
Elogio del mezquite
En marzo florecen las calles. Acostumbrados al implacable clima del semidesierto lagunero, el regreso de la primavera es un espectáculo a la vista y al olfato. Hay que detenerse, no para ver, sino observar. A lo largo de este mes árboles y plantas gritan vida. Cenzontles, tórtolas, chanates y gorriones se preparan para una larga e intensa temporada calor. Entre cantos y coqueteos: el llamado a la reproducción.
En medio del tráfico urbano los mezquites destacan en las banquetas del centro histórico. Hileras de sombra dan vida a las desoladas calles. En pocos años pasamos de un centro pelón a calles pintadas por el verde. Esto me recordó un poema de Carlos Pellicer: "He crecido como un árbol para necesidad de los pájaros".
Durante siglos la región tuvo grandes extensiones dominadas por mezquites y huizaches. Todavía me impresiona ver un viejo mapa de la década de 1870, donde se muestran las tres principales haciendas de la señora Luisa Ibarra, Juan Ignacio Jiménez y Juan N. Flores, hoy Torreón, Gómez y Lerdo. En medio de esas propiedades agrícolas, se registraron grandes bosques de mezquites. ¿Dónde quedaron? Con el paso de las décadas, ahí donde había bosque surgieron las ciudades. Por su parte, el cambio más reconocible de la era industrial fue el ferrocarril, ese voraz consumidor de energía. Para alimentarlo se talaron miles y miles de mezquites. Lo mismo sucedió con el espacio urbano, que literalmente se comió aquella necesaria vegetación para sustituirlo con cemento.
Sobreexplotado como combustible para producir carbón y leña, también se utilizó como material de construcción. Así se acabaron aquellos bosques que protegían la tierra de la erosión. En pocas palabras, "vencimos al desierto" significó la depredación del entorno, un ecocidio que lo mismo barrió con mezquites, noas y hasta el río Nazas.
En el año 2020 las autoridades, por entonces Tomás Galván y Felipe Vallejo, aplicaron la política del mezquite en el centro histórico. Se abrieron cajetes en las banquetas, cambiaron la tierra y sembraron pequeños mezquites y huizaches. Mil para ser exactos. Producto de esa intervención, ahora las calles están custodiadas por árboles propios de la región. A su generosa sombra nos acogemos. A lo largo de marzo sus pequeñas hojas entregaron una gama de verdes, todo un espectáculo de pintura que llama a la paciencia. De manera magistral, el pintor Rafael Aguirre plasma en su obra la presencia y carácter de los mezquites. Como pocos, el artista pintó la variedad de tonalidades verdes.
El poeta originario de Salamanca, Pedro Garfias pasó varias temporadas en Torreón a partir de 1947, con motivo de una charla que dio en la radio. Garfias le agarró cariño a La Laguna y se dio tiempo de escribir poesía. Para hacer una pausa antes de sus quehaceres, el poeta solía caminar por la avenida Iturbide, actual Venustiano Carranza. En una de las calles se detenía para hablar con los árboles, en especial uno que "me escuchaba y me comprendía". ¿Era un mezquite o un huizache? Sin embargo, un buen día que regresó el árbol ya no estaba, habían desmontado el terreno para construir. "Me separaron del único que era distinto y ya no lo volví encontrar. Entonces escribí este verso con el recuerdo de aquel árbol: Yo he conocido a un árbol que me quería, bien. Jamás supe su nombre, no se lo pregunté. Y él nunca me lo dijo, cuestión de timidez. Nunca vio mi silueta, era ciego al nacer, por eso a mí me quiso, lo mismo que yo a él. Le dije muchas cosas que a nadie más diré, más que a la vieja estrella que alguna vez hablé. Él estaba más cerca, yo palpaba su piel, a él le dolía el tronco, a mí el tronco y la sien. Un día lo perdí, qué amor no perderé; pregunté a sus hermanos que debieran saber; a los hombres que saben, nada les pregunté. Acaso él me buscó como yo lo busqué, pero los dos andamos tan torpes de los pies. Cosas, terribles cosas, que hoy quisiera saber. Nunca me contestó."
Poco queda de aquellos bosques, acaso los últimos fueron arrancados al norte de la ciudad para dar lugar a centros comerciales y estacionamientos. Al avance del cemento habría que destinar una proporción significativa de mezquites y huizaches. No se trata de inventar el camino, sino de retomar los bosques que dieron vida a la región. Ojalá lo entendamos pronto.