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LETRAS DURANGUEÑAS

El árbol de la vida

El árbol de la vida

El árbol de la vida

FCO. JAVIER GUERRERO GÓMEZ

Veo hacia mí mismo, en la interminable confesión del alma, por la razón de mantenerme vivo cuando el silencio de la noche pasa...

Todo el misterio de la vida admiro, cuando crece mi pasión mundana, los pensamientos que en desorden cruzan de un lado a otro, con dolida pausa...

Y entonces, como Dante ante el abismo, busco en mi pecho, el corazón que inflama algún principio que mi sombra guíe, por el camino de mi duda abstracta, y en abrazo sin límites abarco la humanidad que a mí también me abraza.

Vive su mundo para él florido, aquel gusano que el verdor taladra, y el ojo atisbador del buitre añoso, acaso eclipsa el resplandor del alba. Se torna la mácula perfecta y se dibuja, en tersura sobre el ala de la mariposa, que en su vuelo describe el triunfo que Natura canta...

En perenne y fructífera tarea, la abeja reina, su colmena labra, para formar las mieles sempiternas, con que se endulza el acíbar de los patrias. Y todos juntos comulgan armonía con la ley de la vida rutinaria. Cae la garra filosa y penetrante de la fiera, en acechante caza, sobre la piel elástica del siervo, resignado al sacrificio por la fauna. Y mientras devora y rasga el carnicero, las hienas con dolor en las entrañas, esperan resignadas, traicioneras, que satisfecho el león en lontananza se retire a retozar el gran banquete, olvidando el placer de la matanza. Para cubrir también su oscuro ciclo de terminar con la escoria de la caza.

Hay humanos que se tornan hienas, por las sobras del mundo que no alcanzan. Mas el árbol de la vida crece, allí donde sembramos esperanzas.

Arriba de los azules contra vientos, las nubes de vapor surcan la Patria, se van llenando de distintas brisas para apagar la sed de nuestra raza. Esa sed de la tierra y las cosechas, del planeta que traslada y rota, por los siglos y siglos que la aplastan.

Y yo que sin escudo ni arma alguna, caminaba por la senda designada, me sentía Quijote desolado, en el desierto del saber y la constancia, la endeble huella de los hombres poco a poco esculpida, perduraba en los años pasados y en los nuevos cuando el tiempo de medir se acabe.

Los relámpagos chispas de los cielos con fuertes vendavales se anunciaban, los abismos de cimas invioladas y el huracán que los mares encrespaba, se rendían ante la unión del hombre con su solo lenguaje: Solidaria, que ofrecía ante las aras de la vida, la maravillosa flor humana de un recién nacido, fruto nuevo, que de la estirpe, lleva la llamada.

Podrá explotar el átomo en fragmentos y la materia será transformada, podrá la máquina infinita en dígitos tratar de dividir las fuerzas concentradas. Más de lo inmenso del cerebro humano, la voz del pensamiento nunca para y la misión eterna de los hombres, en congojar la paz con la palabra, que después de artificiales noches, se acercan los futuros que reclaman: Que resurja el rosal en invierno, del hombre que en amor, hará el mañana.

Escrito en: Letras durangueñas vida, hombre, siglos, mundo

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