
Gestionar el error
Claudia Sheinbaum se ha dedicado a gestionar errores. No a corregirlos. Administra los problemas heredados y los que ella misma ha provocado, pretende moderar sus efectos, trata de que no se agraven, pero no se ve en ella ninguna determinación de enfrentar el problema mismo. La manera en que ha definido su gobierno la incapacita para la revisión. Una administración atada a los símbolos y a los dogmas no tiene capacidad de imaginar alternativas.
Pienso nuevamente en la reforma judicial o, más bien, en la reforma de la reforma judicial. En la iniciativa que presentó la presidenta hace algunas semanas resulta evidente que ella misma reconoce los enormes costos de esa reforma. Sabe que un poder judicial tan incompetente como el que está produciendo la reforma no es confiable ni para ella misma. El sistema de justicia está mucho peor equipado hoy de lo que estaba antes del machetazo del 11 de septiembre de 2024 y la presidenta no puede ignorarlo. Por eso propuso aplazar la elección judicial y está intentando introducir mecanismos meritocráticos al proceso de selección de candidatos. Sheinbaum ha visto los mismos videos que todo el país. Ve el espectáculo de una Suprema Corte ignorante e incompetente, mira los ridículos que hacen los jueces improvisados. La presidenta no desconoce el desastre que provocó su reforma. Admite el error y decide convivir con él. Trata de que el desastre de la elección de los árbitros no contamine la elección de legisladores y autoridades locales. Trata de facilitarle el trabajo al elector que decida participar en esa elección y también planea cuidar el proceso de las candidaturas para alentar la llegada de perfiles más técnicos y con mayor experiencia. Pero nada de eso es realmente relevante si no se atiende la causa del desastre. Es una buena idea echar la elección para después. Es buena señal que se reconozca que las boletas de la primera elección judicial eran indescifrables y, sobre todo, que se busque un mejor filtro para la postulación de los candidatos. Pero nada de eso es suficiente. Los jueces seguirán comportándose como diputados. La carrera judicial seguirá bloqueada. Lo que me parece llamativo es que el reconocimiento del problema no conduce en la presidenta a la búsqueda de una solución. Lo que pretende Sheinbaum es acoplarse al problema, no resolverlo.
Lo mismo podríamos decir al hablar de la política de seguridad. Se reconocen los errores pero no se corrigen. Se gestionan. Terminaron los abrazos, se persigue la delincuencia. siempre y cuando no pertenezca a los altos cuadros del régimen. La captura de un gatillero no amenaza al régimen. Pero aceptar que un gobernador, un secretario, una figura cercana al Fundador formó parte de la estructura criminal es aceptar que el régimen está podrido. Es por ello que Sheinbaum ha establecido una firme política de impunidad 100 para los integrantes de la cúpula morenista. Es cierto que su gobierno ha procedido contra algunos políticos locales de Morena, pero ha cerrado filas con los grandes barones del régimen al convertirlos, ni más ni menos que en símbolos de la soberanía nacional.
La presidenta no está dispuesta a correr el riesgo de corregir. Puede gestionar las muchas crisis que se abren en el país, intenta capotear las emergencias y disminuir los efectos ruinosos de las decisiones del gobierno anterior. Pero no está dispuesta a arriesgarse a una revisión. Por más que se siga promoviendo la imagen de la científica de izquierda, Sheinbaum ve las políticas como símbolos y como correas de lealtad. Lo ha demostrado claramente durante el primer tercio de su gobierno. Las políticas públicas son emblemas de una identidad política. La ubicación ideológica de una decisión es mucho más importante que sus efectos medibles. La reforma judicial de la que hablaba es una declaración de pertenencia, una proclama de convicciones que no tiene por qué someterse al trivial examen de sus consecuencias. Las políticas de un régimen sectario son cemento de cohesión política. Atreverse a examinar los costos o los efectos de una decisión del patriarca es poner en riesgo la unidad.
Perseverar en el error es para Sheinbaum una necesidad estructural: la expresión más nítida de su ceguera ideológica y de su dependencia de los capos del partido.