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De Política y Cosas Peores

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ARMANDO CAMORRA

“Di la verdad y luego corre”. Eso aconseja un antiguo proverbio árabe. Diré a continuación una verdad, pero no me echaré a correr; antes bien permaneceré firme en mi alcázar, intrépido, impertérrito, impávido, integérrimo e incólume. La verdad que me propongo declarar es ésta: en tiempos de la dominación del PRI no hubo censura.

Hubo, sí, autocensura, lo cual es muy distinto. Aquella perfecta dictadura se las arregló para que los medios de comunicación -prensa, radio, televisión naciente- se pusieran por sí mismos la mordaza sin necesidad de que el Estado se las colocara. La moneda bastaba para sellar los labios, sin necesidad de ejercer fuerza impositiva. Algún caso aislado, como el del “Excelsior” de don Julio Scherer, se debió al manotazo de un Presidente rabioso, y no a una práctica usual en el sistema.

Cuando a la prensa se le llamaba todavía “el cuarto poder”-no lo era- había entre sus dueños y el Primer Magistrado de la Nación un acuerdo tácito que incluso llegaba a la cordialidad, como se veía en el banquete de la Libertad de Prensa, ocasión anual en que los directivos de los grandes diarios compartían el pan y la sal -así se decía- con el Presidente de la República. Por ambas partes se pronunciaban melíficos discursos, y aquí pus y después gloria. 

Cuarto poder y poder público: el mejor de los mandos posibles. Ahora la 4T se dispone a quitarle a la autocensura el auto, y pone sobre la cabeza de los medios de comunicación -porque tienen cabeza- una espada de Dámocles, como dice el sabio Padre Errandonea que se debe pronunciar el nombre de ese cortesano. Vivimos aciagos tiempos, que ni duda. 

México cayó en manos de una banda con pujos dictatoriales que entre corrupción, impunidad, ineficiencia e ilegalidad ha ido llevando al país a la desgracia, y pretende acabar ahora, destruidas ya la democracia y la justicia, con los espacios de libertad que aún nos quedan.

A los nombres de Cuba y Nicaragua habrá que añadir el de nuestro país. Ominoso vaticinio es ése, columnista. Parece que hoy, en lugar de vestir tu acostumbrada guayabera meridana y ponerte tus zapatos de mediano precio, te echaste al hombro la clámide profética y calzaste coturnos de arúspice fatal.

Debes saber que ni Casandra ni Laocoonte son bienvenidos en ninguna parte, pues sus sombríos augurios ponen temor en quien los oye. Vuelve a lo tuyo, que es el humor ligero, y da salida a algunos cuentecillos que nos animen el ánimo, tan desanimado, y pongan una nota colorida en el grisáceo páramo de la cotidianeidad. Afrodisio Pitongo relató: “La fiesta de anoche estuvo muy aburrida, así que me vestí y me fui a mi casa”. Yupino, ejecutivo joven, les comentó con sentimiento a sus amigos: “Para casarme quisiera hallar una mujer como la que se encontró mi abuelo”.

Acotó uno: “Ya no hay de esas mujeres”. “Sí las hay -manifestó Yupino-. Mi abuelo se acaba de casar con una espléndida rubia de 20 años y sensacionales curvas”... “No me importa que no te haya gustado como te lo hizo -le dijo el encrespado genitor a su hija-. Te tienes que casar con él”. Una señora se presentó en la sección de obituarios del periódico local. Quería dar a conocer el fallecimiento de su esposo. Llevaba el texto: “Falleció Vermiciano Paraguines”.

El encargado le indicó: “Deben ser por lo menos 10 palabras”. Escribió la viuda: “Falleció Vermiciano Paraguines. Vendo camioneta 2020. Informes al teléfono 8000026”. Dos sujetos reñían a puñetazos en la calle. Dijo un niño: “Se está peleando mi papá”. Le preguntó alguien: “¿Cuál de los dos es tu papá?”. Respondió el chiquillo: “No se sabe. Por eso se están peleando”.

FIN.

Escrito en: OPINIÓN verdad, casar, “Falleció, Vermiciano

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