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OPINIÓN

De Política y Cosas Peores

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ARMANDO CAMORRA

Susiflor, joven soltera, les comunicó a sus padres que estaba enferma de gustos pasados. Esa expresión, “enferma de gustos pasados”, se usaba otrora en mi natal Coahuila para aludir al embarazo. Explicó: “Me dejé llevar por el deseo de la carne”. Le preguntó, ceñudo, su papá: “¿No decías que eres vegetariana?”. “Tiene usted las meninges inflamadas” -le informó el médico a doña Ignavia. “No, doctor -opuso ella-. Así se me ven cuando me siento”. La clienta del Lic. Ántropo le dijo emocionada: “¿Cómo podré pagarle, licenciado, lo que hizo por mí?”. “Señora mía -respondió calmosamente el abogado-. Desde que los fenicios inventaron el dinero hay una respuesta para esa pregunta”. (Cierto antiguo dicho cuya afirmación no comparto declaraba en manera lapidaria: “Del cura, el abogado y el doctor, mientras más lejos mejor”). Comentó la viuda de don Ultimiano: “Extraño mucho a mi marido. Gustosamente daría la mitad de su seguro de vida por que volviera a mí”. El relato de las cosas que suceden en las noches de bodas llenaría más volúmenes que los de “La comedia humana” escrita por Balzac. Relataré en seguida una de esas incidencias. Al empezar la ocasión nupcial de aquella parejita el novio le dijo a su desposada: “Te siento algo nerviosa, vida mía. ¿Por qué?”. Respondió ella: “Así me pongo siempre la primera vez”. No, no todo tiempo pasado fue mejor. ¿Querríamos acaso regresar a los años en que no había penicilina ni insulina; aviones y automóviles; televisión, y radio e internet? Es cierto: hay ahora armas terribles de destrucción masiva, drogas letales, causas de muerte ayer desconocidas. Pero es que el progreso pasa su factura, y necesariamente hemos de pagarla. Me pregunto si ese progreso material va acompañado por un correlativo progreso espiritual. Me agrada leer a Teilhard de Chardin, filósofo católico, jesuita, que no sólo aceptaba las teorías de Darwin sobre el origen del hombre: afirmaba también la existencia de una forma de evolución del espíritu por la cual la especie humana va por un camino que de manera ineluctable la conduce al bien. Su tesis no consiste sólo en un acto de fe: es un ejercicio de razón fincado en las enseñanzas de la Historia. Subsisten aún, es cierto, ejemplos de la barbarie humana: las guerras, la pena de muerte, la violencia criminal. Pero no podemos renunciar a la esperanza. En medio de sus miserias morales, de todas sus mezquindades y bajezas, el hombre lleva en sí aspiraciones de belleza, de justicia, de verdad y bien que al paso del tiempo lo van haciendo abandonar sus antiguas crueldades para buscar ser mejor. Imposible dejar de reconocer que muchos indicios niegan esa búsqueda de superación. En el hombre hay mala levadura, escribió el poeta. Sus perversidades nunca acabarán. Hombres como Trump nos ponen en el trance de perder todo optimismo sobre el futuro moral de la especie humana. ¿Se puede acaso tener fe en la humanidad cuando en tiempos aún recientes han sucedido maldades que escapan a toda comprensión, como el Holocausto causado por la indescriptible perversidad de Hitler? Recordemos, sin embargo, a Anne Frank, una de sus innumerables víctimas. En su célebre diario dejó constancia de su creencia en la bondad del hombre. La banalidad del mal, la intrínseca maldad inherente al hombre descrita por Hannah Arendt es contrastada por el sencillo acto de fe de aquella maravillosa jovencita judía. Ahora bien: ¿por qué escribí esta deshilvanada reflexión, tan inusual en mí? Primero, porque desde una modesta dimensión yo también conservo esa esperanza. Y segundo, porque hoy no sentí ganas de hablar acerca de política. FIN.

Escrito en: De Política y Cosas Peores progreso, hombre, manera, esperanza.

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