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Herencias malditas

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IVETTE ESTRADA

El país no se desmorona. Se transforma radicalmente. Se rompe la narrativa de la posverdad del patriarca y aparece otra más técnica, calculada y silenciosa. El futuro se juega ahora.

Las herencias malditas son estructuras y personas que responden a lealtades del sexenio anterior. No son solo operadores enquistados o redes de poder heredadas: son estilos de control, formas de ejercer influencia, métodos que sobreviven al cambio de administración. Desactivarlas no se limita a la sofisticada posverdad del silencio que dominó en años recientes. Hoy se echa mano de algo más perverso: la ingeniería social del rumor y el eufemismo.

Ahí, donde la mentira abierta ya no funciona y el silencio dejó de ser suficiente, se instala el rumor y los conceptos ambivalentes. Son herramientas que cercena fantasmas y pasado sin una confrontación visible. Se desliza entre pasillos, redes y sobremesas. No afirman, sólo insinúa. Sugiere sin acusar y rehúsa confrontar, pero desgasta.

Y así, en un mundo saturado de incredulidad, el rumor se vuelve el método perfecto para operar sin dejar huella. Igual sistema siguen las palabras elegantes que condensan deseos, pero sólo son máscaras que evaden y evitan nombrar la realidad.

Durante los primeros meses del actual sexenio, diversos medios documentaron tensiones entre la presidenta y figuras cercanas a AMLO. Los caricaturistas dibujaban a la mandataria con las manos atadas por efigies del líder anterior. Artículos y reportajes señalaban que, en áreas de comunicación social, empresas del Estado y financieras locales persistían operadores heredados.

A esas tensiones visibles se sumaban otras más sutiles: ecos, insinuaciones, rumores que circulaban como si fueran hechos. La posverdad no desapareció: mutó.

Frente a estas percepciones, la presidenta insistió en su autonomía. En una conferencia matutina declaró: "Las decisiones las tomo yo, con mi gabinete". Esa frase, breve pero contundente, fue interpretada por analistas como un intento de marcar distancia sin ruptura pública. También fue una respuesta a quienes buscaban imponer narrativas paralelas.

Cuando anunció cambios en Morena, colocó perfiles más técnicos y menos alineados con la vieja guardia. Varios observadores lo leyeron como un reacomodo silencioso. Lo mismo ocurrió con los ajustes en el gabinete: la salida de figuras asociadas al sexenio anterior y la llegada de perfiles técnicos en áreas estratégicas, enviaron un mensaje claro de reconfiguración interna. La narrativa viró.

Mientras el sexenio anterior se caracterizó por una comunicación épica y personalista, la presidenta eligió un tono más técnico e institucional. Ese volantazo hacia los datos apareció, paradójicamente, con un ecosistema de rumores y medias verdades que alimentaban escenarios paralelos sin comprometer directamente a nadie.

Hoy al rumor se suma una posverdad más sofisticada: la que se reviste de conceptos solemnes para evitar definiciones claras. Nociones amplias como soberanía y dignidad nacional, desplazan la discusión hacia un terreno simbólico, donde cualquier señalamiento externo se interpreta como afrenta.

Esta estrategia no desmiente ni aclara: desvía. Es una máscara pulida que permite no confrontar los hechos sin recurrir al silencio ni al rumor, pero que a la vez erosiona acuerdos comerciales y diplomáticos al convertir la rendición de cuentas en un acto de traición patriótica. Así, la posverdad muta de insinuación a escudo moral.

Esta nueva posverdad, la de los rumores y elegantes eufemismos, no deja rastro ni compromete. Permite mover piezas sin declarar batallas. En ese terreno, las herencias malditas no solo se desmontan: se diluyen.

Y en esta entelequia de la verdad, construida con mitos agigantados y medias certezas, la punta de lanza es nombrar para visibilizar, ajustar y cambiar radicalmente. Solo entonces el futuro deja de ser un eco manipulado y cambia a posibilidad.

Escrito en: OPINIÓN posverdad, rumor, malditas, presidenta

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