
De política y cosas peores
La noche de las bodas la recién casada sacó una regla de medir. Le explicó a su intrigado novio: “Es para una estadística que llevo”. A esta chica pasadita de kilos, y que come sin limitación pasteles y chocolates, le dicen “El Dólar”, porque le vale madre el peso. Don Vetulio, señor de muchos calendarios, casó con una dama de su misma edad. Le dijo ella: “Haremos el amor tres veces en el año: en tu cumpleaños, en el mío, y en nuestro aniversario de bodas”. “¡Dios mío! -empalideció don Vetulio-. ¡Me casé con una maniática sexual!”. “Cuatrapearse” es un expresivo verbo mexicano que la Academia no registra en su académico diccionario. El vocablo significa tropezar, titubear, proceder sin firmeza, con vacilación. El mentiroso -o la mentirosa- acaba siempre cuatrapeándose, pues para mantener una mentira es necesario inventar otras, de modo que el mentiroso -o la mentirosase enreda en sus engaños y cae invariablemente bajo el peso de la verdad, aunque esta última frase suene a discursera. Reza un antiguo adagio: “Para decir mentiras y para comer pescado, mucho cuidado”. En las áridas regiones de la América del Norte, cuando el Oeste todavía era salvaje, llamar “mentiroso” a alguien era exponer la vida. “Are ya callin’ me a liar?”.
Y la mano iba a la pistola en gesto retador. Ante los jueces había que decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, y no se valía escoger solamente una de esas tres opciones. Hay individuos -e individuas, pues el femenino cabe- en quienes el cinismo sustituye a la verdad. “Te vi en la calle con una vieja”. “No era yo”. “¡Pero si te vi con mis propios ojos!”. “¿Y les vas a creer a tus ojos más que a mí?”. Al mentiroso nadie le cree ni aunque esté diciendo la verdad. En sus labios hasta lo verdadero tiene apariencia de mentira.
Me apena moderadamente decir esto, pero en sus previsibles comparecencias mañaneras la Presidenta Sheinbaum da trazas muchas veces de no estar diciendo la verdad. A los cuestionamientos que se le hacen responde con ambigüedades, evasivas, vaguedades. Todo gobernante debe apegarse a la verdad, pues para cualquier país es motivo de vergüenza y de zozobra tener un mandatario mentiroso o una mandataria que oculta la verdad a la ciudadanía. En esto de las mentiras doña Claudia tiene a quién salir, pues el que la puso donde está ha sido siempre un contumaz mitómano que solamente deja de mentir cuando está callado. En presencia de la verdad AMLO tenía siempre otros datos. Ahora la Presidenta parece no tener ninguno, y se anda por las ramas en sus presentaciones. Se desdice y contradice. Se cuatrapea, en fin. Ahora el gobierno culpa del descarrilamiento de su tren al maquinista del convoy, a quien después de semanas atribuye exceso de velocidad. Con eso, la 4T se quita la responsabilidad por los contratos otorgados en lo oscuro, las deficiencias en el trazo y construcción del tren, y las omisiones en su vigilancia y supervisión. El hilo se rompe por lo más delgado, y con mentiras se oculta la verdad. Grave injusticia sería que un inocente cargara con la responsabilidad de los culpables. En esto, como en todo, la verdad debe imponerse sobre la mentira. Pero el régimen actual tiene muchos peros. Cumplido mi deber de orientar a la República procedo a hacer la narración de un cuentecillo final. El novio de Glafira, la hija de don Poseidón, fue a pedir la mano de su dulcinea. Le dijo al vejancón: “Quiero casarme con su hija”. El genitor dudaba de la capacidad económica del pretendiente, de modo que le preguntó: “¿Y tiene dónde ponerla?”. “No, señor -respondió el novio-. Precisamente por eso quiero casarme”. (No le entendí). FIN.