
Geografía de la devastación ambiental en México
Desde hace años el economista Andrés Barreda insiste en que las zonas de mayor deterioro ambiental en México coinciden con lugares directa o indirectamente relacionados con los corredores urbano-industriales del Plan de Desarrollo Nacional que formuló Ernesto Zedillo en 1996. Siete de ellos fueron trazados para establecer una conexión expedita entre el este norteamericano y la cuenca del Pacífico. Cualquiera que se dedique a recorrer este país ambientalmente castigado, y que compare el territorio con los mapas que originalmente programó el desarrollo industrial, agroindustrial, extractivo y urbano del libre comercio, puede concluir sin muchos devaneos que la distribución de las principales zonas de devastación se corresponden con las zonas en las que se planearon los principales corredores. Ahí se produjeron el despojo y uso salvaje e irresponsable de recursos, y se emplazaron capitales gigantes, medianos y pequeños para sacar partido de regiones identificadas como estratégicas.
Es importante recordar -ha insistido Barreda- que la desnacionalización de los ferrocarriles a favor de las grandes empresas mineras y ferrocarrileras de Estados Unidos respondió no sólo a la necesidad de conexión interoceánica, sino también -como oportunamente denunció John Saxe-Fernández (+)- a la necesidad estratégica estadounidense de extraer furtivamente, con minas a cielo abierto, los minerales metálicos del noreste y occidente del país, principalmente de la cordillera de la Sierra Madre Occidental.
El saqueo energético, entretanto, tuvo que plegarse al largo y enrevesado proceso de desmantelamiento de Pemex, y buscó corromper a la empresa y al sindicato, convirtiendo en chatarra las instalaciones, desmantelando los centros de investigación y permitiendo tanto el huachicol como la proliferación de todo tipo de empresas de servicios energéticos, mientras se comenzaban a entregar los yacimientos de de aguas someras y profundas del Golfo de México al capital transnacional.
Tras varios años de frenética actividad, los grandes corredores de integración urbano-regional usufructuados por Estados Unidos debieron desviarse y prolongarse hacia zonas ricas en mano de obra calificada y barata, así como en diversas infraestructuras.
Estas comenzaron a ser aprovechadas por capitales maquiladores transnacionales secundarios o nacionales, subordinados a las dinámicas de importación y exportación.
A partir de los años noventa, la frontera norte y el ancestral Eje Neovolcánico fueron las dos regiones adicionales mejor ubicadas, mejor preparadas en términos morfológicos, demográficos y culturales y mejor equipadas en infraestructura para el nuevo desarrollo industrial y de alto consumo urbano que trajo el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.
Por sus cuencas hídricas, tierras fértiles, sistemas de urbes y carreteras, redes eléctricas, hídricas y de ductos, el Eje Neovolcánico fue el territorio más atractivo para los principales sectores de los ramos automotriz, aeroespacial, químico, cementero, alimentario y textil, entre otros.
Gracias a ello, el desarrollo industrial del libre comercio integró vastas regiones del Estado de México y el Bajío -particularmente Michoacán, Jalisco, Guanajuato y Querétaro-, ocasionando el emplazamiento de todo tipo de empresas en Hidalgo, Puebla, Aguascalientes, Veracruz, el sur de San Luis Potosí y el norte de Morelos.
Lo anterior provoca que se entrecrucen las principales carreteras, líneas ferrocarrileras, infraestructuras aeroportuarias, telefónicas y gasoductos que corresponden a los viejos y nuevos corredores urbano-industriales Nuevo Laredo-Manzanillo, Nuevo Laredo-Lázaro Cárdenas, Altamira-Lázaro Cárdenas y la parte oriental del corredor Veracruz-Acapulco, en dirección a las zonas industriales de Hidalgo, el Arco Norte de la Ciudad de México y los nuevos caminos que salen desde ahí hacia el norte del Estado de México, Morelia, Guanajuato y Guadalajara.
No es casual que esta sea otra región donde se observan las consecuencias nefastas de la alta industrialización y la urbanización neoliberal -escribía Barreda en 2020. “Es ahí donde el desarrollo de megaproyectos va fuertemente aparejado a la corrupción gubernamental en su construcción y administración, a la desregulación ambiental y al deterioro de la salud de la población.”
El Eje Neovolcánico, la formación geológica más joven del país, disloca las dinámicas de formación orográfica de la Sierra Madre Occidental.
Oleadas sucesivas de erupciones dieron lugar tanto al encadenamiento de montañas arenosas y gravas como a la formación de múltiples valles que facilitan el crecimiento de bosques y la atracción de abundantes lluvias.
Cuencas, lagos, humedales y suelos fértiles -ricos en minerales, flora y fauna- conforman la grandeza natural de la zona en la que se desarrollaron las más importantes civilizaciones mesoamericanas.
Más tarde se asentaron ahí los conquistadores que establecieron las primeras ciudades coloniales, la minería, la agricultura, la ganadería y el comercio.
En torno a ellas, fueron creciendo las redes de caminos que habría de continuar el México independiente, la modernidad porfiriana y el periodo priista de la posrevolución.
La región se mantiene como el centro organizador de la vida demográfica, agropecuaria e industrial de México hasta los años ochenta, cuando Salinas, Zedillo y otros economistas formados en universidades estadounidenses intentaron reformular las rutas comerciales, reorientándolas para satisfacer las necesidades de conexión del este de Estados Unidos con la cuenca del Pacífico.
La confrontación entre la profunda tradición geohistórica y su reformulación neoliberal derivó en la postergación de los corredores Veracruz-Acapulco y del Istmo de Tehuantepec, que, a inicios del gobierno de Vicente Fox, intentó ser vendido sin éxito como Plan Puebla-Panamá.
¿Qué sucedió después y qué ocurre durante los gobiernos de la 4T?