
El arte suave de cuidar de ti
Dicen que las mujeres tenemos “demasiados productos”… Pero eso lo dicen personas que usan un jabón 3 en 1 para cara, cuerpo y cabello…. Y si alguien pregunta para qué sirve cada frasco, la respuesta es sencilla, cada uno tiene una misión.

En nuestro baño viven: el shampoo hidratante (para cuando está seco) el shampoo purificante (para cuando está grasoso) el shampoo matizador (para cuando se pone amarillo). Acondicionador, mascarilla, mascarilla más intensa, crema para peinar, aceite, sérum, protector térmico, spray anti-frizz. Y todo esto para terminar diciendo: “No sé qué le pasa hoy a mi pelo”, y sentirnos devastadas, por el frizz, que quedó fatal.
Para la cara tenemos todo un laboratorio de esperanza: mascarillas se todo tipo, limpiador, tónico, esencia, sérum de día, sérum de noche, contorno de ojos, crema hidratante, protector solar.
Y el especial por temporadas: vitamina C, retinol, ácido hialurónico. No usamos tantos productos por vanidad, nos untamos todo esto con la ilusión de vernos más jóvenes, descansadas y radiantes, como si hubiéramos dormido ocho horas, tomado dos litros de agua y no tuviéramos pendientes, hijos, trabajo ni insomnio a las 3 a.m.
El cuerpo también siente abandono si no lo atiendes, así que en mi repisa hay crema corporal, crema para manos, crema para pies, exfoliante, aceites, todo con olores a vainilla para sentirme abrazada, lavanda para la calma interior, o menta para sentirme fresca. Cuando una mujer se pone crema lentamente, no solo hidrata la piel, baja el volumen al mundo y vuelve a habitar su cuerpo.
El maquillaje que nos ponemos las mujeres es nuestro gran aliado, el rímel abre la mirada. El polvo pone orden en nuestra piel, y el lipstick rojo para sentirnos poderosas. El maquillaje no tapa quién eres pero, te acompaña mientras sales al mundo.
Y por último antes de salir mi favorito: El perfume…. Destapas el frasco como quien abre un pequeño secreto, te pones una gota en las muñecas, otra en el cuello, detrás de las orejas, donde el pulso guarda memoria. El perfume no es el final del arreglo, es el cierre energético, la forma en que sellas el día… o la noche. Sales oliendo a ti…
No usamos tantos productos por vanidad, no exageramos con productos, nos ayudan a sobrevivir con dignidad y buen aroma… Es la forma en que muchas mujeres nos decimos “aquí estoy, no me abandono”.
Los usamos porque cuidarnos es una forma de hablarnos bonito, es el único momento del día o de la noche, donde nadie nos pide nada, tocar nuestro cuerpo nos regula, es terapia con aroma a coco, rosa o naranja.
Estos rituales parecen pequeños, pero en realidad son amor grande. Estos rituales son memoria femenina que camina con nosotras. Aprendimos a cuidarnos mirando a otras mujeres: una mamá que se ponía crema antes de dormir, una abuela que siempre olía “a limpio y a calma”, una tía que se arreglaba y siempre se veía espectacular, una amiga que te enseñó que cuidarte también es quererte.
Cada una tenía sus cosas: su frasco especial, su aroma, su pequeño gesto sagrado, y sin darnos cuenta, ahí aprendimos que el cuerpo se honra, no solo se usa.
La autoestima también se construye con gestos pequeños. Cuando una mujer se cuida, aunque sea entre pendientes, prisas y cansancio, nos enseña que cuidarte no es lujo, es mantenimiento básico del alma, es no dejarte para “cuando haya tiempo”, verte al espejo con cariño también cuenta como terapia, porque una mujer que se cuida se está eligiendo, aunque sea cinco minutos, el cuerpo escucha cuando lo tratas bonito, una mujer cuidada no es perfecta, es presente, porque la autoestima no siempre se piensa, a veces se unta, se embarra, a veces sanar se empieza con una crema, silencio… y la decisión de no abandonarte otra vez.