La linda damisela se presentó a sí misma: "Soy Caperucita Roja de Feroz". "¡Cómo! -se asombró alguien-. ¿Qué no te comió el lobo?". "No -respondió ella-. Fue un error de imprenta". Naufragó el barco, y después de flotar por días asidos a un madero dos marinos llegaron a una isla que parecía desierta. Sin embargo, tras explorar la playa, vieron un par de enormes entramados de tela, atados uno al otro, que parecían grandes tiendas de campaña. Después de examinarlos por todos lados uno de ellos le dijo al otro: "Me temo, compañero, que hemos llegado a la mítica Isla de las Gigantas. Aquí hay una etiqueta que dice: 'Brassiére. Talla pequeña'". Conocemos a Usurino Matatías, el hombre más avaro, cicatero y ruin de la comarca. Una sobrina suya se iba a casar. Otro tío de la futura desposada le comentó a Usurino: "Voy a regalarles a los novios una frutera de plata". "Qué bueno que me lo dices -manifestó el cutre-. Así yo podré regalarles algo que haga juego con la frutera". Preguntó el otro: "¿Una ensaladera?". "No -aclaró Matatías-. Medio kilo de plátanos". (Ni siquiera el kilo entero. Qué cabrón). El jefe del laboratorio les informó a sus ayudantes. "No podremos llevar a cabo hoy el experimento de fecundación artificial. Esta noche a la probeta le duele la cabeza". En el restaurante "Baco y Ceres" un comensal se puso en pie súbitamente y gritó a todo pulmón ante la sorprendida concurrencia: "¡Todos los meseros de este restorán son unos jijosdelá!". Y precisó de qué eran jijos, Los camareros se quedaron boquiabiertos, turulatos, aturrullados y patidifusos al escuchar esa diatriba. Luego fijaron una ominosa mirada en el sujeto. Dijo entonces calmosamente el parroquiano: "Ahora que he logrado por fin conseguir su atención, señores meseros, ¿podría alguno de ustedes hacerme el favor de atenderme? Ya tengo media hora aquí y ninguno ha venido a mi mesa". La linda y sabidora Pirulina llevó en su automóvil a su novio Simpliciano al umbrío y solitario paraje llamado el Ensalivadero, al cual acuden por las noches -sobre todo las de luna llena- las parejitas en trance pasional. Debo decir que el mancebo arriba mencionado era inocente y cándido. No sabía nada de la vida aparte de lo aprendido en la lectura de una que otra edificante novela del Podre Coloma o Hugo Wast, Llegados al soledoso sitio Pirulina le hizo a su galán una propuesta interesante: "¿Qué te parece si nos pasamos al asiento de atrás?". "¿Para qué? -respondió el pazguato joven-. Aquí estoy muy a gusto". "Ahí te lo explicaré" -le indicó la efervescente chica. Fueron, pues, al asiento trasero. Le dijo entonces Pirulina con sugestivo acento al imperito chico al tiempo que le ponía una mano en la rodilla; "Simpli: los pajaritos lo hacen; las abejitas lo hacen; las mariposas y las libélulas lo hacen. ¿Por qué no lo hacemos nosotros?". "Ay, Piru -respondió divertido Simpliciano-. ¿Cómo crees que vamos a poder volar?". (Proverbio campesino: "Al que nace para buey, del cielo le caen las cachas". Las cachas son los cuernos. Y otro: "El que nace pa' maceta no sale del corredor". Y uno final: "Pide a Dios por los pendejos, para que nunca se acaben"). Noche de bodas. Salió ella del baño cubierta sólo por vaporoso negligé de encaje negro que dejaba a la vista todos sus encantos, sin velar ninguno, perfumada y húmeda de amor. Se encontró con una extraña novedad: su maridito estaba viendo en la tele un partido de futbol. Antes de que ella pudiera articular palabra le dijo él: "Me hiciste esperar tres años para esto; bien puedes tú esperar a que termine el juego". (¡Ah! ¡Hablando de pendejos!).
FIN.