
De Política y Cosas Peores
Perseguido por su perseguidor, que iba a golpearlo, un sujeto creyó encontrar refugio en la iglesia del lugar. De nada le sirvió: su adversario entró también y empezó a tundirlo ante el sobresalto de la feligresía. Comentó una viejecita: “Este rosario ya valió madre”. Igual puede decirse de la unidad y el orden dentro de la ridículamente llamada Cuarta Transformación, cuyo líder, megalómano y ególatra, pretendió compararse con Hidalgo, Juárez y Madero. Transformadores hubo de la vida nacional en la época postrevolucionaria, y no reclamaron para sí tal título. Plutarco Elías Calles hizo a México un país de instituciones. Lázaro Cárdenas acabó con el maximato instaurado por “el Turco” -así le decían a Calles sus opositores-; expropió el petróleo, sin saber que estaba dando origen a un nido de corrupción e ineficiencia, y creó el ejido, sin saber que estaba dando origen a un nido de ineficiencia y corrupción. Muy a mi pesar debo hacer mención de otro transformador, quien ciertamente no es santo de mi devoción: Carlos Salinas de Gortari. Liberó a los ejidatarios de sus ataduras con la gleba; acabó con el anacrónico jacobinismo que tenía interrumpidas las relaciones de México con el Vaticano, y abrió las puertas del país al comercio internacional, lo cual trajo consigo muchos y variados beneficios que duran hasta nuestros días. Comparada con esas transformaciones, la llamada Cuarta es de tercera. Para colmo, la disciplina en el interior de ese movimiento se ha resquebrajado hasta el punto de no notarse ya, y la figura presidencial parece desvaírse en medio de una anarquía en la que cada quien hace lo que le da la gana, como lo prueba el regreso del tal Enrique Insunza a su escaño senatorial. Cada día la madeja se le enreda más a la señora Presidenta, sobre quien pesa además la sombra de su antecesor y de sus protegidos, validos y sostenidos. No debemos ser catastrofistas, pero si las cosas siguen como van, y se ponen peor, habrá que decir con acento contristado lo mismo que la viejecita: este rosario ya valió madre. “Anoche mi novio se propasó en los besos y caricias”. Eso le contó Dulcibella a su amiga Susiflor. Ella le preguntó, indignada: “¿Y lo pusiste en su lugar?”. “No -respondió Dulcibella-. Lo puse en el mío”. Buscando en un viejo baúl -la obligación de todos los baúles es ser viejos- don Faustilio encontró una lámpara de forma extraña. La frotó para limpiarla,y apareció ante él un genio del Oriente que le dijo: “Te doy a escoger entre mucho dinero y mucha sabiduría. ¿Qué prefieres?”. Don Faustilio era hombre de intelecto, así que pidió la sabiduría. Tiempo después alguien le preguntó: “Ahora que eres sabio, ¿cuál es tu mayor saber?”. Contestó, mohíno, don Faustilio: “Que debí haber escogido la lana”. Glafira, la hija de don Poseidón, fue a estudiar en la capital. Su mamá recibió un mensaje de la chica, y se lo comunicó a su esposo, don Poseidón. Le dijo: “Matricularon a Glafira”. “¡Ah! -exclamó el rudo granjero, consternado-. ¡Ya sabía yo que algo malo le iba a suceder en la ciudad!”. Se casó una empleada de la guardería para bebés. La noche de las bodas, al terminar el primer acto de amor, empezó a darle golpecitos en la espalda a su flamante esposo. Le explicó: “Para que repitas”. La maestra de Educación Sexual les indicó a sus alumnas: “Las que pongan atención a la clase saldrán aprobadas. Las que no, saldrán embarazadas”. Los enamorados iban por una playa solitaria cuando fueron poseídos por el deseo. Ahí mismo, sobre la arena, se entregaron al rito natural. Enmedio del deliquio exclamó ella: “¡Que hermoso cielo!”. Dijo él: “No estoy en posición de opinar”. FIN.