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EL RELOJ DE MAPIMÍ: Crónica de una instalación y un gobierno cuestionado. 1902. (Parte 1 de 2)

EL RELOJ DE MAPIMÍ: Crónica de una instalación y un gobierno cuestionado. 1902. (Parte 1 de 2)

EL RELOJ DE MAPIMÍ: Crónica de una instalación y un gobierno cuestionado. 1902. (Parte 1 de 2)

ALEJANDRO AHUMADA RODRIGUEZ

Pedro Moreno es un personaje que participa en esta historia a través de una serie de menciones en publicaciones realizadas desde 1897 y hasta 1903 en el periódico “La Patria”, de la Ciudad de México, específicamente en la sección denominada Ecos de Mapimí, donde aparece en múltiples ocasiones a partir de ese año del 97, cuando ya fungía como presidente municipal de esta localidad. Las notas, que se suceden con constancia durante varios años, van narrando y describiendo el devenir de la vida en el pueblo durante su mandato; no obstante, el tono de las crónicas fue cambiando con el tiempo, pues quienes escribían desde allí pasaron de una redacción más o menos neutral a una queja abierta sobre los abusos que fueron suscitándose, todo ello en coincidencia con el momento y el entorno en que se produjo la llegada del reloj de la iglesia parroquial para el año de 1902.

I. EL YUGO DE LOS MORENO

En los albores del siglo XX, la villa minera de Mapimí, en el estado de Durango, vivía una paradoja: su riqueza subterránea contrastaba con la postración política a que la había sometido la familia Moreno. Así lo denunciaba un vecino, bajo el seudónimo de "Un Mapimense", en una carta fechada el 22 de noviembre de 1902 y publicada en el periódico “La Patria” de la Ciudad de México. Según su testimonio, la población se hallaba en vísperas de saber si por fin sacudiría "el ominoso yugo de la caterva Moreno", confiando en que el Gobierno del Estado nombrara, en justicia, otra persona capaz como Jefe Municipal, "que supiera conciliar los intereses de todos los vecinos, ya por su inteligencia o por el respeto que supiera inspirarles".

El retrato que el responsable de la carta enviada al periódico traza de don Pedro Moreno es demoledor: un personaje sin instrucción y sin haber salido jamás de Mapimí, este cacique había convertido el distrito en "una verdadera hacienda de campo, cuyo señor ejerce sobre todos, su santa voluntad". Durante cuatro largos años, Moreno había descuidado la cosa pública para atender sus múltiples negocios particulares: minas, ranchos, huertas, fábricas de bebidas, pastas y materiales, molinos de trigo y nixtamal, fundiciones y matanzas. Era el primer comerciante del lugar, con almacenes, ferreterías, ropa, abarrotes y cantinas; expendios de carne, madera, materiales y explosivos; criador y propietario, dueño de hoteles, quintas y trenes de carros; interventor y albacea en las principales testamentarias; síndico y parte en todos los concursos; Administrador del Timbre, banquero de compañías de seguros, presidente de todas las juntas —la Patriótica, la Municipal y la de Mejoras Materiales— y, además, Jefe Municipal y Juez de lo Civil. A ello se sumaban los puestos que ocupaban sus hermanos y sus numerosos parientes.

