
El que se fue
canciones son como las monedas: tienen dos caras, ambas del mismo valor. Son poemas dobles porque conjugan música y versos en un arte indivisible, donde la letra no existe sin su melodía inherente. Esta definición se aplica, con especial justicia, al trovador más popular de América Latina y de otros horizontes, José Alfredo Jiménez. Su producción artística fue siempre dual; nunca escribió un poema sin música, ni música sin poema.
A finales de los años cincuenta, abundaron los comentarios críticos que lo tachaban de poeta de la frustración y el desamor, de un acendrado machismo, del llanto por un amor malogrado y de la dulce venganza. En los sesenta, algunos lo interpretaron como símbolo del mexicano acomplejado, bajo la moda freudiana que dominaba las universidades. Se le veía como un espejo de las heridas colectivas, un epítome de los traumas nacionales.
Si bien esas lecturas tienen algo de verdad, también es cierto que el Señor Jiménez -así, con mayúsculas muy mayúsculas- expresó sentimientos que trascienden fronteras. Sus canciones resonaron en el alma de todo el mundo hispano, con metáforas que se comprendían más allá de la razón. Tú y las nubes, por ejemplo, habla de una mujer inalcanzable para un amante incapaz de obtener siquiera su atención. El fracaso en el amor y la persistencia en él fueron una constante en su obra, y en esa insistencia se cifra la universalidad de su canto.
Aunque -según el seguimiento de sus canciones- nunca alcanzó un amor duradero, deseó buena fortuna a las mujeres a las que fallidamente pretendía. Así lo canta en Ojalá que te vaya bonito, solecismo intencional donde el adjetivo Bonito se desplaza de su función original para ganar expresividad. Con ese "error gramatical" nos dice más que con la corrección normativa, nos invita a preferir el sentimiento sobre la regla. Allí se revela su genio, capaz de torcer el idioma para que diga lo que la oración correcta no alcanza a lograr.
Deja que salga la luna es un poema de sencillez formal y complejidad significativa. Solo él pudo escribir versos como "Cuando estoy entre tus brazos / siempre me pregunto yo / cuánto me debía el destino / que contigo me pagó." Difícilmente puede expresarse con mayor poesía el agradecimiento por un amor correspondido. La música, con su tranquila cadencia de vals, refuerza la emoción y convierte la canción en un himno íntimo de gratitud.
Cada canción de José Alfredo admite análisis infinitos, sería impropio glosarlas una por una, porque el arte es para disfrutarse más que para analizarse, aunque el análisis nos ayuda a disfrutarlo de mejor manera. Lo cierto es que sus composiciones no son solo letra, pues en ellas la música es parte esencial. Pocos analistas han atendido este aspecto, pese a que sus letras han sido comentadas hasta el exceso. En sus canciones, los acentos tónicos se acomodan siempre al inicio del compás, en ese sentido jamás se permitió licencias que otros compositores considerarían legítimas. Sus melodías pueden disfrutarse incluso sin letra, una sinfónica podría armar un concierto con ellas y ofrecer música que algunos llamarían culta.
El repertorio de sus melodías es variado: rancheras, huapangos, corridos... Desde el punto de vista musical, algunas piezas son complejas, como Serenata huasteca; otras, sencillas, como Qué bonito amor. Todas, sin excepción, se ajustan con precisión al discurso oral y al sentimiento que provocan. Lo más asombroso es que José Alfredo nunca estudió música, ni siquiera tocaba la guitarra, componía al vuelo, cantando mientras creaba el poema. Ese don natural lo convirtió en un mito, en un creador que parecía convivir día y noche con las musas Euterpe y Erato.
Sus canciones, como monedas que circulan de mano en mano, siguen brillando en las voces de quienes las cantan, ya sea en el rincón de una cantina, en un festival, en un teatro o en la intimidad de una reunión familiar. Y en cada verso suyo, México y el mundo entero reconocen que la música de José Alfredo Jiménez es una filosofía del corazón.
El pasado 19 de enero se cumplieron cien años de su nacimiento; falleció el 23 de noviembre de 1973. Difícil olvidarlo, José Alfredo Jiménez sigue siendo el que se fue, pero nunca se ha ido.