
De política y cosas peores
Sin darse cuenta don Lenorio pasó de la edad de la pasión a la edad de la pensión. Un amigo suyo se lo topó en la calle. “Supe que te jubilaste”.
“Así es” -confirmó él. “Y ¿qué haces ahora?”. Contestó: “Ya sabes: el que se retira expira. Para ocuparme puse un negocio”. “¿Ah sí? -se interesó el amigo-. ¿Qué clase de negocio?”. “Un congal” -respondió con desparpajo el jubilado. El amigo se sorprendió: don Lenorio había sido siempre un hombre serio, morigerado y circunspecto. “¿Un congal?” -repitió sin poder dar crédito a lo que sus oídos -los dos- habían escuchado. “Así es -repitió el señor-. Y es un congal muy bueno. Si quieres mujer hay mujer. Si quieres hombre hay hombre”. Observó el amigo: “Has de tener mucho personal”. Replicó don Lenorio: “Apenas estamos empezando. Ahorita somos nada más mi esposa y yo”. Caso por completo diferente es este otro. Cierto partido político perdió su registro, y con él las suculentas prerrogativas en dinero que hacían de la organización un magnífico negocio gracias al cual sus dirigentes podían darse vidas de reyes a pesar de ser ésta una república. Ya sin tales entradas el presidente del partido buscó una salida. En asamblea extraordinaria dijo a sus compañeros: “En este país hay nada más cinco negocios que garantizan éxito seguro: la droga, el huachicol, las extorsiones, los partidos políticos y las casas de mala nota. Para los tres primeros se requieren conexiones en lo alto, y el cuarto lo acabamos de perder. Nos queda solamente la última opción: poner un congal, burdel, zumbido, mancebía, prostíbulo, casa de lenocinio, manfla, ramería o lupanar”. Los dichos compañeros no solo aprobaron la propuesta por unanimidad: le prometieron al líder que ellos serían los primeros clientes de la casa.
Abreviaré el relato: a pesar de tan leal patrocinio, el congal quebró al mes de haber abierto. El dirigente del partido llamó al encargado y lo interrogó sobre la causa del fracaso: “¿Sería el local?”. “No, señor. Conseguí una elegante mansión porfiriana en una colonia de moda”. “¿Serían los precios?”. “No.
Eran sumamente razonables, y todos los días teníamos hora feliz: de 7 a 11 de la noche dos por uno”.
“¿Las bebidas acaso?”. “Tampoco. Ofrecíamos lo mejor del mercado”. Arriesgó el dirigente: “¿No serían las mujeres?”. “De ninguna manera -le aseguró el encargado-. Todas eran militantes del partido desde hace por lo menos 50 años”. En efecto, hay negocios que se manejan con las patas. Con los pies se relaciona el de la FIFA, pero ¡qué negocio es el suyo! Ha cambiado el bien del futbol por un burdo interés crematístico, o sea de dinero. Los encargados de velar por la integridad de la Copa del Mundo la han prostituido, si me es permitida esa expresión tan dura. Con las letras del nombre de Salvador Dalí, a quien se atribuía excesivo apetito de dinero, se formó un anagrama denostoso: Avida Dollars. Esa misma avidez, pero en escala estratosférica, muestra la tal FIFA. Con el precio de los boletos ha convertido la Copa en un espectáculo de élites. Ha hecho absurdos y nocivos cambios hechos al reglamento del juego, como ése de las “pausas de hidratación”, cuyo fin es vender más comerciales televisivos, y que interrumpen los partidos, con perjuicio y molestia para el público y los jugadores. Al mismo propósito venal obedece el establecimiento de tres sedes, lo mismo que la admisión en el torneo de decenas de equipos nada competitivos, pero cuya participación también deja dinero. La FIFA está dañando gravemente al juego. Y lo que son las cosas: quise no hablar hoy de política, y terminé hablando de política. FIN.