
El pintor chileno Leonardo Rodríguez Baeza se inspira en Durango
El viaje artístico a veces no se mide en kilómetros, sino en resonancias. Así es como llegó el pintor chileno Leonardo Rodríguez Baeza a Durango, como parte de un intercambio creativo que propicia el encuentro entre miradas distintas, pero compatibles, la del visitante que observa y la del territorio que responde.
Más que una visita, la estancia se convirtió en un diálogo entre paisaje y memoria. Su proceso creativo parte del contacto directo con el entorno. No pinta lo que ve a distancia, sino lo que vive. Cada escenario es recorrido antes de ser representado, cada espacio es habitado antes de traducirse en color. La ciudad, sus arquitecturas y su ritmo cotidiano se transformaron así en materia sensible para la obra, en una experiencia emocional previa al lienzo.
Una mirada que aprende del territorio
Durante su paso por la capital duranguense, el artista encontró un circuito cultural activo, nutrido por creadores que comparten técnicas, preguntas y búsquedas. Ese intercambio, más que académico, se volvió humano, conversaciones en talleres, recorridos, observaciones del espacio público y visitas a recintos históricos.
Uno de los momentos más significativos ocurrió en el Museo Francisco Villa, donde la carga histórica y muralística generó un puente entre pasado y presente. Para el pintor, el lugar no funcionó como archivo, sino como detonante; un recordatorio de que la pintura también puede dialogar con la identidad colectiva.
La infancia como origen del trazo
Recordó que su vocación nació al observar a su padre pintar durante la niñez. Aquella escena doméstica se convirtió en el punto de partida de una sensibilidad que hoy sostiene su obra. En Durango, esa memoria inicial encontró eco; la experiencia reafirmó la pintura como forma de conocimiento y como territorio de pertenencia.
La iniciativa que hizo posible la estancia forma parte de las acciones de vinculación internacional del Instituto de Cultura del Estado de Durango, enfocadas en fortalecer la retroalimentación entre comunidades creativas. El artista regresa con nuevas referencias visuales y, sobre todo, con la certeza de que el arte continúa siendo un lenguaje capaz de cruzar geografías sin perder intimidad.