
El silencio del palacio
Hay un momento en la vida de todo gobernante en el que el mayor peligro deja de estar fuera del palacio y comienza a instalarse dentro de él. No llega vestido de enemigo ni acompañado de conspiraciones. Llega sonriendo, aplaudiendo y diciendo exactamente aquello que el poderoso desea escuchar.
Desde hace más de quinientos años, Nicolás Maquiavelo advirtió que uno de los errores más graves de un príncipe consistía en rodearse de aduladores. Un gobernante prudente debía elegir consejeros capaces de decirle la verdad, incluso cuando esa verdad resultara incómoda. Si todos aplaudían, el gobernante terminaría preso de una fantasía construida por quienes dependían de su favor.
Los enemigos obligan a cualquier gobernarte a defenderse. Los aduladores lo convencen de que nunca se equivoca. Cuando eso ocurre, el poder deja de corregirse y comienza a contemplarse en un espejo deformado.
Por eso el viejo cuento de Hans Christian Andersen sigue siendo una lección de Estado. El traje nuevo del emperador nunca habló de ropa. Habló de la incapacidad del poder para escuchar la verdad cuando todos viven de la mentira. Ministros, cortesanos y funcionarios fingieron admirar un traje inexistente porque el costo de decir la verdad parecía mayor que el de alimentar el engaño. Lo extraordinario del relato es que la verdad no proviene de un ministro ni de un sabio. Proviene de quien no espera recompensas, no aspira a un cargo y no tiene miedo de perder privilegios. La independencia fue su mayor autoridad.
Baltasar Gracián aconsejaba desconfiar de quien sólo halaga, porque el elogio permanente esconde intereses permanentes.
Cuando un gobernante deja de escuchar voces distintas, deja también de conocer el país que gobierna. Los informes sustituyen a la realidad. Las ovaciones reemplazan a los argumentos. La popularidad imaginada desplaza a la confianza verdadera. El gobernante ya no toma decisiones sobre el mundo real, sino sobre la versión cuidadosamente editada que sus colaboradores le presentan cada mañana.
Los aduladores prosperan porque ofrecen comodidad. La verdad exige reflexión; el halago sólo exige oportunidad. El consejero honesto corre el riesgo de incomodar. El adulador casi siempre obtiene una fotografía, un cargo o un lugar más cerca del escritorio principal.
Sin embargo, la historia termina siendo implacable. Cuando el poder cambia de manos, los aduladores son los primeros en encontrar un nuevo destinatario para los mismos elogios. Nunca fueron leales a una persona ni a una causa. Siempre lo fueron a la cercanía del poder.
Quizá la grandeza de un gobernante no deba medirse por el tamaño de sus mayorías, sino por la libertad con la que sus colaboradores pueden decirle: 'Señor, está usted equivocado'. Ese día se prueba la fortaleza del carácter de ambos.
Todo gobernante debería temer más al aplauso unánime que a la crítica honesta. La crítica corrige; la adulación adormece. Y cuando el último hombre dispuesto a decir la verdad abandona el salón, el emperador comienza a desfilar desnudo sin saberlo. Lo trágico es que casi siempre es el último en descubrirlo.
(*) El autor de este texto es psicólogo clínico, desde 2004.