
El IMSS: una crisis a tres bandas
Hay oficios muy lucidores que, de entrada, generan empatía. ¿Cómo cuestionar a una persona que dedica su vida a luchar contra el cáncer infantil? Obtienen nuestro aval que viene del corazón. La luz cae sobre ellos. En contraste hay otros oficios que, de inicio, cruzan por la suspicacia o el rechazo. Defender, argumentando, los intereses del empresariado es uno de ellos. Los empresarios, como cualquier otro mexicano, no sólo tienen el derecho, sino la obligación de exponer y explicar sus realidades y sus limitaciones. Si el empresariado de un país no lo hace, está dejando un vacío a la especulación, que mucho puede dañar al país. Necesitamos de una interlocución pública y privada, entre el empresariado y sus realidades y el sector público y la sociedad.
En un país de la dimensión de México, esa interlocución allana conflictos innecesarios y abre caminos para llegar a soluciones viables. Detrás de cada acuerdo está la posible inversión, los empleos, el bienestar de las familias. En México, en una etapa muy conflictiva y tensa entre el sector productivo y el gobierno, se creó el Consejo Coordinador Empresarial. Estamos hablando de 1976. Juan Sánchez Navarro fue su fundador y durante muchos años se le consideró el “ideólogo” del sector privado. Justo hace unos días, el presidente del CCE, en la conmemoración del aniversario, lanzó un mensaje que vale la pena leer y tener presente. La presidenta Sheinbaum se encontraba en el encuentro lo cual, en sí mismo, es muy relevante: es una señal que no se había dado con anterioridad de manera tan clara. Hablar, discutir, llegar a acuerdos entre el sector gubernamental y las llamadas cúpulas empresariales, no es una cuestión de contentillo. Es primordial para el desarrollo del país.
Pero un asunto es lo que vemos en público, y algo muy distinto es lo que ocurre tras bambalinas. Es allí donde se generan los puntos de acuerdo. Para ello se necesita de disposición, apertura, carácter negociador, afabilidad y visión que construyan el camino. Civilidad y rumbo. No olvidemos que el poder permanente en esto es el empresariado, aunque al sector gubernamental se le olvide con frecuencia. Presidentes entran y salen y las organizaciones empresariales perduran haciendo su trabajo con sensibilidad local como la COPARMEX y tantas otras cámaras que atienden a sectores de los cuales con frecuencia desconocemos todo.
Tejer es un oficio muy delicado y la discreción es la materia esencial para lograr los acuerdos que después se harán públicos o no. De todas formas, algo se avanza con la simple conversación y contraposición de intereses. Es un mundo que está allí, fuera del escenario, que con frecuencia busca la privacía extrema para, precisamente, lograr los acuerdos sin el manoseo político. Tejer, y tejer de nuevo.
Emilio Carrillo Gamboa, hijo de un muy distinguido jurista y servidor público, dedicó las últimas décadas de su vida precisamente a eso, a tejer acuerdos entre el sector gubernamental y el sector privado y también entre los propios empresarios, con frecuencia enfrentados por asuntos menores. En su actuación hubo éxitos -que pocos recordarán- y seguramente fracasos que mucho costaron al país. Pero Emilio no cejó en explorar y explotar al máximo esa privacía en desayunos, comidas, cenas o lo que fuera, para construir los puentes necesarios que condujeran a un acuerdo. Hubo momentos muy difíciles y en esas estamos.
Emilio, a quien tuve la fortuna de tratar durante décadas, nunca caía en el enojo, lo cual a muchos sulfuraba, pero en su oficio, tejer acuerdos, el que se enoja pierde. Con un gran sentido del humor y pertrechado siempre de bonhomía, Emilio cultivó su oficio sin cansancio: tejer, tejer, escuchando y proponiendo, cultivando la civilidad, aunque pocas veces podía explicar sus rutas. Para tejer algo consistente, sólido, se necesita visión, constancia, persistencia.
Querido “Milo”, te vamos a extrañar… y mucho. Los tejedores son excepciones.