que parecen haber sido seleccionadas directamente por la memoria: Ricardo Montaner, Aldo Monges, Sandro, Manuel Alejandro, Roberto Carlos, Amaury Gutiérrez, Rubén Blades y Adán Torres con Almohada. Y uno mira el reel, escucha la canción y comprende que la modernidad puede cambiarlo casi todo, menos esa añeja costumbre de recordar lo que creíamos olvidado.
Las canciones tienen esa mala educación. Llegan sin tocar la puerta. Sandro no canta: desentierra. Roberto Carlos tiene la habilidad poco caritativa de convertir cualquier recuerdo en asunto personal. Aldo Monges conoce perfectamente ese territorio donde los hombres pierden el orgullo y conservan la nostalgia. Elio Roca parece haber entendido desde hace mucho que la juventud es una enfermedad de la que uno sólo se da cuenta cuando ya se le pasó. Ricardo Montaner descubrió que todavía había público para la sentimentalidad y nos demostró que el corazón también podía ser protagonista de una producción discográfica. Y luego aparece Almohada, porque al parecer no era suficiente con padecer durante el día: también había que llevar los recuerdos a dormir.
Mi padrino Amaya sube el reel y la canción hace el resto. Allí ocurren pequeños milagros: una fotografía deja de ser fotografía, un rostro deja de ser rostro y unos segundos dejan de ser segundos. Se transmutan en una época. Eso es lo que las redes sociales no han conseguido destruir todavía: la capacidad de una imagen para convocar una vida entera.
Antes se escribían cartas y uno esperaba semanas para recibir respuesta. Ahora se publica un reel y esperamos que el algoritmo decida si nuestra nostalgia merece ser vista. Hemos progresado: antes había que comprar estampillas; ahora basta con tener datos.
Lo curioso es que El Señor de las Plumas parece haber encontrado en los reels otra manera de continuar escribiendo. Ya no necesita una hoja de papel ni una Montblanc sobre el escritorio. Puede bastarle un retrato, una canción y unos segundos de video. La herramienta cambió, pero el propósito sigue siendo el mismo: dejar huellas para volver a casa. Quizá por eso sus publicaciones tienen algo de autobiografía. Cada canción guarda una época; cada imagen, una conversación; cada aparición frente a la cámara, un fragmento de vida que se resiste a quedar archivado.
Aquí es donde aparece la ironía: el hombre conocido como El Señor de las Plumas, escribe parte de su historia sin pluma alguna. La literatura, que durante siglos exigió papel, tinta, silencio y cierta paciencia, ahora tiene que competir con videos, música de fondo y personas que deslizan el dedo con la velocidad de quien teme encontrarse demasiado tiempo consigo mismo.
Un poema antes podía ocupar varias páginas; hoy una emoción tiene que entrar en quince segundos y, de preferencia, acompañada de una canción conocida. Petronilo Amaya parece no tener problema con eso: sabe que las formas cambian y las nostalgias permanecen. Una Montblanc puede escribir una frase memorable, una BiC puede escribirla también y un teléfono puede convertirla en imagen. El instrumento cambia, el hombre sigue siendo el mismo. Y quizá ahí está lo verdaderamente literario de sus reels, detrás de cada publicación existe una historia que no cabe en la pantalla.
Nadie sube a la red solamente una fotografía. Uno sube lo que queda de una fotografía después de que han pasado los años. Nadie escucha solamente a Sandro o Montaner; escucha también quién era cuando los escuchaba. Nadie vuelve a Roberto Carlos sin llevar consigo algún recuerdo que preferiría no explicar. Nadie escucha Almohada sin preguntarse, aunque sea por unos segundos, cuántas noches hemos intentado dormir sobre asuntos que nunca supimos resolver.
Por eso me gusta imaginar a mi padrino como un hombre que ha pasado de la tinta al algoritmo sin renunciar a la memoria. El Señor de las Plumas sigue escribiendo, sólo que ahora la página es una pantalla y la tinta puede ser una canción. Montblanc cuando se puede, BiC cuando hace falta, teléfono cuando lo exige la época. La primera presume; la segunda no falla; el tercero lo graba todo.
Y quizá al final todo consista en eso: en dejar constancia. Antes escribíamos para que alguien leyera. Ahora publicamos para que alguien recuerde. Cambiamos las cartas por reels, las dedicatorias por canciones y las páginas por pantallas, pero seguimos teniendo la misma preocupación de siempre: que el tiempo pase y nadie olvide que estuvimos aquí.
Mi padrino Petronilo Amaya, El Señor de las Plumas, sigue apareciendo. Y mientras aparezca acompañado de Roberto Carlos, Aldo Monges, Montaner, Elio Roca o Almohada, seguirá haciendo algo que ninguna tecnología ha conseguido mejorar: recordarnos que una canción nos devuelve en tres minutos lo que la vida tardó décadas en quitarnos.
Después de todo, quizá para eso sirven las plumas, las canciones y ahora los reels: para escribirle pequeñas notas al olvido.
Y para eso, afortunadamente, la BiC no sabe fallar.