
'Todos caminamos sobre veneno': el daño ambiental invisible de los narcolaboratorios en Durango
En una columna publicada este 27 de enero, en Milenio el periodista Óscar Balderas relata cómo, durante una cobertura realizada en Durango en 2016, fue testigo no solo de la violencia ligada a las fosas clandestinas, sino de un daño menos visible y más duradero: la contaminación ambiental provocada por los laboratorios clandestinos de drogas sintéticas.
El comunicador narra que llegó a la capital duranguense con el objetivo de investigar cómo el Cártel de Sinaloa utilizó fraccionamientos abandonados del norte de la ciudad como sitios para enterrar víctimas. Sin embargo, durante los recorridos con policías estatales, se encontró con otra consecuencia del crimen organizado: viviendas convertidas en cocinas de metanfetaminas y zonas enteras expuestas a residuos tóxicos.
Balderas recuerda que uno de los agentes que lo acompañaba le pidió cubrirse nariz y boca con un trapo húmedo. Al principio pensó que se trataba del olor de los cuerpos, pero el policía le aclaró que el riesgo real eran los gases liberados por los químicos utilizados en los laboratorios clandestinos, los cuales seguían presentes en el ambiente.
Según le explicaron, las casas invadidas por un jefe criminal identificado como “El M14”, Bernabé Monje Silva, no solo fueron usadas como fosas, sino también como centros de producción de drogas sintéticas. Los desechos químicos, conocidos entre los operadores como “el caldo”, eran vertidos al drenaje o directamente en la tierra cuando el sistema colapsaba.
El periodista afirma que, de acuerdo con los testimonios recogidos, la lluvia reactivaba esos residuos. Tras los aguaceros, el aire se impregnaba de olores a amoniaco, cloro y gas quemado, y los habitantes de la zona comenzaban a presentar síntomas como ardor en los ojos, tos persistente, dolores de cabeza e incluso hemorragias nasales en menores de edad.
Balderas señala que, en aquel momento, no existían estudios que permitieran confirmar el impacto ambiental de estos desechos. Sin datos ni diagnósticos oficiales, el tema quedó relegado mientras la atención pública se centraba en la violencia directa.
En su texto, el periodista retoma una investigación encabezada por Amílcar Salazar que, con análisis de muestras de suelo tomadas en Sinaloa y Durango, confirma lo que antes solo era una sospecha: los residuos de los narcolaboratorios son altamente tóxicos, persisten por años y no existe en México un sistema de remediación ambiental para atenderlos.
La investigación, titulada “Desastre ambiental, el otro daño de los narcolaboratorios”, expone que, a casi dos décadas del inicio de la llamada guerra contra el narcotráfico, el país carece de datos oficiales para medir el impacto ecológico de estas actividades ilícitas.
Balderas cita al exfiscal de Guerrero, Iñaki Blanco, quien afirma que la ausencia de diagnósticos gubernamentales refleja la falta de interés institucional. Sin mediciones, advierte, no hay políticas públicas ni estrategias de mitigación, lo que convierte a la contaminación ambiental en una forma de crimen con altos niveles de impunidad.
Finalmente, el periodista reflexiona que, mientras en 2016 bastó un trapo húmedo para protegerse de forma momentánea, hoy la pregunta sigue abierta: ¿cómo se protege un ecosistema entero de una contaminación silenciosa y prolongada? La respuesta, concluye, sigue sin llegar, mientras comunidades completas continúan viviendo sobre suelos envenenados sin saberlo.