
Hasta dónde puede arrastrar
La relación entre México y Estados Unidos atraviesa una de sus etapas más tensas en décadas. El presidente Donald Trump ha convertido al narcotráfico como uno de los ejes de su discurso hacia México, mientras la presidenta Claudia Sheinbaum dice que intenta sostener una defensa de la soberanía que, en ocasiones, parece más un aislamiento que una estrategia diplomática. Cada vez se hacen más evidentes los lazos que algunos políticos en el poder –como Morena domina gran parte del territorio nacional, por pura proporcionalidad son más de los suyos los señalados como involucrados con el crimen organizado– tienen con los cárteles de la droga, y la presidenta, en vez de cumplir a cabalidad con su obligación de combatirlos, por ahora ha decidido protegerlos a toda costa en aras de evitar un costo político para su movimiento.
En los últimos meses, Trump ha insistido que México “está bajo el yugo del narcotráfico” y que el gobierno “no puede o no quiere” contenerlo. Sus declaraciones han enumerado casos concretos: desde la expansión del cártel de Sinaloa hasta la violencia en la frontera norte. Incluso ha advertido que, si no hay resultados tangibles, Estados Unidos reconsideraría su participación en el T-MEC, como ya lo hizo.
La decisión de Washington de no renovar el tratado por 16 años y, en cambio, someterlo a revisiones anuales, responde a tres razones oficiales, que el presidente norteamericano ha solido utilizar como bandera política, y son: la presión comercial, donde Trump insiste en que el acuerdo favorece más a México y Canadá; condicionar cooperación antidrogas, en el que se pretende que México muestre avances verificables contra los cárteles; y flexibilidad política, para que las revisiones permitan ajustar el tratado según las necesidades internas de EUA y su calendario electoral.
En tanto, la presidenta Sheinbaum ha respondido en defensa de la soberanía mexicana, expulsando agentes extranjeros – está en este momento como en el limbo, el caso de los agentes de la CIA que trabajan en Chihuahua sin avisar a la federación y ante la presunta complacencia del gobierno estatal, y rechazando la injerencia directa de instituciones estadounidenses. Sin embargo, su defensa a ultranza del gobernador con licencia de Sinaloa, Raúl Rocha Moya, y de otros nueve políticos señalados por Estados Unidos como vinculados al Cártel de Sinaloa, ha debilitado obviamente su posición. Para Trump, este episodio confirma su narrativa de que México protege a los cárteles.
Por si las circunstancias previas no fueran suficientes, la tensión alcanzó un nuevo nivel cuando el FBI expuso en un museo el avión Beechcraft King Air utilizado para extraer de México a Ismael “Mayo” Zambada. La operación se realizó sin conocimiento previo de las autoridades mexicanas, lo que evidencia la falta de confianza bilateral y la disposición de Estados Unidos a actuar unilateralmente. En este último episodio, el gobierno de Sheinbaum ha cargado contra el exembajador de Estados Unidos en México, Ken Salazar, a quien han tildado de mentiroso por el asunto de cómo sucedieron las cosas en la maniobra para detener y trasladar a “El Mayo” Con tanta información, y sobre todo con la continua presión que Trump está aplicando hacia México, la presidenta Sheinbaum enfrenta un dilema: defender la soberanía nacional y figuras políticas locales, pero a costa de perder credibilidad frente a Washington. La insistencia de Trump en ligar a México con el narcotráfico y condicionar el T-MEC muestra que la relación bilateral está en un punto crítico. Es válido concluir que Sheinbaum ha perdido parte del tino diplomático, en especial por su defensa de Rocha Moya y otros señalados, lo que ha debilitado su capacidad de manejar con prudencia la relación con Trump. El punto ahora es hasta dónde llevará la presidenta su postura, y si está dispuesta a arrastrar al país entero por un asunto de una camarilla dentro de su movimiento.