
De política y cosas peores
“Se puso a la altura del betún”. Esa expresión servía para denigrar a quien se humillaba servilmente ante alguien. El betún es la grasa para lustrar el calzado. Otra palabra, relacionada también con los zapatos, definía a los aduladores: se les llamaba “lamesuelas”. Jamás en la escena pública de nuestro país se había visto algo como lo que se vio cuando una mujer y un hombre se pusieron a la altura del betún para limpiarle los zapatos a Hugo Aguilar, el falso indígena que en forma indebida ocupa -o sea usurpa- el cargo de presidente de la Suprema Corte de Justicia. El suceso no es algo puramente anecdótico: ilustra la calidad de quienes hoy por hoy detentan el poder en nuestro país, arribistas en su mayoría, rastacueros que por azares de la política se vieron de pronto en puestos para cuyo desempeño no están capacitados. La consecuencia: un régimen ineficaz y carente de principios éticos, cuyo fin único es retener el poder y aumentarlo bajo la égida de un autócrata que perpetúa su dominio a través de una corte de incondicionales. Una mujer y un hombre le limpiaron los zapatos al tal Hugo Aguilar. Muchos más se los limpian a López Obrador. Altisonantes son esas palabras, pero están muy puestas en razón. Espero no haber inquietado mucho a la República al expresarme en modo tan contundente y lapidario. Sedaré los efectos de ese rapapolvo con el relato de algunas historietas de humor lene. Frente a la puerta del cuarto de hospital de aquel paciente, había una larga fila de enfermeras esperando revisarlo. El médico de guardia le preguntó a una de ellas: “¿Por qué lo quieren ver?”. Explicó la enfermera: “Es que se hizo una cortada en el prepucio, y nos enteramos de que había necesitado 32 puntadas”. Don Terebinto y su mujer estaban en una banca del jardín municipal. Cerca de ellos se hallaba una parejita de novios cuyas palabras los esposos alcanzaban a oír. La señora le dijo a su marido: “Parece que el muchacho le va a proponer matrimonio a la chica. Tose, para que el novio sepa que lo estamos escuchando”. “¡Ah, no! -protestó don Terebinto-. ¡Que se joda! ¡A mí nadie me tosió!”. La mamá de Pepito le comentó a su esposo: “El vecino está muy grave”. Al punto le sugirió el chiquillo: “Llévale a Selenia”. Así se llamaba la joven y linda mucama de la casa. “¿Por qué a Selenia?” -se extrañó la señora. Respondió Pepito: “Anoche oí que mi papá le dijo: ‘Me hiciste revivir, preciosa’”. Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, hablaba del viaje que con su esposo hizo por Italia: “Y estuvimos en una ciudad que se llama Temeo”. “Torino, mujer, Torino” -la corrigió el señor. En el Bar Ahúnda el marido de Uglicia lloraba ante su copa. El cantinero, compasivo como todos los de su oficio, le preguntó, solícito: “¿Por qué llora, amigo?”. Entre sus lágrimas contestó él: “Reñí con mi señora, y me dijo que no tendría sexo conmigo durante un mes”. Acotó el cantinero: “De veras que eso es para llorar”. “Sí -gimió el marido de Uglicia-. Hoy se cumple el mes”. Don Jorrino llegó apesadumbrado de su visita al médico. Lleno de tristeza le contó a su esposa: “El doctor me dijo que soy estéril desde mi nacimiento”. “Bueno -lo consoló la señora-. Al menos pudimos tener siete hijos antes de que lo supieras”. El marido llegó a su casa inesperadamente y encontró a su mujer en el lecho conyugal, desnuda, acompañada por cinco hombres igualmente sin ropa. Antes de que el estupefacto señor pudiera articular palabra, le dijo su esposa: “No me mientas, Cucurulo. Te conozco bien, y por la expresión de tu rostro sé que piensas que estoy haciendo algo malo”. FIN.