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Disputa de mando

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JESÚS SILVA-HERZOG

Ya no es joven el gobierno de Sheinbaum. Está cerrándose el primer tercio. Han pasado ya los meses que suelen ser los definitivos en el curso de un sexenio. El calendario presidencial, en apariencia holgado, obliga a dar resultados antes de la elección intermedia que anuncia el declive del poder. A los morenistas les resulta antipático el paralelo, pero vale recordar que, en menos de dos años, Lázaro Cárdenas construyó una base política sólida que le permitió sacudirse la tutela de Calles. Dirán que este gobierno da continuidad a un proyecto que lo trasciende y que no tiene por qué romper con quien marcó la ruta. Difícilmente podrán negar el enorme costo que tienen las herencias políticas, económicas y criminales del gobierno anterior.

El mayor desafío político de Sheinbaum está dentro de su partido. Llama la atención que sea ahí y no en las filas de la oposición donde se cuestiona activamente su legitimidad. Afuera tiene críticos que atacan sus políticas o rechazan sus argumentos. Pero todos la reconocen como la presidenta de la república. Adentro enfrenta intereses que desconocen o, por lo menos, rebajan su autoridad. No hablo del surgimiento de una oposición interna dentro de Morena. Eso sería perfectamente normal e incluso democráticamente estimulante. Qué buena noticia sería que aparecieran, dentro del partido hegemónico, corrientes que abiertamente tomaran distancia de las políticas del gobierno. Lo que vemos es algo muy distinto: grupos dentro del bloque gobernante que cuestionan el mando presidencial. Más que rechazar las iniciativas de Sheinbaum, ponen en duda su título para conducir al “movimiento.” Saben, por supuesto, que es la presidenta, pero cuestionan la legitimidad de su liderazgo como guía de un frente político. Que cuadros destacados de Morena tomen decisiones de enorme relevancia pública sin consultarlas con la presidenta de la república o alguno de sus representantes es exactamente eso: desprecio de su arbitraje.

Lo que hemos visto en estos primeros dos años del gobierno de Sheinbaum es la enorme dificultad de institucionalizar un régimen de caudillo único. Por definición, el caudillismo instaura mecanismos de lealtad personal que, como advirtió el gran sociólogo Max Weber, son casi imposibles de “rutinizar”. El personaje excepcional que ejerce el mando sin someterse a las reglas puede concentrar el poder y hacerse de todos los instrumentos del Estado. Puede ser también el vértice de todas las lealtades políticas relevantes. Pero ese arreglo es inevitablemente inestable. El acomodo caudillista no puede embonar en reglas ni en hábitos. Cuando el caudillo desaparece o suelta las riendas del poder formal, produce un desarreglo enorme.

El autoritarismo al que Claudia Sheinbaum dio forma constitucional con sus primeras reformas está cruzado por una contrariedad: un poder que se siente, pero no se deja ver. Un poder que, desde la máxima opacidad, se asume como vigía del gobierno y otro que, ejerciendo un poder constitucional, acepta el tutelaje. El mismo caudillo, cuando ha salido de la sombra, ha contribuido a sembrar la sospecha sobre la autoridad presidencial. Si ella lo necesita, saldré a su rescate. Sacrificaré el silencio al que me he comprometido para salvarla y así salvar a la patria. El hombre indispensable se proclama a sí mismo, mientras la presidenta agradece la generosidad del protector. Pero esas anécdotas de megalomanía y pleitesía no son lo importante. Lo que cuenta es la fragilidad estructural de un régimen partido entre su devoción por el caudillo fundador y la aparición de una autoridad estrictamente institucional.

La fe en el fundador provoca inevitablemente el recelo de quien ocupa su lugar. Sheinbaum ejerce un poder que es visto, dentro de su propio movimiento, como un poder derivado. Un poder que, más que fundarse en la suma de los votos, deriva de la lealtad a un caudillo que se ha dedicado a alimentar su misterio. No es necesario especular sobre las líneas de comunicación que existen entre Palenque y los cuadros de Morena. No importa si llama o no a la presidenta, si aconseja a gobernadores perseguidos o si revisa las cartas de sus hijos. Lo que resulta evidente es que en Morena existe una doble fuente de obediencia. Sheinbaum no es víctima de esta fractura. Con sus decisiones, con ese discurso que no se separa del vocabulario de su antecesor, con sus purgas tímidas, alimenta la sombra.

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