
El verdadero carácter del liderazgo
El liderazgo no se pone a prueba cuando las cosas marchan bien. Se pone a prueba cuando los resultados no llegan, las decisiones se complican y las circunstancias obligan a elegir entre lo conveniente y lo correcto.
Después de muchos años al frente de distintas organizaciones, he aprendido que dirigir no consiste en tener siempre la razón, ni en contar con todas las respuestas. Consiste en asumir responsabilidades, tomar decisiones difíciles y, sobre todo, tener el carácter para reconocer y corregir los errores. Es relativamente sencillo ejercer la autoridad cuando los resultados acompañan. Lo verdaderamente difícil es hacerlo cuando hay que enfrentar malas noticias, reconocer que una estrategia no está funcionando o tomar decisiones que inevitablemente generarán inconformidad. En esos momentos se distingue a quienes simplemente ocupan una posición de poder de quienes realmente saben liderar.
Hay tres cualidades que considero indispensables.
La primera es la responsabilidad. Un líder puede heredar problemas que no provocó, enfrentar circunstancias que no anticipó y sufrir las consecuencias de factores fuera de su control. Pero nada de eso lo exime de su obligación de encontrar soluciones.
Explicar los problemas es necesario. Justificarlos indefinidamente no lo es. La responsabilidad de quien dirige no termina en identificar las causas de un fracaso, sino en corregirlas.
La segunda es la humildad. Quizá uno de losmayores riesgos del poder es que, conforme aumenta la autoridad, disminuye el número de personas dispuestas a contradecirnos. Las malas noticias se suavizan, las opiniones incómodas se silencian y el desacuerdo comienza a interpretarse como deslealtad. He aprendido que una de las decisiones más importantes de cualquier líder es rodearse de personas capaces de decirle lo que necesita escuchar, aunque no sea lo que quisiera oír. No hay peor situación para una organización que un líder convencido de que siempre tiene la razón. La verdadera seguridad no se demuestra imponiendo opiniones, sino teniendo la capacidad de escuchar, cuestionar las propias convicciones y cambiar de rumbo cuando los hechos lo exigen.
La tercera es el carácter. Y aquí conviene hacer una distinción importante: carácter no es dureza, arrogancia ni autoritarismo.
Tampoco es obstinación. El carácter es la capacidad de actuar conforme a principios, incluso cuando hacerlo tiene un costo. Es tomar decisiones impopulares cuando son necesarias, enfrentar conversaciones incómodas y anteponer los intereses de la institución a los propios. Un buen líder debe ser firme en sus principios, pero flexible en sus decisiones. Confundir la firmeza con la incapacidad de rectificar es uno de los errores más frecuentes y costosos del liderazgo.
Estas reflexiones son igualmente aplicables al mundo empresarial y al ejercicio del gobierno.
En México hemos dedicado demasiado tiempo a discutir las cualidades políticas de nuestros gobernantes ymuy poco a evaluar su capacidad de gestión. El carisma, la popularidad y la habilidad para comunicar pueden ayudar a ganar elecciones, pero no necesariamente a gobernar bien. Gobernar, como dirigir una empresa, exige establecer prioridades, formar equipos competentes, administrar recursos escasos, medir resultados y asumir las consecuencias de las decisiones. Exige también reconocer que la realidad no cambia porque el discurso insista en lo contrario.
Nuestro país enfrenta desafíos importantes en materia de seguridad, crecimiento económico, educación, salud e infraestructura. Ninguno se resolverá con explicaciones sobre el pasado ni con declaraciones de buenas intenciones. Se requiere capacidad de ejecución, disposición para corregir y voluntad para tomar decisiones difíciles. Y esto vale también para quienes dirigimos empresas. Sería cómodo exigir responsabilidad a los gobernantes sin reconocer que en el sector privado tenemos exactamente lamisma obligación. También nosotros debemos rendir cuentas, escuchar las críticas, reconocer errores y entender que el éxito de una organización nunca puede depender exclusivamente de una persona.
Al final, el liderazgo no consiste en preservar la propia imagen ni en buscar el reconocimiento. Consiste en servir a una responsabilidad que siempre debe ser más importante que quien temporalmente la ejerce.
El poder puede otorgar autoridad, pero no otorga carácter. Ese se demuestra en las decisiones que tomamos cuando las cosas salen mal.
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