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De Política y Cosas Peores

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ARMANDO CAMORRA

Hay cuatro señales que indican que los hombres hemos llegado ya a la edad madura. La primera: se nos olvidan los nombres. La segunda: se nos olvidan las fechas.

La tercera: se nos olvida subirnos el zipper. La cuarta y más alarmante: se nos olvida bajarnos el zipper. Yo me olvido de todo, hasta de olvidar. Los años se me escapan, aunque no pueda yo escapar de ellos. Por eso no recuerdo ahora el año en que la amada eterna y yo estábamos en Taxco, la ciudad plateada.

Habíamos entrado a Santa Prisca, tesoro refulgente, y al salir observamos a un grupo numeroso de personas que iban por la calle acompañando a alguien que a su paso era aplaudido con afecto por quienes lo veían.

Con la curiosidad propia del viajero nos acercamos, y pudimos ver a un hombre joven, de elevada estatura, bien parecido y de gallardo porte, que sonreía cordialmente y saludaba con amabilidad a quienes lo aplaudían. Era el príncipe Felipe, de España.

O aplaudimos también nosotros, pues por nuestras lecturas y enseñanzas amábamos todo lo español. En eso un reportero y un camarógrafo se acercaron a mi esposa, y el que llevaba el micrófono le preguntó qué le parecía el príncipe.

"¡Es guapísimo! -respondió ella con entusiasmo-. ¡Parece un príncipe de cuento de hadas!". Días después veíamos en la tele un canal español, y apareció el reportaje de la visita del príncipe a Taxco, y en él la amada eterna, con su bellísimo rostro, su sonrisa luminosa, su voz musical y el encomio a Felipe.

Guardo ese recuerdo con cariño, y lo evoco ahora en ocasión de la visita a México de quien es hoy Su Majestad Felipe Sexto, rey de España. Soy hispanista de corazón. Sigo llamando "Madre Patria" a la España eterna. Me alegra entonces la visita del monarca, que no ha perdido su gallardía y apostura. Con alma y corazón deseo que su encuentro con la Presidenta Sheinbaum sirva para unir más a nuestros países. Espero que tanto por educación como por diplomacia no se invoque un pasado ya sobrepasado, y que la visita del monarca, acto de hidalga cortesía y buena voluntad, estreche los vínculos entre dos naciones que tienen muchos motivos para llevar relaciones de amistad y mutua colaboración.

Que así sea. Aligeraré el anterior discurso con algunos cuentecillos de humor lene. Rosibel le contó a Susiflor: "Don Algón me dijo que me regalaría un reloj de lujo si pasaba el fin de semana con él en Cancún". Respondió Susiflor: "A verlo".

La esposa se molestó porque su marido paseó una mirada resbalosa por el torneado cuerpo de la mujer que pasó junto a ellos con incitante meneo de caderas. Le preguntó acremente: "¿Qué tiene ella que no tenga yo?". Respondió el señor: "Tiene lo mismo, pero lo ha tenido por 30 años menos".

Don Cucoldo sorprendió a su esposa en ilícito trance fornicario con su cercano amigo don Pitoncio. "¿Por qué me haces esto? -le preguntó con lamentosa voz a la pecatriz-. ¡Y con mi mejor amigo!". Respondió ella: "¿Y qué querías? ¿Qué lo hiciera con el peor?".

El novio era tierno y solícito; la novia pudorosa y cándida. Al empezar la noche de las bodas él le dijo: "Mi amor: haré en seguida algo que quizá te asuste". Y así diciendo procedió delicadamente a consumar el matrimonio según lo prescriben tanto el Código Civil como la legislación canónica. Todo indica que a ella le gustó dicha consumación, pues le pidió a su desposado que le diera otro susto.

Lo mismo le volvió a solicitar al poco rato. El galán obsequió ya con dificultad ese tercer pedido, pues no es lo mismo dar que recibir. Cuando por cuarta ocasión ella le dijo: "Asústame otra vez" él le hizo con voz débil: "¡Bú!".

FIN.

Escrito en: OPINIÓN ella, visita, pues, Respondió

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