Esta concentración de poder ahogaba cualquier iniciativa de progreso. Si se formaban nuevas compañías mineras, no podían contar con gente porque Moreno la reservaba para las ya establecidas. Si crecía la población y se proyectaba un nuevo mercado, no debía hacerse porque él era dueño del viejo parián. No se proyectaban reglamentos contra el alcoholismo por no perjudicar sus expendios de licor. Las sociedades mutualistas eran tachadas de centros políticos; la academia de música para niñas era mirada con desagrado. A su antojo disponía del agua del pueblo, entubándola sin permiso del Ayuntamiento para mover sus molinos; ocupaba las calles con sus expendios de madera y con los tendidos de cueros frescos de sus matanzas, llenándolas de desperdicios. Dueño de medio Mapimí, fabricaba centenares de cuartos redondos sin corral ni excusado, que plagaban las calles más oscuras. En una palabra, don Pedro Moreno creía sinceramente "que a los Jefes Políticos se les conceden los pueblos para su usufructo". En esa carta enviada se expresaba la esperanza de que el gobernador Santa Marina, conociendo el descontento general, tomara informes por otro conducto que no fuera la Jefatura Política del Partido —cuyo titular era apoderado de Moreno— y designara pronto una autoridad que dispusiera de tiempo y voluntad para cambiar "nuestra aflictiva situación del monopolio y falta de garantías". La misiva concluía con una expectativa contenida: la próxima elección de autoridades municipales.

II. LA POLÉMICA DEL RELOJ PÚBLICO

El 19 de noviembre de 1902, el mismo periódico La Patria, publicó una segunda carta, fechada el día 12 del mismo mes, en la que un suscriptor anónimo desmontaba las pretensiones de la familia Moreno de atribuirse el mérito de una mejora que, a todas luces, había sido impulsada por el párroco local. La misiva comenzaba denunciando la estrategia anual de los Moreno para asegurar su reelección: "hacen esfuerzos supremos buscando recomendaciones de personas influyentes, a quienes se les presentan como víctimas escarnecidas por la malicia de dos o tres díscolos de su pueblo". Pagaban elogios en los periódicos y promovían, solo entonces y a medias, alguna pequeña mejora de las que personas inteligentes y progresistas habían presentado antes sin ser escuchadas, "y se cuelgan los milagros de otros santos".

El detonante de la controversia había sido un artículo del Eco Minero, periódico publicado en Torreón, defensor de la candidatura Moreno, que intentaba atribuir a don Pedro el mérito de la compra del reloj público. El suscriptor, con ironía y rigor argumentativo, desmontaba esta pretensión:

"Conste, por último, Pepito, que la idea de comprar un reloj público se le debe al Sr. Cura Párroco y de ninguna manera a los Moreno, pues en años anteriores se trató en el Ayuntamiento, sin encontrar calor en la fría e indiferente persona de Don Pedro, y solo se vio acariciada y llevada a su término en el breve interinato del progresista Sr. Carlos Ibarra."

El corresponsal reproducía, además, una carta del propio Carlos Ibarra —suplente de Moreno—, quien reconocía que durante su interinato se habían organizado funciones de teatro y corridas de toros para beneficio del reloj público, aunque aclaraba que no había tenido conocimiento oficial de los resultados. Frente a este testimonio, el Eco Minero concluía, con un silogismo que el suscriptor califica de ridículo, que quien decía verdad era Ibarra.

El autor de la carta sentenciaba: "Nunca podrá Moreno convencernos de que en las obtusas concavidades de su cerebro irradió la idea del reloj público". Y recordaba que, desde hacía tres años, el cura párroco había dado a conocer oficialmente su propuesta, ofreciendo mil trescientos pesos de los mil quinientos que presupuestaba, con la única condición de que el reloj se colocara en el lugar designado por el párroco del templo. La propia administración municipal, a principios de 1902, había comisionado a tres regidores para solicitar la cooperación del párroco, entre ellos Sotero Villarreal, compadre de don Pedro, lo que evidenciaba que la iniciativa no partió del Jefe Municipal.

La carta concluía con dos acusaciones graves, que quien había enviado la carta retaba a Moreno a desmentir: la negativa a abrir una calle real que su sirviente había cerrado, perjudicando la comunicación con los pueblos de Occidente; y el reclutamiento forzoso de mozos para trabajar en la "mortífera fundición de la Compañía de Peñoles", así como el cobro de multas por este concepto, que engrosaban las arcas del cacique.

Continuaremos con esta interesante parte de nuestra historia dentro de dos domingos.

Escrito en: Columna Mapimí Moreno, carta, reloj, periódico

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