
El reloj de Mapimí, crónica de una instalación y un gobierno cuestionado, 1902. (Parte 2 de 2)
III. LAS FIESTAS PATRIAS DE 1902 Y LA INSTALACIÓN DEL RELOJ
El 17 de septiembre de 1902, el Eco de Mapimí publicó una crónica que constituye el testimonio más vívido y sarcástico de las celebraciones del 15 y 16 de septiembre, así como de la accidentada entrega del reloj público. El cronista comenzaba con una amarga ironía:
"Los pueblos libres esperan con verdadero regocijo los días de la patria, preparando con el tiempo sus trajes de gala para saludar con marciales acordes, repiques y aclamaciones llenas de júbilo a la aurora de las fechas gloriosas que marcan la era de su libertad."
Pero en Mapimí, advertía, que desde tres años atrás, en 1899, los habitantes veían llegar estas fechas con temor, prefiriendo encerrarse en sus casas o refugiarse en los ranchos o en las poblaciones vecinas. "Esto se registra desde que los Moreno son autoridades en Mapimí", sentenciaba el cronista, preguntándose de qué había servido que el gobernador Santa Marina alejara de sus puestos públicos a dos hombres desprestigiados si la familia seguía en la política, atacando impunemente a quienes no fomentaban "la desastrosa marcha administrativa que ellos trazaron".
La arbitrariedad de Moreno se había hecho patente apenas cuatro días antes de las fiestas patrias. Una junta de las principales damas de la localidad había obtenido, de la compañía de Alfonso Calvo, la representación del drama Los Rantzau en beneficio de los pobres que pululaban por las calles tras la hecatombe de Ojuela, un envenenamiento masivo sufrido el 11 de septiembre de ese 1902, de una gran cantidad de gentes al beber agua contaminada en esta población minera. Sin embargo, Pedro Moreno envió a su policía para impedir la función, pretextando que los derechos fiscales no habían sido entregados anticipadamente. Varios caballeros ofrecieron garantías, pero la autoridad se negó a acceder. Finalmente, como el teatro estaba lleno de lo más selecto de la sociedad de Mapimí, Moreno no pudo llevar a cabo su disposición y, "en pago a sus aptitudes", las distinguidas damas pusieron en sus manos unos cincuenta pesos para que se les hiciera abrigos a los presos. El cronista subraya la indignación que causó este proceder contra las señoras.
En cuanto a las fiestas del 15 y 16, el cronista relata con mordacidad el programa oficial. El 15 se enarboló el pabellón nacional en la Jefatura, en la Administración del Timbre y hasta en el palacio de Pancho Moreno, pero no en el lugar donde el Padre de la Independencia había estado preso después de Acatita, al pasar por Mapimí rumbo a Chihuahua. Los oradores anunciados —el licenciado Librado Cisneros Cantú, el procesado José Ruiz Esparza (secretario de la Jefatura), el doctor Fernández y el joven Eutanasio Sainz— protagonizaron un esperpento: ninguno quiso acompañar en la tribuna a Ruiz Esparza, cuyo nombre aparecía tachado con tinta roja en las invitaciones para el baile. Sin rubor, Ruiz Esparza se presentó en el templete con Tito Parrodi, otro procesado, y habló sin ser oído, pues era casi afónico. Dijo, según pudo entenderse con dificultad, que "su amo, don Pedro, lleva este pueblo por el descarril del progreso". Fue aplaudido por su congénere y un policía. El cronista mencionó: "en resumen, este acto resultó muy ridículo".
El día 16, José Ruiz Esparza debía entregar el reloj público al Ayuntamiento, "pero no hubo de piña". El cronista especuló con tres posibilidades: que el Ayuntamiento no quiso recibirlo de manos de un preso; que Pedro Moreno no se atrevió a tanto —"aunque esto es muy raro"—; o simplemente que la coordinación brilló por su ausencia.
IV. EL RELOJ: UNA MEJORA PROVISIONAL
A pesar de las vicisitudes, el escritor de la carta enviada reconoce que el reloj era "una mejora indiscutible para este pueblo", y señala que el señor cura párroco debía estar más contento de esta obra que el mismo Moreno, "puesto que aquel mismo, desde hace 3 años había ofrecido al Ayuntamiento la cantidad de 1300 pesos de los 1500 en que él lo presupuestaba, sin más condiciones que fuera colocado en el lugar que designó el padre encargado del templo parroquial".
Sin embargo, la instalación dejaba mucho que desear. El cronista lamenta que se hubiera puesto "muy provisionalmente", figurando con pintura de almagre el relieve circular que debía ser de cantera, y dejando descubiertas al aire las campanitas "cuyos sonidos no llegaban a un cuarto de distancia, sobre todo la que señala las horas". Esta precariedad técnica contrastaba con la solemnidad que la obra merecía, y se convertía en un símbolo de la mediocridad administrativa del régimen de Pedro Moreno.
El paseo cívico de la tarde ofreció un simple desfile: la escuela de niñas, vestidas de blanco, fue colocada en la extrema retaguardia de una escuela particular de varones que iban uniformados con trajes militares, mientras Moreno, con una gran bandera en la mano y su corte formal, encabezaba la vanguardia. No hubo más oradores que un joven Sáenz, que habló con timidez, y varios soldados que gritaban recitaciones en las bocacalles.
V. LA IMPUNIDAD DEL CACIQUISMO
El cronista del Eco de Mapimí cierra su crónica con dos episodios de violencia que evidencian la impunidad del régimen. El año anterior, en estas mismas fechas, un mozo de don Pedro Moreno había roto un ojo al señor José Correa. Y en este festejo de 1902, el Jefe Municipal había fracturado la cabeza al señor Julián Mañueco, "haciendo gala de su impunidad". Y Moreno, siempre en su puesto de honor, muy satisfecho entre sus colaboradores Tito Parrodi y Ruiz Esparza.
De esta manera, el reloj que comenzó a marcar las horas desde la torre de la iglesia de Mapimí el 15 de septiembre de 1902 no solo medía el tiempo, sino que se convertía en testigo mudo de un orden político que muchos consideraban injusto y opresivo para esos años. Su instalación provisional, sus campanas apenas audibles, su entrega frustrada, eran el reflejo de un gobierno que, bajo la apariencia del progreso, ocultaba la realidad de un caciquismo que había convertido al pueblo en su usufructo.
La pluma de los cronistas, recogida por La Patria, en su sección Ecos de Mapimí, dejó para la posteridad el testimonio de una lucha silenciosa: la de una comunidad que, mientras el reloj daba sus primeras campanadas, esperaba que sonara también la hora de su liberación.