
¿Estado o tribu?
"Absoluta, perpetua, indivisible, inalienable e imprescriptible”, esos son los elementos esenciales que los clásicos le adjudican a la soberanía. Seamos realistas, se trata de construcciones conceptuales, de un deber ser, que nunca ha existido. Incluso las grandes potencias, las cabezas de los imperios, durante sus clímax de poder, han tenido restricciones. La soberanía no es un absoluto: del Imperio Romano al Reino Unido del siglo XIX o los Estados Unidos en el XX y XXI. Dejemos la fantasmagoría filosófica y dialoguemos con la realidad.
Es famosa la portadilla de la primera edición -1651- de El Leviatán de Thomas Hobbes. El gran soberano, cuya corona rebasa la caja de impresión, llevando una espada en la mano derecha y un báculo pastoral en la izquierda, sostenido por diez pequeños recuadros, cinco con símbolos del poder civil; cinco del poder religioso. Pero quizá lo más notable, sea que todo el cuerpo del soberano está constituido por pequeñas figuras humanas. La soberanía surge entonces de la fortaleza que sólo la unión ciudadana puede lograr. Esa es la esencia.
En el siglo XX, sobre todo después de la Segunda Guerra, con la creación de la ONU y todas sus ramificaciones en salud, educación, derechos humanos, control del armamento atómico y muchas otras, la mítica soberanía ha entrado en una nueva era. Los conflictos entre estados son canalizados por la Corte Internacional de Justicia, o de ser el caso de individuos, por la Corte Penal Internacional. Incluso las guerras están hoy en día normadas. El lento avance de los derechos humanos ha enfrentado a la discriminación, los usos y costumbres, el racismo -que sigue siendo popular en muchos sitios- es un doloroso recuento de las deformaciones y atrocidades que se han amparado detrás del escudo de la soberanía.
Pero hay asuntos muy concretos que sí establecen diferencias en los grados de soberanía. Quizá el ejemplo más evidente, es el de la seguridad y la impunidad. Si un gobierno es incapaz de garantizar la seguridad, la integridad física de sus ciudadanos, si los delincuentes salen victoriosos de sus fechorías, pues estamos ante un estado débil. En México alrededor de 90% de los delitos queda impune. En Alemania es menos del 1%. ¿Qué país es más soberano? Hay una impunidad es-tructural. La cifra varía, pero alrededor del 40% del territorio nacional está bajo el control del crimen organizado, cuyas actividades se han diversificado de manera notable: la extorsión por doquier.
No es nuevo, llevamos cinco décadas sabiendo de ello. Administraciones de diferentes partidos han sido incapaces de contener el avance. Lo que sí es alarmante, es el grado de penetración del crimen organizado en el grupo gobernante. Lo de Rocha Moya y su red de cómplices remite a la compra de votos y candidaturas, amenazas y extorsiones exhibidas desde la elección de 2021. ¿Cuál novedad? Por eso es asombroso y suicida que la presidenta haya invocado los ánimos imperiales como amenaza a nuestra soberanía y ataque a su movimiento. Así defiende a su tribu en la cual muchos están involucrados con el narco. Ella lo sabe. Exige pruebas pero, eso sí, impulsa el absolutismo fiscal: cárcel sin pruebas.
Pero para ella, ésta puede ser una gran oportunidad de redefinición: enterrar a la figura ostensiblemente manipulada por el expresidente y muchos de sus allegados involucrados con el crimen, y adoptar una visión de estado. Con la información que tienen nuestros vecinos del norte, las revelaciones pueden venir en cascada. Sheinbaum tiene que estar del lado correcto, sin margen de duda. Eso sí sería defender la soberanía, como también lo sería invertir más en las policías locales, capacitación, equipo y en administración de justicia. La desproporción es una afrenta: PEMEX perdió 46 mil mdp en el primer trimestre, alrededor de la mitad del gasto total en seguridad en ese mismo período. La verdadera y mayor amenaza a la soberanía es el crimen organizado.
Fuera demagogia.