
El amarillo
Los colores son una experiencia sensorial, vibraciones de luz que, al reflejarse en los objetos, despiertan en nosotros una percepción única. No vemos las cosas como son, sino como nuestra mirada las traduce. Entre todos los matices, el amarillo se alza como un signo de luminosidad y presencia, un espectro que se multiplica en infinitos tonos y nos acompaña en la vida cotidiana.
Para nombrar sus variaciones recurrimos a la naturaleza: "amarillo limón", decimos, evocando el cítrico europeo o americano, aunque en México el limón sea verde intenso. El lenguaje, como la luz, colorea la experiencia.
El amarillo no es solo color, es palabra cargada de cultura. En el periodismo, se volvió sinónimo de escándalo y exageración. Hearst y Pulitzer, rivales neoyorquinos, dieron origen al Niño Amarillo, personaje de cómic cuya túnica se convirtió en emblema de titulares estridentes. De ahí nació el periodismo amarillista, que en México tuvo su ejemplo más célebre en el semanario Alarma!, capaz de vender casi un millón de ejemplares por edición.
Para Vincent Van Gogh, el amarillo era más que pigmento, era emoción. Sus girasoles, su casa amarilla y sus campos segados vibran bajo un sol que parece irradiarlos en cada pincelada. El pintor buscó en el sur de Francia la claridad del astro, y escribió: "Luz del sol, una luz que, a falta de una palabra mejor, solo puedo llamar amarilla: amarillo azufre pálido, amarillo limón pálido, dorado. ¡Qué hermoso es el amarillo!". En su obra, la luz se volvió amarilla, y el amarillo, su manera de expresar la vida.
Los pintores de los Países Bajos en el siglo XVII nos legaron obras donde los objetos de bronce y de oro se ven muy reales. Ellos usaron tintas ocres amarillentas, tierras de Siena y amarillo brillante para producir efectos tales, que quien ve los cuadros tiene la tentación de tomar las copas y otros objetos con las manos, como si fueran de verdad. Aquí el color amarillo reluce esplendorosamente y se convierte en oro.
También la literatura se tiñó de amarillo. En la Francia decimonónica, la "novela amarilla" era el libro barato, encuadernado en rústica, accesible para los obreros. Zola y otros autores encontraron en esas páginas un vehículo para el realismo extremo, a veces incómodo.
Juan Ramón Jiménez fue un maestro en capturar los matices cromáticos del paisaje. En su obra, el amarillo es el protagonista de la transición otoñal, pues "El jardín está amarillo, / el jardín está dorado; / tiene un sol de oro el membrillo / y un sol de oro el prado."
Este poeta identifica el amarillo con el dorado, y nos sugiere que este color es el de la luz del sol, del día y de la alegría. La brillantez del amarillo nos evoca la luz más radiante.
Jorge Luis Borges, el poeta, da un lugar muy relevante al amarillo por motivos muy válidos según su experiencia, pues fue el último color que sus ojos pudieron retener debido a la ceguera progresiva. En su poema El oro de los tigres, nos menciona que, al cabo de los años, lo rodea una terca neblina luminosa que reduce las cosas a una sola, sin forma ni color, y lo que con dificultad alcanza a ver es solamente la vasta y vaga noche y el día lleno de gente, que los ve amarillos. Para Borges, la ceguera no fue una oscuridad absoluta, sino una niebla que finalmente se decantó en un tono amarillento. Por eso, en este poema escribe: "Solo nos queda a los dos el color amarillo".
Umberto Eco nos recuerda que los romanos percibían los colores de otro modo. Para ellos, flavus era el oro y el cabello rubio, también ciertos rojos claros; mientras que al amarillo de la yema de huevo lo llamaban luteus, término que además aplicaban a las amapolas, que hoy vemos rojas. No era confusión, sino otra forma de mirar. La intensidad y la calidez importaban más que la categoría cromática. Como dice Eco, la cultura es un filtro; no vemos con los ojos, sino con el lenguaje.
El amarillo, entonces, es luz y palabra, girasol y yema, escándalo y ternura. Es el color que nos recuerda que la mirada nunca es neutra, siempre está teñida de historia, de metáforas… de lenguaje.