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De política y cosas peores

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ARMANDO CAMORRA

Al empezar la noche de las bodas el novio le preguntó, severo, a su pizpireta desposada: “Dime, Loretela: ¿guardas aún la gala de tu virginidad?”. “No -respondió ella con sinceridad digna de elogio-. Pero conservo el estuchito en que venía”. (Según Anatole France la virginidad es como el dinero: si no se gasta no sirve para nada). Dos vedettes de afilada lengua cambiaban entre sí dardos envenenados. Una le dijo a la otra: “Cuando te conocí tenías solamente un par de zapatos”. “Sí -ripostó la otra- .Y tú me preguntabas para qué eran”. La hija de doña Jodoncia salió a su mamá. Se casó, y semanas después le comentó a si madre: “La vida de casada es muy aburrida. Leovigildo no toma, no fuma, no sale con amigos, no ronca, siempre recoge su ropa y todo lo que cocino le gusta.

Me cuesta mucho trabajo hallar pretextos para pelear con él”. (Ten cuidado, muchacha. Recuerda el antiguo refrán charro: “Ni yegua grulla ni mujer que arguya”.

El pelaje grullo es de un tono ceniciento). Días fastos, llamaban los romanos a los venturosos, por oposición a los nefastos. A mí el Misterio me ha regalado muchos días felices, aunque también ha tenido para mí horas aciagas. ¿Quién soy yo para librarme de ellas? Este sábado que pasó no ha acabado todavía de pasar para mí.

Fue una fecha de esas que en Roma se marcaban con una tiza blanca para indicar la felicidad que habían dado. Déjenme les cuento, como se dice ahora en vez de “déjenme contarles”. El día amaneció saltillero, esto es decir hermoso. El cielo tenía el claro azul del manto de la Virgen, y sobre la madre sierra brillaba un sol que parecía el primer sol que hubo en el mundo. Caminé por el Paseo Capital, obra del ingeniero José María Fraustro Siller, quien fue excelente alcalde de Saltillo. Hizo trazar ese paseo en bien de los saltillenses, quienes lo han convertido en uno de sus lugares favoritos para el descanso y el entretenimiento. Ahí, al lado del alto campanario de la Catedral, está el señorial Casino de Saltillo, donde se guardan tradiciones y memorias.

En él se reunieron los abogados y abogadas que cumplieron 50 años de haber egresado de la ilustre Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila. Tuve el señalado honor de ser su maestro, y junto con otros recibí las expresivas muestras de afecto de quienes fueron nuestros estudiantes. El licenciado Francisco Luis Yáñez Armijo, que fue digno director del plantel, se dirigió con elocuencia a los presentes y los exhortó a seguir preservando el imperio de la ley, aun en tiempos aciagos. Mis cuatro lectores habrán de perdonar este apuntamiento personal, pero no hallé mejor manera de agradecer el regalo de vida que mis alumnos de ayer me hicieron hoy.

Doy las gracias también a la abogada Rosa de Guadalupe Gutiérrez Cabello, pues por su amable invitación pude gozar esta ocasión gozosa. A todos, muchas gracias. Más de la mitad de mi vida la pasé en las aulas.

Quizá no fui tan mal maestro si tuve alumnos tan buenos como éstos. “Mi esposa se muestra indiferente y fría en el momento del amor”. Eso le confió el joven esposo al terapeuta sexual. “Sorpréndala -le sugirió el facultativo-, Cuando llegue usted a su casa láncese sobre ella intempestivamente y hágale el amor”. Una semana después el terapeuta le preguntó al muchacho si había seguido su consejo. “Sí -dijo el muchacho. Llegué, y ahí mismo donde estaba le hice el amor sorpresivamente”. Inquirió el consejero: “¿Y dio resultado mi recomendación?”. “Bueno -vaciló el marido-. Ella siguió indiferente y fría. Pero las amigas con las que estaba merendando mostraron bastante interés”. FIN.

Escrito en: OPINIÓN EDITORIALES vida, alumnos, terapeuta, amor”.

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