
Efímero
La palabra Efímero es demasiado larga para lo que designa.
Parece contradecir su propio sentido, pues no es breve ni ligera en su forma: cuatro sílabas, un ritmo que se sostiene, una sonoridad que se prolonga. Lo que nombra lo fugaz se pronuncia con cierta duración; esto constituye una ironía del lenguaje. Cuando pronunciamos sus cuatro sílabas, nuestra voz se demora, como si se resistiera a la brevedad que designa.
Para los griegos, Ephemerós era lo que duraba solo un día, y lo aplicaban a lo pasajero, como a las flores, cuya belleza se sostiene durante una escasa jornada. Lo efímero es de corta duración, pero la suficiente para que lo contemplemos y reflexionemos sobre él.
Todas las cosas son efímeras según el tiempo en que estén inmersas, como las pirámides de Egipto, que han durado cuatro mil quinientos años, pero en el contexto del universo son solamente un respiro, pues el sol tiene una duración de diez mil millones de años. Lo efímero, entonces, se refiere a la percepción más que al tiempo objetivo de duración. Un político decía que los días son muy largos, pero los sexenios muy cortos. Aquí lo efímero consiste en cómo percibimos el tiempo de lo que nos interesa, no en el lapso que dura.
La flor es efímera, la mariposa es efímera, la vida es efímera, una canción es efímera… Pero las cosas efímeras no se nos escapan. Aunque son de corta duración, podemos examinarlas y pensar en ellas; duran solo un tiempo muy breve, pero algunas nos encantan y las podemos disfrutar.
En lo efímero, es más importante la calidad de la permanencia que el tiempo objetivo.
En el inicio del libro del Eclesiastés, se nos advierte contra la dependencia de lo efímero, que es semejante al humo, pues se disipa con rapidez; lo vemos solo unos instantes y se desvanece. San Jerónimo tradujo la palabra hebrea Hevel (humo), por la latina Vanitas (vanidad); trasladó el sentido de lo concreto—pero sutil— a lo abstracto, y desde entonces nos acostumbramos a percibir lo efímero como lo que ocasiona la jactancia. San Jerónimo acertó en su traducción, pues lo que nos causa vanidad es efímero en símismo; cuando pensamos que lo superficial es valioso, vemos que de inmediato se extingue por su natural fugacidad; es efímero.
En la Edad Media, lo efímero se enlazaba con lo fatuo: las flores muertas, los relojes de arena y las calaveras son símbolos de lo efímero, semejantes a los rostros bellos, que los gusanos roerán en un corto tiempo. Esta visión contrasta lo efímero del mundo con la eternidad de lo trascendente.
Eugene Ionesco, dramaturgo franco-rumano, dice que “solo lo efímero tiene valor perdurable”. Esta bella paradoja nos hace ver que lo verdaderamente importante brilla por un tiempo corto, pero permanece en nuestro interior porque es significativo para nosotros. Por su parte, Marco Aurelio, el emperador estoico, dice que “todo es efímero, tanto lo que recuerda como lo que es recordado”, para significar la fugacidad de todo el universo, así como la de quien lo recuerda. La memoria es tan efímera como lo memorizado.
Un concepto afín a Efímero es Fugaz, aunque tiene matices algo distintos. Lo efímero es lo suficientemente durable como para que lo contemplemos y hagamos alguna reflexión sobre él; en cambio, lo fugaz se nos escapa antes de que podamos siquiera considerarlo. Un meteorito es momentáneo, lo vemos solo una fracción de segundo, y antes de que empecemos a pensar en él, ya se escapó de nuestra visión; no en balde lo llamamos estrella fugaz. También es fugaz un pensamiento que de pronto se dispersa y luego no recordamos. Lo mismo sucede con los fuegos artificiales y otros fenómenos, cuya fugacidad nos impide contemplarlos. Por eso asociamos lo efímero con la fragilidad de la vida, mientras que lo fugaz con la intensidad del instante.
En El Aleph, Jorge Luis Borges nos propone que todo el tiempo, incluso la eternidad, están contenidos en un momento efímero. Para Borges lo efímero se convierte en lo infinito. Es una paradoja efímera, una pequeña fracción de segundo contiene toda la eternidad; lo efímero se vuelve absoluto.
Para El Eclesiastés, Marco Aurelio, Ionesco y Borges, lo efímero es significativo, pero cada uno lo percibe de distinta manera.