
Diálogo de sordos
El debate sobre la libertad de expresión no es nuevo. Resurge de vez en vez, luego se apaga y las cosas siguen su curso. En cuanto a libertades y restricciones, los últimos dos siglos en México van del control y la mano dura, a una lenta y gradual apertura democrática a finales del siglo XX. En el porfiriato los periódicos fueron las principales vías de información. Unos más que otros se acomodaron al régimen. Pero los que no lo hicieron fueron perseguidos y pagaron las consecuencias. Filomeno Mata, director del diario El Diario del Hogar, criticó reiteradamente las políticas de Díaz y por lo mismo fue encarcelado muchas veces. Digamos, ya era cliente de la cárcel por cuenta del estado. Ricardo Flores Magón fue perseguido por ser un crítico implacable. Publicó El Hijo del Ahuizote y Regeneración. En respuesta destruyeron su imprenta y la clausuraron, pero no se rindió. Aquí fue reprimido y se exilió a los Estados Unidos donde el régimen pactó con el gobierno estadounidense para espiarlo y luego encarcelarlo. Murió en una cárcel de Kansas en circunstancias que suponen su asesinato. Con el triunfo del Francisco I. Madero en 1911 llegó la democracia y también una inusual apertura hacia la prensa. Al poco tiempo la prensa utilizó esa libertad para acribillar al presidente. Pasaron de la crítica a la propaganda para incitar su caída. El presidente terminó asesinado en 1913 y se acabó aquella democracia. Como muestra de la época vean el libro de Rafael Barajas donde documentó el linchamiento gráfico de Madero. Aquellos cartones no fueron crítica, sino odio al presidente. Después de una cruenta lucha vino el régimen posrevolucionario que organizó y creó nuevas instituciones, al mismo tiempo que instauró reglas no escritas. Tanto así que fue común en las redacciones tres temas intocables: la virgen de Guadalupe, el señor presidente y el ejército. El orden se rompió de la peor manera con la masacre del dos de octubre. Sobre el sangriento suceso el presidente Díaz Ordaz declaró que “salvó al país”. En vez de apertura y diálogo, lo que siguió fue un endurecimiento del estado contra los críticos, disidentes y cualquier oposición. Aquellos que hablan de “dictadura” ¿se acordarán de Luis Echeverría? En esa época se fortalecieron instituciones con el propósito de reprimir, espiar y perseguir. De Gutiérrez Barrios a Nazar Haro cuántos silenciaron por la fuerza; cuántos desaparecieron en un avión rumbo al mar. La otra parte mejor se integró al régimen. En su momento, el clásico de la política mexicana José López Portillo lo resumió en una frase hasta la fecha célebre: “No pago para que me peguen”.
Con frecuencia se invoca la libertad de expresión en un sentido amplio y casi absoluto. No obstante ¿Se debe expresar todo cuando la misma expresión se invalida por su contenido? ¿Hasta qué punto es válida la libertad de expresión si los mensajes son abiertamente falsos?
Veamos el mundo que se construye en las redes sociales donde abunda el odio y la información falsa.
Padre fundador e independentista, John Adams se transformó al llegar al poder como el segundo presidente de los Estados Unidos. No soportó las fuertes críticas de sus opositores. Para censurar la disidencia promulgó la Ley de sedición, en pocas palabras ley mordaza. Desde el poder castigó declaraciones falsas contra el gobierno, abrió juicios a periodistas y políticos de la oposición. ¿Algún parecido con la actualidad?
La democracia se alimenta de opiniones diversas, críticas y diferencias. A veces los gobernantes escuchan y las cosas avanzan. Otras se vuelve un diálogo de sordos. Pueden gustar o no las opiniones de los críticos en los medios, y lo mismo con los opositores políticos, pero encasillarlos en listas resulta absurdo y contradictorio en democracia.
Conviene recordar a Winston Churchill: “Todo el mundo está a favor de la libertad de expresión. Casi no pasa un día sin que se la ensalce, pero algunos creen que son libres de decir lo que quieran, y si alguien les responde, eso es un ultraje.”.
Nos vemos @uncuadros